«La Iglesia tiene vocación de calle»

«Que duerma bien, con confianza en Dios, y que tenga claro que aquí estoy para servir a los obispos»: es el primer consejo de los que ha recibido en los últimos días que le viene a la cabeza al nuevo Secretario General de la Conferencia Episcopal. El sacerdote y periodista don José María Gil, que será el rostro público del Episcopado español en el próximo quinquenio, tiene muy claro que «la Iglesia debe mostrarse como es» y no necesita recurrir a expertos en marketing. Para ser creíble, la receta es muy simple: santidad

Colaborador
Don José María Gil saluda al Papa, el 16 de marzo, tras el Cónclave en el que fue portavoz para lengua española

«Que duerma bien, con confianza en Dios, y que tenga claro que aquí estoy para servir a los obispos»: es el primer consejo de los que ha recibido en los últimos días que le viene a la cabeza al nuevo Secretario General de la Conferencia Episcopal. El sacerdote y periodista don José María Gil, que será el rostro público del Episcopado español en el próximo quinquenio, tiene muy claro que «la Iglesia debe mostrarse como es» y no necesita recurrir a expertos en marketing. Para ser creíble, la receta es muy simple: santidad

¿Cómo y cuándo supo que sus planes de dedicarse por fin a pastorear una parroquia peligraban?

Cuando supe que había obispos que querían proponerme, pensé: «Como habrá obispos en la terna, no tengo peligro». El peligro lo vi ya muy próximo en la víspera. Me llamó mi arzobispo, don Santiago García Aracil, para contarme que había sido el primer candidato elegido por la Permanente, con bastantes votos. Pensé: «¡Éstos qué poco espíritu corporativo tienen!» Esa noche, estuve inquieto. Le dije a mi compañero, el otro párroco, que yo celebraría la Misa de 9 de la mañana, porque, si me elegían, iba a tener que incorporarme inmediatamente; aquí no hay período de adaptación. De modo que celebré Misa y me fui a casa rápido, con mi madre. La noche anterior, como se había publicado que mi nombre iba en la terna, procuré tener el mando a distancia en mi poder para que ella no viera los telediarios, y, si acaso, al día siguiente, decírselo ya todo de golpe y ponerme a hacer las maletas.

¿Cómo le recibieron los obispos a su llegada a la calle Añastro?

Me saludaron con mucho cariño, sobre todo el cardenal Rouco, a quien yo siempre he sentido, más que como Presidente de la Conferencia Episcopal, como a alguien muy cercano. Dicen que el cardenal Rouco gana mucho en corto. Pues conmigo, siempre ha tenido ese trato en corto, en la cercanía. Viví durante trece años en Madrid, y me he sentido siempre muy acogido en la diócesis. Y don Juan Antonio [Martínez Camino, el anterior Secretario General] también me ha acogido con mucho cariño. Fuimos compañeros en la CEE, como directores de Secretariado, y después lo tuve de jefe. En fin, me he sentido acogido con mucho cariño. El haber estado antes en la casa ha facilitado mucho las cosas.

¿Qué le ha dicho don Antonio Montero?

Me llamó contentísimo. Don Antonio para mí es como mi padre en muchos aspectos. Fue el obispo que me ordenó, el obispo que me mandó a hacer periodismo y es el obispo de quien he aprendido, junto con la Universidad de Navarra, el oficio de periodismo. Y, sobre todo, con él he conocido esa generación del nuevo mester de clerecía de la España de los 50, de los 60, de los 70 y de los 80, en primera línea del periodismo religioso. Estaba feliz, dándome indicaciones, consejos… Con él, he tenido la suerte de aprender de un gran hombre de Iglesia y de un gran hombre de la comunicación.

¿Qué consejos ha recibido estos días?

Que duerma bien, con confianza en Dios, y que tenga claro que aquí estoy para servir a los obispos.

Lo quiera usted o no, le va a tocar ser de algún modo un referente en un momento de transición en la Conferencia Episcopal (con la próxima renovación de la Presidencia y de las Comisiones episcopales), y de cambio generacional en el episcopado español. ¿Cómo lo afronta?

Yo no tengo hoja de ruta; mi hoja de ruta la marcan los obispos. Tengo una doble condición: primero, la de cura, con lo cual tengo la obligación sacramental de colaboración y comunión con el ministerio episcopal; y, en segundo lugar, soy secretario, no soy protagonista de nada. Tengo que ejecutar lo que los obispos me manden, y tengo que facilitar ese buen funcionamiento de la casa para su misión fundamental, que es la de servir a los obispos y a las diócesis. Y esto lo haré por convencimiento.

El Secretario General en su primera aparición pública

Sobre el cambio generacional en el episcopado, yo creo que no hay grandes sorpresas en el discurrir de la Iglesia: hay comunión en lo fundamental, se va de la mano en el servicio a la Iglesia, sobre todo aquellos que ejercen el ministerio apostólico, con afecto colegial y comunión episcopal. Lo que sí habrá en España es una renovación. La vida lo va marcando. Se va a hacer lo que se ha hecho siempre: servir. Y cambiarán formas, porque cada persona tiene su historia, su manera de ser y su sensibilidad, pero no cambiará lo esencial.

A monseñor Martínez Camino le tocó lidiar con leyes y políticas de fuerte carga ideológica. Usted llega en un tiempo más tranquilo, y ha insistido mucho en que «la Iglesia no es un contrincante político». ¿Cómo definiría los tiempos actuales? ¿Qué tipo de presencia pública de la Iglesia considera que es ahora necesaria?

