La mirada que da la vida - Alfa y Omega

La mirada que da la vida

Alfa y Omega

«Dejarse mirar por Él en el momento en el que da la vida por nosotros y nos atrae a sí. Francisco lo experimentó de modo particular en la iglesita de San Damián, rezando delante del crucifijo, que hoy también yo veneraré»: lo dijo el Papa Francisco, en la homilía de la Misa celebrada, el pasado día de la fiesta del santo de Asís, en la plaza central junto a su basílica, que tenía en lo alto una reproducción de este precioso crucifijo, en el que «Jesús no aparece muerto, sino vivo. La sangre desciende de las heridas de las manos, los pies y el costado, pero esa sangre expresa vida. Jesús no tiene los ojos cerrados, sino abiertos, de par en par: una mirada que habla al corazón». ¿Y qué dice a quien se deja mirar por Él? «No nos habla de derrota, de fracaso; paradójicamente nos habla de una muerte que es vida, que genera vida, porque nos habla de amor, porque Él es el Amor de Dios encarnado, y el Amor no muere, más aún, vence el mal y la muerte».

El próximo domingo, en Tarragona, en continuidad con la gran fiesta de la beatificación, en Roma, el 28 de octubre de 2007, de 498 mártires españoles de los años 30 del siglo XX, serán beatificados nuevos mártires de aquellos años aún en mayor número, ¡522! Atraídos por esa mirada del Crucificado, vencedora del mal y de la muerte, alcanzaron la vida, que justamente, como Él, ¡que es la Vida!, se encuentra al entregarla. El Beato Papa Juan Pablo II, en su encíclica del Evangelio de la vida, nos pone también ante esa luminosa mirada. Con la cruz, no con otras cosas, «con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano», y con una potencia, que sólo de Dios puede provenir, iluminó a los mártires, hasta el punto de morir, es decir, de entrar en la vida verdadera, perdonando, como Él en la cruz, a sus propios asesinos. Es «el luminoso testimonio de los mártires de España», en palabras del Papa Benedicto XVI tras aquella beatificación de 2007. Y añadía: «Desde luego, no todos están llamados al martirio cruento. Pero hay un martirio incruento, no menos significativo: el testimonio silencioso y heroico de tantos cristianos que viven el Evangelio sin componendas». ¡Como san Francisco! Y «este martirio de la vida ordinaria –concluyó– es un testimonio muy importante en las sociedades secularizadas de nuestro tiempo». Mundanizadas, diría el Papa Francisco.

«Aquí, en Asís –les decía el Papa Francisco a los jóvenes–, me parece oír la voz de san Francisco, que nos repite: ¡Evangelio, Evangelio!» No hay que oír otra cosa, ni dejarse mirar por otros ojos que no sean los del Crucificado, porque en Él ¡lo tenemos todo!, y sin Él, sin la Luz, todo se pierde, bajo el dominio de las tinieblas del mal y de la muerte, de la mundanidad, como ha repetido, con tenaz insistencia, hablando precisamente a los pobres, y en la Sala de la Expoliación, donde el Poverello se despojó de todo para estar lleno sólo de Cristo: «Un peligro gravísimo –dijo el Papa– amenaza a todos: el peligro de la mundanidad. El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. Todos tenemos que despojarnos de esta mundanidad que es el espíritu contrario de las Bienaventuranzas, el espíritu contrario al espíritu de Jesús. La mundanidad nos hace daño… Recorrer este camino de la mundanidad es una actitud homicida. La mundanidad espiritual mata. ¡Mata el alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!».

Como la niña de la foto que ilustra este comentario, descansemos bajo la mirada de Jesús, que ahí está la luz de la vida, para nosotros y, de nosotros, para el mundo. Es el descanso de la oración: «Mirar el rostro de Dios», decía el Papa en la Plaza de San Pedro durante la pasada Vigilia de Pentecostés, justamente para definir la oración, pero añadiendo enseguida: «Sobre todo, sentirse mirado. El Señor nos mira: nos mira antes». Es el descanso de la oración, que nos lanza a llevar el Evangelio de la vida al mundo entero, a las periferias, en bien significativa expresión del Papa Francisco. Pero este salir a las periferias a llevar el Evangelio sólo brota de la mirada de Jesús. Así lo dijo a la comunidad diocesana de Asís:

«Se puede ir a las periferias sólo si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y se camina con la Iglesia, como san Francisco. De otro modo, nos llevamos a nosotros mismos, no la Palabra de Dios, ¡y esto no es bueno, no sirve a nadie! No somos nosotros los que salvamos el mundo: ¡Es justamente el Señor Quien lo salva!». ¡La mirada del Crucificado que da la vida!