La fealdad

Javier Alonso Sandoica

Hay un punto en el último libro de Jacques Philippe, La oración camino de amor (ed. Rialp, colección Patmos), en el que el autor indica que la oración nos hace participar de la creatividad de Dios, «la contemplación alimenta nuestras facultades creativas, en particular en el dominio de la belleza. El arte contemporáneo produce, en ocasiones, obras de una penosa fealdad. Sólo una renovación de fe y oración podrá permitir a los artistas reencontrar las fuentes de la verdadera creatividad para proporcionar al hombre la belleza que tanto necesita».

Hay pocos estudios sobre la fealdad, y es asunto que debería tratarse con rigor. Es verdad que, en el arte de la Edad Media, campeaban las figuras grotescas deformadas, sonrisas bobas, posturas ridículas. Había muchas escenas de dolor y de muerte. Pero el profesor de Estética Pedro Azara dice que la fealdad medieval era intencionada; en cambio, la belleza contemporánea parece que se disfraza de harapos. «¿Por qué el arte contemporáneo -se pregunta- se caracteriza por una ausencia, o por una presencia negativa?»

Yo creo que la memoria devastadora del siglo XX, con sus campos inundados de sangre, las ideologías parcheadas, la razón presuntamente agotada o en callejón sin salida, no facilitaron una contemplación animosa por parte del artista. Las obras mostraron una profunda orfandad. No creo que la fealdad sea el triunfo de lo insalubre o del mal, sino de una contingencia herida, como una mano tendida que necesitara ser recogida.

No creo al pintor Malevich cuando afirma categóricamente que destronar a Dios es destronar la perfección de los objetos. El hombre habla de Dios desde la ruina, desde la imperfección, la aproximación, la fealdad, ya que en todas sus facetas muestra su necesidad más íntima. Si el arte no es deliberadamente cínico, busca siempre significado a este mundo. Dice la escritora Susan Sontag, hablando de la fotografía, que nadie exclama: «¡Qué feo es esto, tengo que fotografiarlo!» Aun si alguien, en efecto, lo dijera, su sentido sería: «Esa cosa fea me parece bella».

El hombre no puede escapar a la belleza, incluso en la presunta fealdad de lo que expone duerme una mirada a lo alto, una expresión de dependencia.

Javier Alonso Sandoica