El 24 de septiembre los católicos ingleses celebran Nuestra Señora de Walsingham –los anglicanos lo hacen el 15 de octubre–. El 2020 es especial porque ha coronado dos años de eventos en las catedrales de Inglaterra para extender esta advocación, muy desconocida pese a ser la patrona del país y haber sido un concurrido lugar de peregrinación durante la Edad Media. Aunque se había planeado como cierre una gran celebración en la catedral de Westminster, el acto online –obligado por el confinamiento– permitió que lo siguiera muchísima más gente. No era solo una Misa, sino la rededicación de Inglaterra a María y el ofrecimiento de una promesa personal de aceptación de la voluntad divina.

La primera dedicación fue en medio de un periodo de fuerte agitación política. La realizó en 1381 el rey Ricardo II en la abadía de Westminster, al lado de la tumba de san Eduardo, el confesor: «Dos tua pia haec est, quare leges, Maria». El singular título the dowry of Mary era una tradición ya asentada. Dote en español, dowry proviene del latín dos, dotis, donación. A pesar de que hoy es entendido como la donación que acompaña a la novia, en la ley inglesa medieval el significado es inverso: el esposo separa una parte de sus bienes y los designa para el mantenimiento de su esposa en caso de que enviudara.

¿Por qué Walsingham, ese pueblo recóndito? La historia se remonta a cuando Inglaterra era profundamente católica, bajo un monarca con un sentido amor a Dios y a la Iglesia: san Eduardo. En medio del campo, vivía una joven viuda conocida por ser mujer trabajadora y generosa. En 1061 tuvo un sueño: la Virgen le mostraba dónde se produjo la visita del Arcángel. María pedía en la visión que construyera una réplica exacta de aquella casa. Se llamaría England’s Nazareth y serviría para expandir la alegría de aquel primer sí. Desde sus inicios, la Virgen concedió gracias, consuelo y milagros. La fama fue extendiéndose por todo el territorio cristiano y se convirtió en uno de los cuatro grandes centros de peregrinación junto con Roma, Jerusalén y Santiago. El mismo Enrique VIII la había visitado varias veces. Luego llegó la ruptura con Roma y la cruel persecución a la Iglesia. Tuvieron que pasar 400 años antes de que el catolicismo volviera a ser legal.

Con el saqueo y quema de iglesias después de la Reforma, la ermita fue destruida y la sencilla estatua que se encontraba junto al altar fue quemada en la presencia de Cromwell. Por alguna razón, no se destruyó la Slipper Chapel, llamada así porque era donde los peregrinos se quitaban los zapatos para caminar descalzos la última milla. Aun abandonada, muchos siguieron acercándose allí para pedir auxilio a la Virgen. A finales del siglo XIX, una chica de padres anglicanos conversa al catolicismo la compró y la donó a la Iglesia.

La alternativa londinense

Walsingham es un sitio singular y la Virgen colma de gracias a quienes lo visitan. Si no se tiene la oportunidad de ir hasta allá, puede hacerse en Londres un recorrido mariano vinculado a esta tradición: empieza en la capilla de San Eduardo, en la abadía de Westminster, pasa por la National Gallery, donde se encuentra el maravilloso díptico de Wilton, que representa al rey Ricardo ofreciendo Inglaterra a María, y termina en el museo V&A, donde hay una Virgen de madera que podría ser una réplica temprana de la primera talla.

Con tal de poder acoger a más peregrinos, se levantó en el mismo recinto de la Slipper Chapel un nuevo templo. Curiosamente, la Iglesia anglicana también ha construido allí una capilla dedicada a esta Virgen. Entre las dos ermitas, quedan los restos de la casa santa original: un arco en ruinas como testimonio de un pueblo de fe recia, cuna de cientos de mártires. Mártires como san Henry Morse, que en el patíbulo pronunció con firmeza: «El Reino de Inglaterra nunca será verdaderamente dichoso hasta que no regrese a la fe católica y apostólica bajo su única cabeza, el obispo de Roma». Quién sabe si esta rededicación a Nuestra Señora de Walsingham conllevará, por fin, la vuelta de Inglaterra a casa.