La madre del niño ingresado durante el Jubileo: «Inmóvil y sedado, acercaba a la gente a Dios»
El 2 de agosto Carmen Gloria González Zambrana y su marido recibieron una llamada desde Roma: a su hijo lo habían ingresado durante el Jubileo de los Jóvenes, estaba entubado en la UCI y debían ir urgentemente
«Se temía lo peor», recuerda Carmen González sobre los primeros días de su hijo en el Hospital Bambino Gesù. En plena peregrinación había dado la cara un linfoma linfoblástico con una gran masa en el tórax que presionaba el corazón del muchacho, de 15 años. Casi tres meses después siguen en Roma.
—¿Cómo está Ignacio?
—Tiene días buenos y regulares, según reciba quimioterapia o alguna prueba. Pero está respondiendo y ya sigue el tratamiento de forma ambulatoria.
—Pasó el susto de los primeros días.
—Fue muy duro, a pesar de que los médicos nos dieron la noticia con profesionalidad y humanidad. Estamos muy agradecidos al equipo del Bambino Gesú. Los primeros doce días fueron de vértigo: tenía el corazón agotado y en cualquier momento podía provocarse un paro cardiorrespiratorio. Y a las 24 horas de retirar los soportes se produjeron un boquete en la femoral y un trombo.
—Le queda camino. ¿Cómo lo afronta él?
—El tratamiento dura dos años. Estamos sorprendidos gratamente porque si bien ha tenido días de bajón, en ningún momento ha murmurado contra Dios. Acepta la enfermedad con fe, rezando por el Papa, por quienes rezan por él y por quienes le piden oraciones. Y ha ofrecido todos los efectos secundarios. Muchas veces lo he visto sufrir en silencio.
—Llevan más de dos meses en Roma. No debe de ser fácil como familia.
—Mi marido y yo no nos hemos separado de Ignacio. Yo me quedé ingresada con él. Mi marido nos cuidaba desde fuera, traía lo que necesitábamos. Fue acogido en casa de una hermana del Camino Neocatecumenal, al que pertenecemos. Quedarse le supuso perder el trabajo. Pero tenemos la seguridad de que este es nuestro sitio. Mis otros hijos, de 24 y 17 años, retornaron a España cuando Ignacio salió de la UCI y desde el primer momento fueron arropados por la familia. La separación la llevamos bastante bien. En septiembre nos reunimos un fin de semana, todos lo necesitábamos. Fue una bocanada de amor del bueno. La gente, en Roma y en Cartagena, está pendiente y hemos recibido pequeñas y grandes ayudas. Dios se las devolverá.
—El mismo Papa León XIV los visitó.
—Supuso la confirmación de la presencia de Dios en esto. Y Él transforma la cruz en gloriosa. No es que no sufras; sufres y mucho. La diferencia es que lo vives con paz, con la certeza de que, aunque no lo parezca, si Él lo permite, todo ocurre para bien. Como dice la Escritura, «¿quién nos separará del amor de Dios?».
—¿Cómo afrontaron la incertidumbre de esos primeros días?
—Cuando la vida da un giro de 180 grados, solo te da tiempo a levantar las manos, mirar al cielo y dejar que Dios lleve todo, porque es como si estuvieras en el desierto, sin señales y sin saber por dónde ir. En ese momento, aparece Dios potente y misericordioso. Si soy sincera, al principio no podíamos ni pensar. Fue a partir de la visita del Papa cuando descansamos y vivimos el día a día con una paz indescriptible.
Todo el tiempo hemos estado sostenidos por la oración: la de todo un ejército de jóvenes junto al Papa, de las comunidades neocatecumenales, de conventos, de familiares, de amigos creyentes y no creyentes. No nos hemos sentido solos. Estamos experimentando un tiempo de gracia, palpando día tras día el amor de Dios, que es el autor de esta historia. Nos está concediendo paz en medio del sufrimiento. Esto solo lo puede hacer Él. Vivimos de la providencia, en total precariedad. Pero ha provisto una casa en Roma para nosotros solos y la Fundación Peter Pan nos envía un taxi cada vez que vamos al hospital. La providencia de Dios existe.
—Las palabras del Papa sobre Ignacio en el Jubileo dieron a conocer su historia. ¿Saben si ha ayudado a alguien?
—Nos llegaban noticias de todas partes de gente que se unía a nosotros en la plegaria. Muchos, a partir de la noticia sobre su gravedad, retomaron la oración o empezaron a rezar. Su grupo de jóvenes se centró en la oración. Estaban impactados y vivieron la peregrinación de otra manera. Ignacio, inmóvil y sedado, estaba moviendo el corazón de la gente y acercándola a Dios.
—¿Se han arrepentido de que fuera al Jubileo?
—No. Es más, creemos que Dios lo utilizó. El Bambino Gesú es uno de los mejores hospitales del mundo para este cáncer. Damos gracias a Dios porque lo llevaran allí; literalmente le han salvado la vida.