Las nuevas distopías

Se acaba de estrenar la primera parte de la entrega final de la saga Los juegos del hambre, una de las adaptaciones literarias más de moda entre los adolescentes. Pero esta película no es más que un ejemplo de una fuerte corriente cinematográfica que hunde sus raíces en el 11S de 2001, y que los acontecimientos de los últimos años han potenciado aún más: las distopías

Juan Orellana
Imágenes de Los juegos del hambre

Hubo un tiempo en que el cine hablaba de utopías, dibujaba lugares idílicos donde se daba cumplimiento a los deseos del hombre. Recordemos, cómo no, el Shangri-La, de Horizontes perdidos, que Capra nos mostró en 1937, un lugar de paz y bondad. Así era también ese lugar cuyo nombre significaba Cerca del cielo, y al que peregrinaban los personajes de Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain (1992). Otras películas de ciencia ficción terminaban, como Blade runner (Ridley Scott, 1982), en un lugar verde y frondoso que ofrecía un futuro más apetecible que el de la ciudad oscura y hostil en el que transcurría el argumento. Incluso Tarkovski, en su Stalker (1979), plantea de alguna forma la Zona como la posibilidad de la utopía.

Actualmente, la crisis económica, el fenómeno global de la inmigración, la inestable situación ecológica, las epidemias, el imparable terrorismo, etc., han favorecido la eclosión de un subgénero de las aventuras fantásticas que se basan en distopías. Es decir, en anti-utopías, sociedades futuras ficticias indeseables por inhumanas. En unas, reina el hambre; en otras, el terror; en otras, las guerras y la violencia, la esclavitud… En la mayoría, se ha reproducido una nueva lucha de clases entre ciudadanos de primera y de segunda clase.

El camino de las anti-utopías

En 1997, ya Gattaca, de Andrew Niccol, es un buen antecedente que dividía a la gente con criterios eugenésicos en genéticamente perfectos e imperfectos. Código 46 (2003), de Michael Winterbottom, nos muestra un futuro en el que somos esclavos mentales, nuestros recuerdos pueden ser borrados y hay quien puede leer la mente de los demás. También la lucha de clases está presente en Elysium (2013), de Neill Blomkamp, situada en 2159, cuando los seres humanos se dividen en dos grupos: los ricos, que viven en la estación espacial Elysium, y todos los demás, que sobreviven como pueden en una tierra devastada y superpoblada. Esta misma separación física entre pobres y ricos se da en la canadiense Un amor entre dos mundos (Juan Diego Solanas, 2012), más de ciencia ficción que distopía y con fuerte componente romántico. A veces, las clases sociales no son las tradicionales de ricos y pobres, como en el caso de Divergente, de Neil Burger (2014). En ese mundo distópico, la sociedad se divide en cinco categorías (Verdad, Abnegación, Osadía, Cordialidad y Erudición), y los jóvenes deben elegir a qué facción pertenecer.

En otros casos, es un cataclismo natural el que nos lleva a un futuro apocalíptico de supervivientes, normalmente crueles rivales entre sí, como The Road (La carretera), de John Hillcoat (2009), o El libro de Eli, de Albert y Allen Hughes (2009). En Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón (2006), se nos describe un mundo que ha caído en la anarquía debido a la infertilidad de la población. El habitante más joven de la tierra acaba de morir a los 18 años, y la raza humana se enfrenta a la posibilidad de su extinción.

Cataclismo y lucha de clases se dan cita en la coreana Rompenieves, de Joon-ho Bong (2013). Un experimento para solucionar el calentamiento global casi acaba destruyendo la vida sobre la tierra. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del Rompenieves, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno, y cuyos pasajeros y vagones están cruelmente divididos en clases sociales.

Una sociedad con miedo al futuro

En la saga de Los juegos del hambre, lo más significativo es el régimen totalitario en una sociedad futura, también fuertemente fragmentada. Lo que en el pasado fueron los Estados Unidos, ahora es una nación llamada Panem, en la que un poderoso Capitolio ejerce implacable control sobre los doce distritos que lo rodean, aislados entre sí.

Basten estos ejemplos para mostrar que el cine distópico se ha convertido en una tendencia que debe ser analizada, no como una casualidad, sino como un síntoma. El síntoma de una sociedad que tiene miedo al futuro, porque no encuentra en el presente más que amenazas; el síntoma de una civilización que ha perdido sus referentes y sus raíces y que puede quedar al albur de cualquier poder violentamente sobrevenido… En definitiva, este cine muestra la disolución de las promesas de la Ilustración, promesas de un futuro siempre mejor, de un progreso indefinido.

La Ilustración le sacó un billete de ida sin vuelta a la tradición cristiana; la posmodernidad le ha hecho lo mismo a la Ilustración. Queda la nada. No hay cimientos donde construir, pero oficialmente seguimos encantados de habernos conocido. Incluso estas inquietantes películas son interpretadas por la mayoría como puro entretenimiento. Pero esta ceguera es también parte de los signos de los tiempos.