La gracia de la esperanza es palparla y usarla de trampolín
El Jubileo de 2025 ha girado en torno a una virtud teologal que no va de cruzarse de brazos, sino de todo lo contrario
En este año jubilar a punto de concluir y centrado en la virtud teologal de la esperanza, una tentación que se nos podría colar por las rendijas es la lógica ceniza y descreída del «para qué». Tener esperanza o no, ¿en qué cambia las cosas? ¿Es el consuelo falaz del que lo mira todo de manera miope para interpretarlo a su favor? ¿Cuánto tiene de autoengaño o de cerrazón ante los escenarios que deberían tenernos alerta?
El razonamiento simplón es que la esperanza mantiene errado a quien debería hacer algo por enderezar su rumbo. Pero es justamente al revés. La confianza en que uno no se estrellará contra las rocas es lo que le mueve a, efectivamente, dar el golpe de timón porque está convencido de que saldrá bien y, por tanto, merece ser dado.
¿Acaso no caen bombas? Naturalmente que caen bombas, pero es el empecinamiento esperanzado con y sin obuses lo que ha permitido, por ejemplo, al cardenal Pierbattista Pizzaballa, viajar a Gaza para celebrar allí la Navidad. Es esa misma esperanza la que ha hecho brillar pequeños destellos de paz en Tierra Santa con sus breves alto el fuego. No han sido espejismos, sino la promesa palpable de que después, un poquito más adelante en el río de la historia, hay otra paz aún más duradera.
Y es ese mismo convencimiento el que ha engrasado la maquinaria vaticana para contribuir a la repatriación de niños ucranianos secuestrados por el régimen de Putin. Y es esa misma certeza de que los árboles volverán a brotar en El Bierzo lo que llevó a la Iglesia local a reaccionar a toda prisa durante los incendios del verano y a asegurar a sus vecinos que merece la pena seguir en su tierra.
En este 2025 a punto de concluir, hemos visto cómo gente lejos de la infancia se bautizaba para renacer a una vida nueva como miembro del pueblo de Dios. ¿Por qué lo hicieron? Porque empeñados en dar el callo, sabían que no lograban las cosas por méritos sino por tener oídos para el que sopla.