Las piedras vivas de la capilla del Obispo - Alfa y Omega

Las piedras vivas de la capilla del Obispo

La capilla del Obispo celebra diez años de su reapertura al público atendida por las hermanitas del Cordero, que ejercen desde ahí su misión mendicante

Begoña Aragoneses
El cardenal Osoro y la familia del Cordero, en la Eucaristía de acción de gracias. Foto: Ana Belart

Fue en la plaza Mayor, una de las noches en que las hermanitas del Cordero acudieron al encuentro de los pobres. «¿Qué nos traéis?», dijo uno. La respuesta de su compañero fue tumbativa: «¿Pero no te das cuenta de que nos traen a Dios?». Nos lo cuenta la hermana Dominika, polaca, que habla también con la mirada ahora que la mascarilla tapa el resto. Junto a ella, las hermanas Joana, española, y Marie-Aimée, francesa y responsable de la fraternidad de Madrid, van desgranando su vida en una suerte de balance de sus diez años como encargadas de la liturgia en la capilla del Obispo

Fue en 2010 cuando este espacio reabrió al público tras una importante restauración y después de que la casa de Alba lo cediera a la diócesis de Madrid, y esta a las hermanitas para su cuidado. Una joya del gótico del siglo XVI que fue diseñada para albergar los restos de san Isidro aunque finalmente son los del obispo Gutierre de Vargas los que reposan en ella. Hijo de Francisco de Vargas, para quien había trabajado el santo patrón de Madrid, el obispo impulsó su construcción y de ahí el nombre oficioso, porque oficialmente es la capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán.

«Vosotras sois la Iglesia», les dijo el arzobispo, cardenal Carlos Osoro, a las seis hermanitas que forman la fraternidad en la solemne Eucaristía que se celebró el pasado sábado, 24 de octubre, en acción de gracias por este décimo aniversario. La frase se les clavó en el corazón porque describió perfectamente su carisma: «Hermanitas pobres con los pobres en el corazón de la Iglesia». 

Son misioneras, esencia de la Iglesia; orantes-contemplativas porque «toda nuestra vida está basada en la oración»; y mendicantes: viven de la Providencia, acuden a pedir a las casas, a los comedores sociales –«a veces nos apremian para que acabemos rápido porque empezamos a hablar y hablar…»–, «hacemos cola con los pobres, vamos a ellos con las manos vacías» pero con una oferta franca de amistad. En definitiva, «visitamos a nuestros hermanos». 

Tender puentes

También los atienden en la capilla, y así han podido ver milagros, «transformaciones del corazón» porque se les ofrece un lugar en el que «beber de la fuente; el fuego del hogar». Como el caso de una persona en situación de calle desde hace años que recibirá, después de un largo proceso y con un gran deseo, el Bautismo. O el de una mujer del Congo a la que conocieron en el comedor social. O el de otro que ahora es su mano derecha en las gestiones de la casa. Todos han paticipado estos años en la Mesa Abierta, una comida de fraternidad que sigue a la Eucaristía de 12:30 horas de los sábados, y a la que se sientan también «ricos». Es tender puentes: «Para ellos es un honor que un pobre se siente a su lado, y para el pobre es una dignificación», dice Joana.

La familia creada por las hermanitas del Cordero incluye, además de a los pobres, a matrimonios, jóvenes, sacerdotes, laicos consagrados… Son las piedras vivas de un alojamiento por el que están muy agradecidas –«en él hemos podido empezar a vivir nuestro carisma de amor por los pobres»–, pero que es provisional. Tarde o temprano, las hermanas abandonarán la capilla del Obispo por un «pequeño monasterio urbano» en el centro de Madrid «que transparente más nuestra vida de pobreza, la belleza y la sencillez que habla de Dios mendigo; Él es el primer mendigo de nuestro amor», concluye Dominika. 

El día a día

Las hermanitas comienzan con un rato de adoración y rezo del oficio, de 7:00 a 8:45 horas. El desayuno, en silencio al igual que la cena, da paso al tiempo de servicio, acogida, limpieza, cocina, preparación de la liturgia… «A mediodía –explica Marie-Aimée– comemos en fraternidad o vamos de misión-mendicidad». La tarde sigue la tónica de la mañana, y de 18:00 a 20:00 horas celebran Eucaristía y adoración. En el rato que estamos con las hermanas, las llamadas a la puerta y al teléfono no han parado: «El día está intercalado de venidas del Señor», resume Joana. Ahora, no salen a pedir por las casas y la Mesa Abierta se ha reducido a dos o tres personas. Todo compensado, sin embargo, con más acogidas: «Nuestra mesa ahora está abierta todos los días para ofrecer el corazón de la vida monástica».