La fe que mata vampiros

Título: El misterio de Salem’s Lot; Autor: Stephen King; Editorial: Debolsillo

Maica Rivera

Título: El misterio de Salem’s Lot
Autor: Stephen King
Editorial: Debolsillo

Tras consultar con reputados especialistas en el género, corroboramos que El misterio de Salem’s Lot es para muchos no solo la mejor novela de Stephen King, sino incluso la mejor de vampiros de la segunda mitad del siglo XX. En el más oportuno formato de temporada nos llega de nuevo este relato protagonizado por el escritor viudo Ben Mears, quien regresa al pequeño pueblo que es el escenario de sus terrores infantiles para revivirlos, literalmente y a todos los efectos. Desapariciones de niños y muertes inesperadas apuntan a la aterradora casa Marsten de Salem´s Lot, epicentro sobre el que gravitarán una serie de reflexiones profundas y muy interesantes en torno al mal dentro de una estructura concebida para generar lectura adictiva de principio a fin. Podría parecerlo, pero no es en absoluto baladí que, a mitad de la novela, encontremos un pasaje en el que un sacerdote cita, haciendo recuento de los títulos de ficción y folclore de vampiros de una estantería, las Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis. Igualmente es significativo que el propio autor hable de la trilogía de El Señor de los Anillos del autor católico J. R. R. Tolkien en términos de «versión algo menos tenebrosa del Drácula de Bram Stoker». Recordemos también que la obra, al principio Second coming y después Jerusalem’s Lot antes del título definitivo, arranca con un artículo inquietante sobre un pueblo abandonado y un par de fugitivos que sabemos huyendo de él bajo la apariencia de ser padre e hijo; y, a continuación, sobre la marcha, acontece el bautizo del chico en la fe católica y su primera confesión, donde, traumatizado, da cuenta de las cruentas aventuras sufridas al sacerdote de la aldea en la que se refugian, un anciano de cabello blanco y rostro arrugado llamado padre Gracon, que los escucha y les promete «rezar por ellos».

De entre todos los personajes, el más sugerente por la riqueza de sus matices es, sin duda, otro sacerdote, el padre Donald Callahan. A través de su figura vislumbramos el dramático riesgo de perder la fe en el combate del hombre cuerpo a cuerpo con el monstruo, previamente desgastada con los duros dramas mundanos de la sociedad. Su crisis espiritual le condena ante el vampiro sediento de sangre, ya que sostiene ante él la cruz en alto con las manos, pero no con la fe inquebrantable necesaria y, por tanto, se le queda reducida a un simple trozo de yeso. En contrapartida, resulta emocionante, desarrollado a muy buen ritmo, el clímax narrativo en el que el protagonista Ben Mears, al intuir el creciente acecho del mal en las sombras, comienza a salmodiar en voz alta por toda preparación para el brutal enfrentamiento que se le echa encima: «El Señor es mi pastor. Nada me ha de faltar…».

Stephen King, por su parte, deja dicho que su intención fue invertir la «optimista» tesis stokeriana, nunca tuvo duda de que su versión tendría «un conde Drácula completamente triunfante sobre los raquíticos representantes del mundo racional» de nuestro tiempo y conformaría una metáfora de todo lo que andaba mal en la sociedad de la América post-Vietnam, «donde los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres dependían de la beneficencia».

Maica Rivera