La fecundidad evangelizadora

Desde el santuario de Aparecida, en Brasil, el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, ha comentado a Javier Alonso Sandoica, en Cope, la realidad de la Semana Misionera previa a la JMJ

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Celebración de la Santa Misa en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, el pasado día 20 de julio

¿Qué nos dice, señor cardenal, antes de comenzar la Misa en Aparecida?

Con los jóvenes peregrinos de Madrid y otros de España, seremos un buen grupo. En Sao Paulo estuvimos un poco dispersos, en distintos grupos, pero ya en Aparecida estamos de nuevo juntos y luego ya iremos a Río de Janeiro. Los organizadores de la JMJ de Río de Janeiro han concebido estos días como la Semana de las diócesis, que decíamos en Madrid, y que se decía también en anteriores ediciones de la JMJ; aquí se dice Semana Misionera. Grupos nuestros de jóvenes, grupos también de jóvenes brasileños han salido a las calles a anunciar el Evangelio; algunos de forma muy patente, muy clara y directa, como los de las Comunidades Neocatecumenales u otros. Han sido días muy provechosos para todos: hemos vivido la acogida de la Iglesia aquí en Brasil, de sus párrocos, de sus parroquias, de sus obispos; en concreto, en Sao Paolo, de su arzobispo, cardenal Scherer, de sus obispos auxiliares; también de comunidades, más concretamente un servidor y los obispos auxiliares de Madrid y algún obispo más que nos acompaña, la de la comunidad de monjes de San Benito que, desde hace más de medio milenio, en el corazón mismo de lo que después será la gran metrópoli de Sao Paulo, han asentado un cenobio, un lugar de oración, de alabanza al Señor en la tradición benedictina, muy cuidada, muy cultivada . Ha sido una semana de mucha actividad apostólica, misionera por un lado; por otro lado, una semana de encuentros eclesiales, de la Iglesia que peregrina en España y de la que peregrina en Sao Paulo; un encuentro muy fraterno y muy evangelizador; y también una semana de oración y de alabanza al Señor que nosotros culminamos con la celebración de la Santa Misa.

En esta Semana Misionera ha recordado que los grandes misioneros del Brasil fueron jesuitas españoles y portugueses santos y mártires.

Los primeros mártires, protomártires dice el señor arzobispo de Sao Paulo, que venían a evangelizar esos espacios inmensos y bellísimos de la América del Sur, y a los pueblos que habitaban esa parte del continente, fueron un jesuita portugués, Ignacio de Acevedo, y 29 compañeros españoles y portugueses, y luego, de una manera muy directa y ya muy intensa, sin pasar por el martirio, el Beato José de Anchieta y otros compañeros jesuitas. No se puede olvidar que, en la segunda mitad del siglo XVI, la Compañía de Jesús era la gran novedad en la vida de la Iglesia de entonces, lo que ahora decimos una nueva realidad eclesial, era la nueva realidad eclesial por excelencia. Portugal y España formaban una unidad política, había una sola monarquía, un solo rey, y la relación Portugal-España, Portugal-Castilla era muy fácil y se dio con mucha viveza dentro de la Compañía de Jesús que inició Ignacio de Loyola y que tuvo como gran figura misionera a Francisco Javier. Son los años de la segunda mitad del siglo XVI, años de una actividad y de una entrega misionera por parte de la Iglesia en España de extraordinaria riqueza. Probablemente, no ha habido hasta este momento en la historia de la misión cristiana, salvo en los primeros siglos del cristianismo, un capítulo parecido de intensidad, de entrega y de fecundidad y de extensión del Evangelio como entonces. Eso también nos ha alentado a nosotros en estos momentos, comenzando por la vieja Europa, en la que nos hemos olvidado tanto de nuestras raíces cristianas y en la que le hemos dado la espalda al Señor, tantas veces, con efectos más que negativos para nuestra juventud. Conviene recordar que de ahí venimos, que eso es lo que hemos llevado y hemos dado; nuestros antepasados, nuestros padres en la fe, lo han dado a la Iglesia y, a través de la Iglesia, al mundo, y creo que la Jornada Mundial de la Juventud situada en América del Sur y en la América de habla portuguesa, Iberoamérica, nos ayuda a volver a alcanzar y a vivir grandes ideales y grandes objetivos de evangelización que darán de nuevo sentido, esperanza y futuro a la vieja Europa y a nuestros jóvenes.

Una pregunta abierta

¿Piensa que esta JMJ va a ayudar a nuestros jóvenes europeos a recuperar su memoria cristiana?

Yo creo que los que participan aquí directamente, los que han participado en la Semana Misionera, los que van a participar en la peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Aparecida, estoy seguro que sí. En qué medida van a saber transmitir después con fuerza y con vitalidad espiritual y vitalidad apostólica lo que han vivido, en orden a la revitalización cristiana en Europa, es una pregunta abierta. Estoy seguro de que podemos contestar que bien. En Madrid, tenemos un segundo año de Misión-Madrid, centrado en el mundo juvenil, de las escuelas, en el mundo de la educación, también en la universidad y también en esa apertura de las parroquias de Madrid y de sus comunidades parroquiales a toda la ciudad, a todas las casas de los hijos e hijas de Madrid. Y espero que esto suponga un nuevo empuje para lo que, Juan Pablo II primero, Benedicto XVI después y el Papa Francisco ahora, quieren llevar adelante como nueva renovada evangelización de Europa y de todos aquellos lugares adonde todavía no ha llegado el Evangelio, en cualquier parte del mundo. Pero nuestra responsabilidad en este momento está centrada en la vieja Europa, en España, Madrid.

En la llegada del Santo Padre Francisco, estará el cardenal arzobispo de Madrid, con esos peregrinos madrileños que están participando en esta JMJ cargada de gracia de Dios.

La Virgen de la Aparecida seguro que nos acompañará en estos días. El Papa ha introducido en la programación habitual de estas últimas jornadas una peregrinación a La Aparecida como un gesto de devoción a la Virgen en un santuario donde él trabajó mucho, en la última reunión del episcopado iberoamericano, como responsable de la ponencia que elaboró el documento que después aprobaron los obispos, presidida, por cierto, esa asamblea por el Papa Benedicto XVI. Seguramente significa para él, no sólo memoria de un acontecimiento que está vivo y que tiene mucha importancia para el presente y el futuro de la Iglesia en Iberoamérica, sino que, sobre todo, le acerca un poco más, de una forma directa, al pueblo y a la Iglesia en Brasil.