Que una niña de 7 años se convierta en esclava es algo que debería llevarnos a reaccionar, a decir que eso es algo intolerable. Es lo que le pasó a santa Bakhita. Nacida en Sudán en 1869, la religiosa se convertiría en un símbolo universal del compromiso de la Iglesia contra la trata de personas.
27 millones de víctimas
Una realidad que todavía se repite. Las Naciones Unidas cifran en 27 millones a las víctimas de la trata de personas, la esclavitud moderna. Números que demandan un compromiso de todos, todavía más si nos decimos cristianos. A ello nos llama la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, que desde 2015 se celebra cada 8 de febrero, festividad de santa Bakhita.
Un compromiso que guía el actuar de la Comisión contra la trata de personas de la Archidiócesis de Madrid, que se empeña en abrir los ojos a una sociedad que no quiere ver ese crimen. No son pocos los que dicen que la trata de personas no existe, pero es una realidad que está mucho más cerca de cada uno de nosotros de lo que nos imaginamos. Por eso, tu y yo, todos nosotros estamos llamados a visibilizar y dar a conocer esta problemática.
Estamos ante un fenómeno complejo y dramático, que acarrea graves problemas para las víctimas de la trata de personas y para sus familias. Un crimen que ha extendido sus tentáculos en el entorno digital, lo que aumenta el número de posibles víctimas y hace que sea más difícil enfrentarlo.
Cadenas que amarran
Las víctimas de la trata de personas, los esclavos del siglo XXI, se ven amarrados por falsas promesas. Son personas, sobre todo mujeres y niño, con rostros concretos, que poco a poco han ido perdiendo su dignidad. Ya no son vistos como personas, son objetos de los que gente sin escrúpulos se ha adueñado. Y para ello usan todo tipo de mecanismos, que van desde un simple engaño a amenazas que llevan a un control exhaustivo.
Bajo el disfraz de oportunidades de todo tipo, personas que viven situaciones de vulnerabilidad caen en las redes de organizaciones criminales de cuyas garras es muy difícil salir. El control psicológico, las amenazas, las deudas, la retención de sus documentos son cadenas que atan a aquellos que podemos llamar esclavos modernos.
El empeño de muchas instituciones, entre ellas la Iglesia católica, es hacer todo lo posible para que las víctimas de la trata de personas puedan salir de ese mundo. El desafío es ayudar a pasar del miedo a la esperanza, de superar el sentimiento de soledad, de que las victimas crean realmente que otra vida es posible. Sabemos que es un camino largo y que las víctimas solo lograrán su objetivo con la ayuda de otros, con la ayuda de todos, también la mía y la tuya.
Que nadie se sienta solo ante la trata de personas
Cuando una víctima sabe que no está sola, que su vida es valiosa, que hay personas dispuestas a caminar con ella, es más fácil salir adelante. Salir de la trata es romper el silencio, afrontar el miedo y dejarse acompañar. Y eso, aunque no sea fácil, es posible, y hará que las víctimas puedan sentirse como supervivientes. Poco a poco irán asumiendo que tienen autonomía para imaginar un futuro mejor, para caminar hacia la independencia, para tomar decisiones sobre su propia vida.
No solo las víctimas, también cada uno de nosotros tenemos que ser conscientes de que hay vida después de la trata y que la construimos juntos, con tiempo, con cuidado, con comunidad y con esperanza. Ese es el empeño de la Comisión contra la trata de personas de la Archidiócesis de Madrid. ¿Por qué no nos apuntamos todos y hacemos lo que esté en nuestras manos para que así sea?