Las dos bandoleras: Del amor, del honor, de la venganza. Libertad y rebeldía de mujer

Ponía Antonio Machado en boca de su poeta apócrifo Juan de Mairena las siguientes palabras: «Lope es una puerta abierta al campo, a un campo donde todavía hay mucho que espigar, muchas flores…

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Ponía Antonio Machado en boca de su poeta apócrifo Juan de Mairena las siguientes palabras: «Lope es una puerta abierta al campo, a un campo donde todavía hay mucho que espigar, muchas flores que recoger». Porque todo Lope de Vega, y en especial todo su teatro, es fértil y vario, inabarcable y dinámico, ecléctico y anárquico, lleno de vida y libertad, como ese campo en el que la explosión de la naturaleza surge a borbotones, y en el que, en el rincón más inesperado, brota una flor de gran belleza. Y el mérito está en saber encontrarla, trasplantarla, injertarla y hacerla crecer. Eso es exactamente lo que ha hecho la Compañía Nacional del Teatro Clásico, con esta joya olvidada del teatro de Lope: Las dos bandoleras, que se puede ver hasta el próximo 8 de junio en el Teatro Pavón. Crítica de Antonio Díaz Narváez

Este crítico tiene que reconocer su especial debilidad por esta compañía. Tenía apenas dieciséis años cuando vi la que fue su primera obra: El médico de su honra, de Calderón, en un montaje de Adolfo Marsillach, quien acometió también la empresa de ser el primer director de la Institución. Por aquel entonces, se debatía intensamente en torno a cómo representar los clásicos, cómo recitar el verso (qué hacer con la sinalefa), dado la inexistencia de una tradición institucionalizada en torno a nuestro riquísimo teatro clásico.

Varias décadas después, y gracias a esta compañía, estas polémicas están superadas, y por nuestras retinas han pasado versiones inolvidables de Fernando de Rojas, Tirso, Cervantes, Calderón o Lope. Y se ha sabido combinar, con sabiduría, la producción de obras señeras de nuestro teatro patrio (como la magnífica puesta en escena de La vida es sueño, que acaba de pasar por Madrid) con el rescate de obras que no por menos representadas, están exentas de interés y valor. Como la obra que nos ocupa.

Porque Las dos bandoleras es una obra de una inusitada fuerza y actualidad. En ella, dos mujeres, Inés y Teresa, trasunto de todas las mujeres fuertes y resueltas que pululan por el teatro de Lope, toman las riendas de sus vidas, decidiendo a quién entregarse, con quién casarse y cómo hacer valer las promesas de honor incumplidas. Una vez descubierto el engaño y el ultraje de quienes sólo pretendían aprovecharse de ellas (los militares don Lope y Álvar), y ante la desprotección de un código de la honra que las aboca a la muerte a manos de su padre (Triviño), deciden echarse al monte y hacerse bandoleras, con el propósito de dar muerte a todo hombre que se les cruce en su camino: Por la ofensa de dos hombres/ morirán más de quinientos.

Pero la dramaturgia de Marc Rosich en colaboración con la directora de la obra, Carme Portaceli, ha sabido equilibrar esta aventura llena de energía y ritmo, incorporando la historia de la Serrana de la Vera -extrayéndola de la obra homónima de Lope-, dotando a la obra de un contrapunto rebosante de lirismo. Y así las peripecias de Teresa e Inés se verán entrelazadas con los infortunados amores de Leonarda -que llegará a ser la instructora de las bandoleras- y Carlos, que como el Cardenio cervantino arrastra su locura de amor por peñas y montes, mostrándose como en el único personaje masculino capaz de amor desinteresado y noble: Dame algún bien, aunque con él me prives/ de padecer por ti, pues por ti muero.

Los versos antibelicistas de otra obra de Lope, Asalto de Mastrique, puestos en boca de Orgaz, el criado de las bandoleras, terminan de completar este maravilloso injerto. Injerto que tiene la virtud de, respetando los versos del madrileño, ir más allá de la literatura, para perseguir una determinada idea escénica. Porque el hecho teatral no es literatura, pese a partir de ella. Y es sobre las tablas donde esta obra despliega unas cualidades que sobre el papel sólo llegan a intuirse.

En todo ello se adivina la mano decidida de la directora, Carme Portaceli, apoyada por la escenografía de Paco Azorín, quien en la línea que nos tiene acostumbrados (bástenos recordar su propuesta en el reciente montaje de Julio César en el Bellas Artes), apuesta acertadamente por la sobriedad. Tres rocas formadas por prismas metálicos, una imagen recortada en el fondo, y una plataforma inclinada bastan para apuntalar un espacio escénico el que los personajes, la acción y la palabra son los verdaderos protagonistas. Esa concepción escénica dota a los actores de plena libertad de movimientos, algo inherente al teatro lopesco. Señalaba Azorín (José Martínez Ruíz, no el escenógrafo) que en las obras de Lope «los personajes entran y salen, van y vienen, sin necesidad de justificantes. En un soplo se pasa de una cosa a otra».

