La parroquia que enseña a rezar a los niños y acoge a los mayores
Nació como una pequeña ermita, pero hoy San Ignacio de Loyola ofrece en Torrelodones un servicio pastoral y caritativo que va más allá de su territorio
Los alrededores de Madrid siempre han sido lugares de retiro y de esparcimiento para los madrileños. Desde hace ya muchas décadas, cuando llegan el fin de semana o los meses de verano, muchos urbanitas toman las carreteras que llevan al norte para desconectar o encontrar alivio ante el calor. Sin embargo, con el paso del tiempo y con el crecimiento de la metrópoli, localidades que antes se consideraban lejanas y remotas son hoy zonas de vivienda habitual en toda regla, y son muchos los que duermen allí y bajan a Madrid a trabajar.
En Torrelodones surgió de este modo, hace ya tiempo, una zona residencial alrededor de la estación de tren. En torno a los años 50 del siglo pasado se empezaron a parcelar los terrenos para construir viviendas unifamiliares, que dieron lugar a una colonia que acoge hoy a cerca de 7.000 habitantes. «La gran mayoría son familias con muchos niños, y abundan los matrimonios jóvenes, porque se ha construido mucho y esta es una zona que sigue en expansión», cuenta Gabriel García Serrano, párroco de San Ignacio de Loyola.
En origen, el templo fue una pequeña ermita propiedad de una familia de este enclave, que cedió en su día para dar lugar a una parroquia escindida de la Asunción de Nuestra Señora, la del pueblo. «De hecho, los fieles más veteranos la siguen llamando la iglesia del Rosario, como se conocía a la capilla antiguamente», dice García Serrano.
San Ignacio de Loyola atiende a los grupos habituales de la parroquia: Effetá, Renovación Carismática y Camino Neocatecumenal, además de acoger retiros periódicos del Opus Dei y las reuniones de más de 300 mujeres separadas de los grupos Betania; «y últimamente también a los betanios», apostilla el párroco refiriéndose a los hombres separados. Por el recinto también pasan las familias de la comunidad Cenáculo, cuyos hijos están en proceso de sanación de la lacra de la droga.

Pero San Ignacio de Loyola tiene también la particularidad de extender su pastoral hacia el colegio del mismo nombre y a una residencia dedicada a los ancianos. El primero comenzó cuando hace 60 años el párroco de entonces inició un centro con familias que querían dar una educación cristiana a sus hijos. Con el tiempo se mudó a otro terreno y hoy es un colegio público de iniciativa social —de la parroquia—, que da servicio a 2.000 alumnos.
La escuela también tiene un centro de formación profesional con módulos como Agrojardinería, Atención a Personas en Situación de Dependencia, Guía en el Medio Natural, varios de deporte, Educación Infantil o Integración Social, a los que acuden 50 alumnos de toda la región de Madrid.
«Es la comunidad cristiana la que educa», señala Gabriel García Serrano. «Los profesores tienen una clara identidad cristiana y son ellos los que en realidad transmiten la fe. El núcleo del colegio es la capilla, pero la fe se transmite en el aula», añade. De hecho, lo que experimentan los alumnos en el colegio San Ignacio de Loyola «es un modo de vivir la vida, unas relaciones que saben a comunidad verdadera, y por eso son muchos los que cuando salen de aquí vuelven de vez en cuando para mantener el contacto», cuenta el párroco.
Bastantes de estos adolescentes y jóvenes hacen voluntariado en la residencia de mayores, la otra gran iniciativa apostólica de San Ignacio de Loyola. Nació hace más de 30 años y hoy son 35 los mayores que viven en sus instalaciones. Es una obra caritativa «porque tratamos de dar preferencia a los que están más solos», dice el sacerdote.
Algo más reciente es una casa de acogida que se llama Fratelli Tutti, un recurso para chavales en situación de vulnerabilidad: españoles y africanos de varios países, mayores de edad, que cursan algún módulo de FP. El objetivo es que los que vayan rehaciendo su vida puedan colaborar después a la sostenibilidad de la casa.