Las campanas de Roma

Encontré el libro Las campanas de Roma en una librería anticuaria. Una encuadernación en buen estado, pero con páginas amarillentas y polvorientas. Pocos lectores se habían acordado en más de medio siglo…

Antonio R. Rubio Plo

Encontré el libro Las campanas de Roma en una librería anticuaria. Una encuadernación en buen estado, pero con páginas amarillentas y polvorientas. Pocos lectores se habían acordado en más de medio siglo de esta novela del diplomático finlandés Goran Stenius (1909-2000). Un libro fruto de una intensa experiencia espiritual, cuyo protagonista es un sacerdote finlandés, antiguo historiador del arte en tierras italianas, convertido al catolicismo. El autor no se preocupó en ocultar que el protagonista, Thomas Cinnelius, es una representación de sí mismo, Goran Stenius, y quiso plasmar una parte de su itinerario vital.

Las campanas de Roma me hacía presuponer la clásica historia de monseñores vaticanos, aristócratas romanos y atardeceres sobre las colinas de la Ciudad Eterna. Mucho romanticismo, naturaleza y arte, y menos de espiritualidad. Con todo, la espiritualidad está presente, aunque la trama pueda dejarla en segundo plano.

Thomas Cinnelius es un corazón inquieto a la manera de san Agustín. Un joven historiador del arte, un finlandés luterano, busca a Dios en el arte de la luminosa Italia, pero está demasiado absorbido por sus largas horas de biblioteca. Irá comprendiendo poco a poco que toda representación artística cristiana carece de sentido sin la fe. Es el caso de la Eucaristía en el arte, algo incomprensible para un no católico. Uno de sus mentores, el padre Barnabas, le enseñará que la mejor forma de estudiar la Eucaristía es en presencia del Santísimo. También le mostrará un librito con citas de san Agustín. Una de estas frases latinas, Non intratur in veritatem, nisi per caritate, resume toda la trama del libro, e invita a un descubrimiento progresivo de la esencia de la fe cristiana no sólo a intelectuales como Thomas, sino a cualquier cristiano que aspire a tomarse en serio su fe. Sólo se accede a la verdad por la caridad, y según subraya el padre Barnabas, no cabe debatir sobre la Eucaristía sin haber asimilado esta convicción.

La fe y el saber se reconcilian por la caridad. No comprenderlo ha servido para agravar esa separación drástica entre la religión y la vida, característica del mundo moderno. Pero veinte siglos atrás, san Pablo lo había expresado con claridad meridiana: «Ya podría hablar la lengua de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, de nada me sirve». (1 Cor 13, 1-2). Sin embargo, Thomas Cinnelius tardará tiempo en entenderlo, aunque se convierta al catolicismo y se haga sacerdote. Sentirá también el peso atroz de no tener una mayor sensación de felicidad y casi tendrá envidia de un médico comunista que, al proclamar su confianza en el progreso, parece tener una felicidad más fuerte e intensa. Comprenderá más tarde que una gran fuente de alegría, el amor al prójimo, sólo le será dada por el Espíritu Santo.

Antonio R. Rubio Plo