Leonardo Sandri: «En la debilidad del Papa polaco vi la fuerza de la cruz»
La foto en el hospital en 1981 cambió el papado, asegura quien fue, como número tres de la Santa Sede, uno de sus principales colaboradores
El cardenal Leonardo Sandri acaparó todas las miradas cuando el sábado 2 de abril de 2005 salió a la plaza de San Pedro para anunciar el fallecimiento de Juan Pablo II. Como número tres de la Santa Sede, llevaba cinco años acompañándole en sus viajes, y en sus últimos años, cuando ya le costaba o no podía articular palabras, leía sus discursos y homilías.
¿Cómo recuerda a Juan Pablo II?
Con mucho cariño. Cuando fue elegido, en 1978, yo ya trabajaba en el Vaticano. Era secretario del entonces sustituto de la Secretaría de Estado. Recuerdo la emoción de que hubieran elegido un Papa polaco. También que con sus palabras «Abrid las puertas a Cristo» comenzó una nueva etapa de la vida de la Curia, la Iglesia y el mundo.
¿Qué significó su elección?
Los cardenales eligieron Papa a una persona que estaba bajo un régimen de sometimiento, una dictadura, y que había podido demostrar que luchaba por la dignidad y la libertad. Era un signo de ruptura con todo lo que ese totalitarismo representaba. Por eso resonaron con tanta fuerza sus palabras sobre abrir las puertas a un mundo nuevo de libertad y de justicia.
Juan Pablo II fue un Papa de gestos muy audaces e impactantes. ¿Á usted cuál le impresionó más?
Recuerdo que tras el atentado de 1981, como había perdido mucha sangre, decidieron llevarlo inmediatamente al Hospital Gemelli en ambulancia y sin escolta policial, con el riesgo que eso suponía. Fue la primera vez que ingresaban a un Papa en un hospital. Y entonces, la foto que se publicó de él en la cama, con esa mirada serena, humanizó el papado. Nunca se había visto algo así. Pienso que esa foto cambió el papado.
¿Por qué lo cambió?
Pocos años antes, cuando el Papa Pío XII salía a los Jardines Vaticanos, quienes se cruzaban con él se ponían de rodillas, como si fuera una divinidad. Eso ya no era necesario.
Imagino que los años en los que lo vio más de cerca fueron los últimos de su pontificado.
Sí, porque en el año 2000 me nombró sustituto de la Secretaría de Estado. Cuando llegué a Roma en octubre él ya usaba el bastón y después necesitó la silla de ruedas. Pero a pesar de eso tenía una fuerza enorme. Fueron años de viajes extraordinarios.
Usted siempre le acompañaba en esas visitas fuera de Italia.
Recuerdo su adiós a Polonia en agosto de 2002, con un viaje tremendo a Cracovia ante una multitud que lo despedía en silencio. También unas semanas antes me impactaron las lágrimas de México, cuando fue para canonizar a Juan Diego. Por todo el camino hacia el aeropuerto había gente a los dos lados del papamóvil, llorando, porque veían que no estaba bien.
¿Qué recuerda de su visita a Madrid en mayo de 2003?
Fue un viaje extraordinario. Seguimos con mucho cariño la canonización de Pedro Poveda, el fundador de las Teresianas, la Madre Maravillas, José María Rubio y Genoveva Torres.
La última vez que salió de Roma fue para peregrinar a Lourdes, junto a tantos enfermos.
En Lourdes, le quedaba menos de un año de vida, se entregó de nuevo a la Virgen. Allí dejó esculpido con sus gestos su lema Totus Tuus que resumía su espiritualidad y su ser: «Soy todo tuyo, todo lo mío es tuyo y, a través de ti, María, soy todo de Cristo».
¿Cómo era el Papa de cerca?
En esos cinco años de enfermedad, de debilidad, de ir poco a poco apagándose, yo vi la fuerza de la Cruz. Era como si dijera, «En la debilidad yo soy fuerte, en la debilidad puedo contribuir a la paz del mundo». El Papa, con su enfermedad, tenía más poder que cuando tenía salud. El poder de Cristo se ve en la debilidad. Lo estamos viviendo también ahora con Francisco. Quizá en esas situaciones los papas no pueden hacer lo que hicieron con todo el vigor de su físico, su rapidez mental y su servicio, pero pueden seguir dando este testimonio de amor de Dios a los hombres.
Aquel 2 de abril de 2005 a usted le tocó la responsabilidad de anunciar el fallecimiento de Juan Pablo II.
Cuando vi el cadáver, tenía los pies descalzos, y me salió del corazón pronunciar esa frase de un salmo, «¡qué hermosos son los pies de los que anuncian la paz!».
Usted fue uno de sus colaboradores más cercanos. Imagino que desde que se fue al Cielo, ahora es usted quien le pide ayuda. ¿Le tiene devoción?
Algunos cardenales tenemos una especie de costumbre, pues antes de las ceremonias litúrgicas, cuando nos encontramos para revestirnos en la capilla en la que está su tumba, siempre lo recordamos y nos encomendamos a él.