La Iglesia en Nigeria cuestiona la idea de un genocidio anticristiano - Alfa y Omega

La Iglesia en Nigeria cuestiona la idea de un genocidio anticristiano

«La violencia es multifacética», asegura el obispo de Sokoto, donde EE. UU. bombardeó a terroristas. El radicalismo islamista del norte se entremezcla con conflictos por la tierra en otras regiones del país

Alfonso Masoliver
Daños causados por el ataque de EE. UU. en Offa.
Daños causados por el ataque de EE. UU. en Offa. Foto: Reuters / Abdullahi Dare Akogun.

La actual situación de los cristianos en Nigeria es confusa para el resto del mundo. La firme postura al respecto de la Administración de Donald Trump, que asegura que se está cometiendo un genocidio contra la población cristiana, aviva las llamas de la discordia y cimenta esa confusión. Máxime tras el bombardeo realizado por Estados Unidos contra posiciones del Estado Islámico en el estado de Sokoto, el 25 de diciembre. Tras esta acción, la primera de este tipo de los estadounidenses en suelo nigeriano, Trump justificó el ataque como una suerte de represalia por el supuesto genocidio. Sin embargo, en Nigeria, la situación no tiene la misma lectura que desde Washington.

Hace aproximadamente 1.000 años, en lo que hoy es ese país no existían el cristianismo o el islam. No sería hasta el siglo XI que hizo su aparición el islam, primero por medio de las rutas comerciales transaharianas que atravesaban el norte; después consolidó su posición de la mano de comunidades expansionistas, como pudieron ser los fulani y los kanuri.

El cristianismo apareció cinco siglos más tarde. Los exploradores portugueses trajeron esta religión, aunque no sería hasta el siglo XIX cuando los pueblos costeros de Nigeria recibieron de la mano de los británicos esa compleja mezcla de violencia colonial y evangelización protestante que la acompañaba. Es por esta razón que el norte de Nigeria tiene una población mayoritariamente musulmana, mientras que el sur del país cuenta con una mayoría cristiana.

Los pastores fulani, musulmanes, de tradición trashumante, adoptaron un estilo de vida pacífico y centrado en la ganadería después de ejercitar un expansionismo violento entre los siglos XVIII y XIX. Y durante los 200 años siguientes pudieron desplazarse por la mitad superior de Nigeria, aunque bajando más al sur en los periodos de sequía.

Hasta la década de 1980. Fue entonces cuando las sequías se multiplicaron, entorpeciendo la regeneración de los pastos necesarios para alimentar a los ganados de los fulani. Ocurrió así un acelerón en el que el número de pastores que descendían al sur del país —zonas habitadas por agricultores de etnias distintas e influidas por la evangelización británica— alcanzó niveles insostenibles para el suelo. Y comenzó un conflicto tan antiguo y violento como el ser humano: la lucha por la tierra.

Matthew Kukah. Obispo de Sokoto
Matthew Kukah durante un acto del Kukah Centre.

«A nivel comunitario, la gente a menudo colabora y se enfrenta a los mismos problemas de privación. Es la manipulación de la identidad religiosa por la élite política lo que ha creado los problemas».

«Cada Estado se enfrenta a violencia de una forma u otra. La diferencia con el nigeriano es que ha perdido la capacidad de restringir al agresor y asegurar justicia para las víctimas».

El obispo de Sokoto, Matthew Hassan Kukah, entrevistado para este artículo, incide en que las luchas entre los cristianos y musulmanes «son el producto de un sistema político tóxico y corrupto que ha sido el destino de los nigerianos. Así que la crisis ha sido sobre quién tiene poder y quién no lo tiene».

Es una guerra por la tierra con capas acumuladas. El propio obispo determina que «la violencia en Nigeria es multifacética», e incide en que «nuestras comunidades han tenido, desde tiempos coloniales, problemas sobre la tierra, la migración, los límites y demás. Creo que la persistencia de la violencia es evidencia de la falta de capacidad del Estado».

Los fulani son musulmanes y ganaderos; los tiv y los berom son cristianos de tradición agrícola. Y el odio acumulado facilita, con el paso de los años, que las diferencias entre ellos, sostenidas por la necesidad de la tierra, sirvan en adelante de excusas para las agresiones de unos y de otros. Aliyu, un pastor fulani del estado de Plateau que participó en un ataque que acabó con la vida de dos profesores de la aldea de Kwi, excusaba el ataque con el móvil en la mano: «Mira lo que hicieron ellos antes. Quieren matarnos a todos. No podemos hacer nada más que defendernos». Y muestra a sus vacas degolladas y la sangre de los animales que se confunde con la niebla de la madrugada. Matan a sus vacas, que equivale a matarle a él; y él mata a los docentes.

En Kwi lloran la muerte de estos dos jóvenes, marido y mujer, que se desposaron pocas semanas antes del desastre. El director del colegio tiembla sin control cuando recita lo sucedido, parece una gota de agua a punto de evaporarse. Y el subdirector jura venganza a quienquiera que le escuche.

Si los fulani asesinaron a más de 100 personas en Yelwata durante un ataque registrado en la noche del 13 de junio de 2025, las milicias berom asesinaron en octubre del mismo año a varios niños y mujeres fulani que pastoreaban inocentemente su ganado. Es una situación dolorosa para todos. Muy delicada. Una lucha por la tierra.

Cristianos de Yelwata (Benue) lloran la masacre del 16 de junio.
Cristianos de Yelwata (Benue) lloran la masacre del 16 de junio. Foto: CNS / Reuters / Marvellous Durowaiye.

En el norte del país, sin embargo, las dinámicas son distintas. En el estado de Borno, por ejemplo, operan desde hace años Boko Haram y el Estado Islámico. Asesinan a todo el que ose contradecir no ya su religión, sino su forma de ver la religión. Cristianos, pero también musulmanes moderados y sufíes. Pero incluso en la zona septentrional existen diferencias, dependiendo de la región. En palabras del obispo, «en el suroeste, donde los musulmanes también están presentes en números significativos, son educados y culturalmente homogéneos; mientras que en el norte, son analfabetos y tratan al cristianismo y a Occidente con profunda sospecha».

La repetida cifra de 7.000 cristianos asesinados en 2025, ofrecida por la ONG Intersociety, se ha demostrado relativa al no existir un censo por religión desde 1962, y tras probar la BBC en un reportaje reciente que basaban su conteo en una mezcolanza de víctimas del bandidaje, de Boko Haram y de conflictos entre pastores y agricultores. Lo demostrable son los casos concretos. Por ejemplo, que 279 niñas cristianas fueron secuestradas por Boko Haram en abril de 2014, igual que 112 niñas musulmanas por una facción de Boko Haram en Dapchi en 2018.

La narrativa que señala a los cristianos como víctimas de los musulmanes omite datos clave: que los musulmanes también son víctimas del radicalismo religioso; que las milicias cristianas también asesinan a civiles fulani; que, en el sur del país, de mayoría cristiana, bandidos y secuestradores cristianos dirigen sus ataques contra cristianos. Lo que omite la narrativa simplificada es que hubo en 2024 en Nigeria 12.162 asesinatos y 7.568 secuestros, según datos contrastados por Nigeria Watch. Y que la situación de seguridad en Nigeria es dramática, a fin de cuentas.

Y falta el último apunte del obispo Matthew: «He señalado el punto de que hay violencia contra los cristianos en algunas partes de Nigeria, mientras que, en otras partes, sus experiencias suelen ser diferentes. Sufren de muchas otras formas».