Yo creo que se tiene que ir conquistando en nuestro país el espacio público como espacio social, como espacio de la sociedad civil, no como un monopolio de la representación política, porque esto no refleja la rica variedad de la sociedad. La Iglesia no tiene un papel en el ámbito de la representación política, que es un campo para la libre iniciativa de los laicos, pero sí tiene un papel y, sobre todo, una vocación de calle y de presencia al aire libre, y una obligación de iluminación a sus fieles, que en la gran mayoría son ciudadanos de este país. La Iglesia es un agente de sentido, lo ha sido, lo es y lo continuará siendo. Nadie va a reducir la Iglesia al ámbito de la intimidad de las conciencias o al ámbito reducido de las sacristías o de los templos. La Iglesia estará presente en el espacio público con un respeto exquisito a la pluralidad, pero con no menos legitimidad que el resto de actores.

¿Qué aplicación le ve a la nueva Exhortación apostólica Evangelii gaudium, del Papa para España?

La Exhortación apostólica recoge una serie de ideas madre del Papa, en lo que llevamos de pontificado y en su trayectoria anterior. Lo de hagan lío a los jóvenes argentinos va también dirigido a nosotros. Lo que no podemos es tener un laicado desamortizado. Pastores y fieles han de estar en la vida de la sociedad, en el torrente circulatorio de la sociedad, y ahí está la impronta cristiana y el aporte cultural que hace el cristianismo. Y ahí está la cercanía y la preferencia por los que más sufren.

En la acogida en la prensa a su nombramiento, se puede hablar de un efecto Gil Tamayo…

Sí, y estoy muy agradecido por la acogida. A lo mejor, es por ser de la profesión periodística. Yo no soy un teólogo, como lo es monseñor Martínez Camino; no soy un pastoralista, no soy un canonista… Mi vida y gran parte de mi ministerio sacerdotal se ha desarrollado durante la Transición y la vida democrática, en una región que es pobre, y donde he sido cura de pueblo, en aldeas pequeñas… Esto conforma otra visión de las cosas. Al mismo tiempo, mi trabajo en la Conferencia Episcopal me ha dado la posibilidad de conocer el mundo de la comunicación, el mundo de la presencia de la Iglesia en Iberoamérica, sobre todo en Centroamérica, y me ha dado también la oportunidad de trabajar muy estrechamente con la Santa Sede en momentos especiales, como ha sido el Sínodo de los Obispos, y ver de cerca al Papa en casi todas las sesiones, y conocer a una representación de la Iglesia en todo el mundo… Y me ha dado la oportunidad de haber asistido al momento histórico de la renuncia de Benedicto XVI, de la Sede Vacante y de la elección del Papa Francisco y su comienzo de pontificado… Han sido una serie de circunstancias que han concurrido y que hacen Gil Tamayo. Pero yo fundamentalmente soy un cura al que ahora mandan a servir aquí.

Don José María Gil, en su despacho, junto a las fotografías de sus predecesores

A ocho meses de su elección, se mantiene el entusiasmo que genera el Papa… En ambientes antes muy críticos o alejados, se producen muestras sinceras de afecto, pero también hay alabanzas envenenadas, que son dardos contra los obispos en tal o cual país. ¿Cómo afrontar esta situación con inteligencia?

Hay que aprovecharlo también comunicativamente, pero la Iglesia siempre debe mostrarse como es. La Iglesia no tiene artificiosidad en la comunicación. El Papa no tiene un plan estratégico que le han diseñado unos expertos en marketing de la imagen, ni le han dicho: «Usted tiene que decir estas frases; usted tiene que ponerse en estas posturas; usted tiene que utilizar un coche sencillo; usted no debe vivir en el palacio apostólico… El Papa no obra en claves de marketing político, sino de autenticidad. Y esa autenticidad es de la que todos intentamos aprender, porque él es un referente para todos. Él es consciente de que tiene que mostrar sobriedad, porque cuando hay crisis y la gente lo está pasando mal, no podemos dar una imagen principesca. Y nos pide cercanía, pero no por estrategia, sino por convicción, porque eso es el Evangelio. El Papa Francisco nos muestra la radicalidad del evangelio, pero el evangelio amable, el Evangelio propuesto como bálsamo, el Evangelio que sale al encuentro del hombre… Es casi como el evangelio de San Lucas, dirigido a paganos que quieren conocer el rostro de Cristo. Francisco nos va presentando esos rostros que quieren conocer a Cristo procedentes del mundo de la marginación, de la pobreza, del sufrimiento y del dolor humano, incluso del ámbito de la increencia o la paganía.. Como san Lucas, el Papa también quiere hablar a un mundo descreído, mostrando el argumento de la misericordia de Dios.

¿Cuál es la receta para sacar a la Iglesia de las páginas de Sucesos y llevarla al lugar que le corresponde?

La santidad, porque la santidad nos muestra la autenticidad de la vivencia del Evangelio, lo que el Concilio llamó vivir la plenitud de la caridad. Cuando la Iglesia hace esto, podrá tener menos poder, pero es más explícita, más creíble y llega sobre todo al corazón, porque está siendo un mejor instrumento en las manos de Dios. Cuando la Iglesia, y esto lo ha dicho el Papa Benedicto XVI y lo está recordando el Papa Francisco, se hace autorreferencial, cuando se encierra en sí misma y confía en los instrumentos y en la eficacia humana, sin más, cuando olvida que quien la mueve es el Espíritu Santo, y que ella está para servir, entonces nos volvemos estériles.