La modernidad a examen

Título: Puesto que todo está en vías de destrucción; Autor: Fabrice Hadjadj; Editorial: Nuevo inicio

José Francisco Serrano Oceja

Título: Puesto que todo está en vías de destrucción
Autor: Fabrice Hadjadj
Editorial: Nuevo inicio

Que nadie se lleve a engaño. Fabrice Hadjadj no se ha vuelto un apocalíptico ni ha entrado en la cofradía de la depresión eclesial que campea por no pocos foros. El título del libro no es del autor –bueno, sí en la medida en que lo ha elegido–. Es, en primera instancia, del autor de la segunda epístola de san Pedro (2 Pe 3, 11-12): «Puesto que todo está en vías de destrucción, mirad qué hombres debéis ser, vosotros que esperáis con tanta impaciencia la venida del día de Dios». ¿Qué es lo que está en destrucción? Reconocido intelectual francés, Fabrice Hadjadj no se ha metido a exégeta, ni mucho menos, sino que ha analizado los referentes de la cultura de la modernidad y de la sociedad producto de esa cultura. Y se ha dado cuenta de que existen dinámicas de exclusión, que son de destrucción. Poder, tecnología, cultura, educación, antropología. Ahí están los círculos hermenéuticos. El subtítulo del libro es elocuente: Reflexiones sobre el fin de la cultura y de la modernidad. Capítulos a modo de ensayo, algunos de ellos conferencias pronunciadas en foros eclesiales.

Pongamos como ejemplo de la originalidad de Fabrice Hadjadj algunas ideas de su reflexión sobre la cultura. Cuando la cultura pierde el sentido de lo religioso se extravía y se convierte en demiurgia o en idolatría. J. Maritain, en su obra Religión y cultura, nos enseñó que la pobreza evangélica, también en lo referido a la cultura, es la mayor riqueza. Pobreza como pureza de anuncio. Propongamos una ley: en las cosas materiales, los medios temporales ricos son superiores a los medios temporales pobres; en lo espiritual, los medios temporales pobres son superiores a los medios temporales ricos, proporción inversa. El término cultura viene del verbo latino colere, que significa cuidar, pero también honrar y habitar. Hölderlin escribió aquello de que «el hombre habita poéticamente». Hannah Arendt sostenía que el verbo colere «remite en principio al comercio del hombre con la naturaleza, en el sentido de cultivo y cuidado de la naturaleza con el fin de llegar a hacerla adecuada a la habitación humana». El ámbito originario de la cultura es la tierra –de ahí la importancia también de la cuestión ecológica, como nos ha hecho entender el Papa Francisco–.

Convendría no olvidar que la idolatría encuentra su primera imagen no en la agricultura, sino en el comercio artesanal. El que fabrica estatuas se corresponde con la figura del que saca dinero de lo divino o pretende negociar con la gracia. Son los fundidores del becerro de oro (Ex) o los orfebres de Éfeso (Hch 19, 23-40). Apliquemos el principio a un caso: frente a la tentación de la dominación técnico comercial del business plan en la universidad, retomemos el sentido de cultivar como acoger un proceso, un dinamismo que nosotros no hemos producido, para llevarlo a una nueva plenitud. El artesano imprime una forma y de la naturalaza reclama materiales. Nuestro materiales son personas. El campesino acompaña el crecimiento de forma natural. Somos artesanos porque antes hemos sido campesinos.

José Francisco Serrano