Tiene 18 años. Estaba lista para embarcar su vida en una aventura con destino Siria y final trágico, al lado de los bárbaros del Estado Islámico. Mientras miles de refugiados arriesgan todo lo que tienen por llegar a Europa, esta joven, casi niña, se disponía a un viaje sin retorno al foco del terror.

Miren esta imagen. Después, recuperen de su memoria –es imposible de olvidar– la del pequeño Aylan, la que sonrojó a una Europa indolente y perezosa. Tras las dos hay un mismo culpable: la violencia. Occidente se debate entre dos tareas, la de encontrar una respuesta al drama humano que toca su puerta, y la de entender y frenar un proceso de radicalización islámica –constante y en aumento, dice Inteligencia– que asola el Viejo Continente. En cumbres antiterroristas dan cuenta del número de occidentales que se han unido al ISIS –4.000, según los datos–, y abordar los porqués es la tarea más dura. Porque parece imposible, impensable, que ciudadanos jóvenes, niños, cambien su vida en Occidente, sea la que sea, por esa otra que propone el EI. Hay frustración entre los jóvenes, dicen los analistas.

El trabajo de las fuerzas de seguridad –esta operación de la Guardia Civil es el ejemplo– es un éxito, pero no será suficiente. No lo será porque en la mente de esta joven, como en la mentes de todos los afiliados del ISIS, hay mucho más que frustración: el inmenso vacío del mal.

Cuando una chica de 18 años decide creer en quienes decapitan, ahogan, queman y violan; cuando, a pesar de ver a niños como Aylan con el cuello cortado, una joven decide unirse a quienes asesinan en nombre de Dios, lo que necesita es salir del vacío. Salir de la oscuridad que, como el velo que tapa su cara, nubla su corazón.

Pensar en Aylán es entonar una oración, pedir perdón por su muerte. Pensar en la joven del velo… es entonar una oración para pedir Luz.

Rosa Cuervas-Mons