Las cicatrices del dolor
León XIV no se había encontrado en una situación semejante al encuentro con familiares de los fallecidos en Crans-Montana (Suiza). Se notaba que lo que más deseaba era apretar con cariño las manos de madres inconsolables, de padres y hermanos
Hay circunstancias para las que nunca se está preparado. No existen manuales que enseñen a despedirse de un hijo, de un padre, de un ser querido. Imposible asimilar que ya no volverás a leer sus mensajes o a recibir una llamada para saber cómo ha ido el día. Un silencio que congela el alma, que no estaba lista para el adiós. No hay guion para esto, y el Papa León XIV era muy consciente cuando recibió en el Vaticano a un grupo de familiares de los adolescentes fallecidos o heridos durante el incendio en Nochevieja en la localidad suiza de Crans-Montana, que causó 40 fallecidos y al menos 116 heridos: «Estoy muy conmovido y consternado al encontrarme con ustedes», les reconoció. No se había encontrado en una situación semejante. El silencio tan solo se interrumpía por los sollozos de quienes no podían, ni querían, contener su dolor. Y se notaba que lo que más deseaba era apretar con cariño las manos de madres inconsolables, de padres y hermanos, que aún no han asimilado lo sucedido. Durante el encuentro, el Papa hizo el diagnóstico certero de su ánimo: «No puedo explicaros por qué se os ha pedido» tal prueba. «El cariño y las palabras humanas de compasión que os dirijo hoy me parecen muy limitadas e impotentes».
Sabía que la muerte de un hijo nunca entra en los planes de los padres y que no hay palabras que alivien ese dolor indescriptible. Un sentimiento que cicatrizará con el bálsamo de la fe y el afecto del Santo Padre: «¿Qué sentido dar a estos acontecimientos? ¿Dónde encontrar un consuelo a la altura de lo que sentís, que no sea constituido por palabras vanas y superficiales, sino que toque lo profundo y reavive la esperanza?».
León XIV les ofreció la única receta que ayuda a cicatrizar heridas, asegurándoles que «la fe ilumina los momentos más oscuros y dolorosos de nuestra vida, nos ayuda a continuar con valentía el camino», que «requiere paciencia y perseverancia». Les recordó que estaban muy cerca de lo que Jesús vivió en la cruz cuando, en un último esfuerzo, intentó alzar la voz y rezó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Una vez más, la pregunta de difícil respuesta: ¿por qué has permitido que mueran tantos jóvenes el día en el que brindamos por el nuevo año? ¿No estabas acaso allí cuando se desató el incendio? Los porqués desconcertantes de unos planes de Dios que no siempre entendemos: «La respuesta de Dios Padre a esa súplica se hizo esperar tres días, en silencio. ¡Pero cómo respondió! Jesús resucitó glorioso, viviendo para siempre en la alegría y la luz eterna de la Pascua». «Vuestra esperanza no es vana, porque Cristo ha resucitado verdaderamente».
Todo lo que ocurrió en esa audiencia puede resumirse en este apretón de manos del Papa a la madre de uno de los jóvenes. Sin las madres no sabríamos llegar al centro de nuestra historia. Y por eso el Papa los despidió con un fantástico consejo: «Vuestro corazón hoy está traspasado, como lo estuvo el de María al pie de la cruz. Confiadle sin reservas vuestras lágrimas y buscad en ella el consuelo materno. Como María, sabréis esperar con paciencia, en la noche del sufrimiento pero con la certeza de la fe, que un día, un nuevo día, amanezca; y volveréis a encontrar la alegría».