Especialmente acertada me ha parecido la propuesta de vestuario de Antonio Belart, que combina referencias a la actualidad o a una realidad no muy lejana (impagable la caracterización de Triviño como boina roja) con trajes de época que nos sumergen de lleno en una obra de capa y espada, en una aventura de serranas forajidas, combates y emboscadas. Similar efecto consigue Jordi Collet con la música, capaz de incluir rítmicos sonidos electrónicos junto a melodías intimistas.

Pero todos estos elementos están al servicio del trabajo de los actores, ejes de una pieza que fluye equilibradamente gracias al esfuerzo de una compañía, de un grupo de cómicos que se entregan a un proyecto colectivo. Empezando por las dos actrices protagonistas, Carmen Ruiz y Macarena Gómez, que demuestran que además de ser dos rostros conocidos tienen talento y arrojo para componer unas bandoleras que rebosan energía y frescura en una lectura muy actual de sus personajes. Y reciben adecuada réplica de David Luque y Álex Larumbe, que encarnan con credibilidad y gracia a los soldados burladores. Las interpretaciones de Gabriela Flores y LLorenç González en los papeles de Leonarda y don Carlos impregnan la obra de lirismo, misterio y fascinación, y Albert Pérez da vida a un rey Fernando III lleno de humanidad y mesura.

Especial mención merece el personaje de Triviño. La composición que de él hace Helio Pedregal es sencillamente memorable. Triviño, con cinco monólogos que como cinco columnas vertebran la obra, representa al hombre de honor, de principios férreos que aplica con rigidez al frente de la Hermandad de los Colmeneros de los montes de Toledo. El actor ovetense se mete en su piel de tal manera, lo defiende de tal forma, que llegamos a identificarnos con un personaje que podría resultar antipático en su dogmatismo, y que poco a poco se nos revela como una víctima más de su propia ideología, debatiéndose entre su razón y su corazón a la hora de castigar a sus hijas, en uno de los momentos de mayor intensidad dramática de la obra: En mi pecho están luchando/ honor, amor y temor;/amor está perdonando,/y el honor, con más rigor,/el castigo ejecutando». Pero estas palabras hay que escucharlas en la voz de Helio Pedregal, que da lecciones de cómo recitar el verso.

Y vale la pena que nos detengamos finalmente en el personaje de Orgaz, interpretado por David Fernández, Fabu. Orgaz, el criado de las hermanas bandoleras, es el gracioso, pieza indispensable en el teatro de nuestro Siglo de Oro (el Fénix solía escribir estos personajes pensando en uno de los actores más aclamados del momento: el singular Juan Rana). Pero es Orgaz un gracioso de enjundia: la voz del pueblo, la voz de la verdad (¿no ves que un niño y un loco/ suelen decir las verdades?). Una verdad que asaetea al espectador de hoy con una fuerza inusitada, poniendo el dedo la llaga en temas de una sorprendente actualidad: La brecha entre los gobernantes y el pueblo (Está el Rey nuestro señor/ en Toledo descansando,/ y al frío, nieve y calor,/ los soldados peleando, sin pagarlos: ¡gran rigor!); la penuria del pueblo que pasa hambre (Pues que no puedo vivir,/ ¿no me tengo de quejar?); la lacra de la guerra (¡Del primero que inventó/ la guerra, hermanos, reniego!). David Fernández, Fabu, sencillamente borda su personaje. Y consigue algo que sólo está al alcance de unos pocos: cuando él interviene el escenario se ilumina, la representación adquiere relieve, ritmo, color. Y se lleva al público de calle. No se lo pueden perder.

Pero sin duda es el tratamiento que Lope hace de las mujeres de la obra lo que la que dota de una mayor originalidad. Unas mujeres que se hacen dueñas de su destino por encima de todo convencionalismo, logrando salir airosas de su aventura, pese a los errores cometidos. Y es tal su fuerza que las peripecias de todos los hombres que habitan su mundo quedan empequeñecidas ante su voluntad. Esa voluntad de mujer que quiere, aborrece, trata bien, maltrata y es en fin, como sangría, que a veces da salud… ¡y a veces mata!

Estamos, en definitiva, ante una magnífica versión de un excelente Lope rescatado del olvido. Porque la grandeza del Fénix de los Ingenios en esta obra pueda residir quizás en que sin salir de las convenciones propias del teatro de la época -el honor mancillado, la consecuente venganza, la intervención final del monarca, que repone in extremis la justicia y el orden- el regusto que deja obra es el de una profunda pasión por la libertad, tan estimada por el dramaturgo madrileño. Como bien supo ver Vicente Aleixandre en estos versos: Libertad más que amor fue Lope, y así brilla/ perpetuamente libre: más libre hace hoy al hombre.

Antonio Díaz Narváez