«La falta de esperanza mata»

Victoria Isabel Cardiel C.
Isao Kikuchi, arzobispo de Tokio, en Hiroshima, en agosto de 2015. Foto: bpisaosvd.blogspot.com

El Papa llegará a Tokio (Japón) el sábado 23 de noviembre, donde cumplirá su sueño frustrado de ser misionero tras los pasos del padre Pedro Arrupe, superior de la Compañía de Jesús.  Al día siguiente visitará Nagasaki, que, junto a Hiroshima, vivió uno de los episodios más negros de la historia mundial: el las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos en 1945 al finalizar la Segunda Guerra Mundial. De hecho, está previsto que Jorge Mario Bergoglio reafirme su condena al uso y posesión de armas nucleares en el Atomic Bomb Hypocenter Park, el memorial de la zona cero convertido tras las bombas en un infierno infinito con temperaturas que superaron los 4.000 grados. La radiación sigue trayendo muerte y destrucción incluso años después de las explosiones. «Escuchar de boca del Santo Padre ese mensaje de paz y de abolición de las armas nucleares desde las ciudades más heridas por las bombas atómicas tendrá un profundo impacto en el mundo. El Pontífice es una autoridad moral que ayudará al país a recuperar el coraje para abogar sin ambages por la abolición de las armas nucleares ante la comunidad internacional», señala el arzobispo de Tokio, Tarcisius Isao Kikuchi.

Suicidio entre los jóvenes

El archipiélago japonés, formado por 7.000 islas, es un país dinámico que conjuga futurismo con tradición y cuya población –128 millones– triplica a la de España. Solo en el área metropolitana de la capital conviven casi 40 millones de habitantes. Sin embargo, la japonesa es una sociedad donde la soledad mata. La primera causa de muerte entre las mujeres embarazadas o primerizas es el suicidio. Y los suicidios entre los jóvenes de Japón ya han alcanzado este año su nivel más alto en tres décadas.

En Asia, solo Corea del Sur tiene una tasa de suicidios más alta que la de Japón. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), fue de 26,9 muertes por cada 100.000 habitantes en 2017, comparada con las 18,5 muertes en Japón y las 3,2 en Filipinas. Además, se estima que los hikikomori, las personas que se encierran en sus casas evitando todo contacto social, a veces incluso durante décadas superan el millón. «Mucha gente en Japón ha perdido la confianza en el futuro. Se sienten aislados y nadie se preocupa de ellos. La hermosa tradición de la sociedad japonesa de cuidar a los ancianos se ha convertido en cuento del pasado. Además, se busca un mundo perfecto donde se excluye a las personas con discapacidad, como se dedujo de la noticia horrible de un japonés que mató a 19 personas en un centro de personas con discapacidad psíquica y física de la localidad nipona de Sagamihara», explica el prelado japonés.

«En Japón funciona plenamente la globalización de la indiferencia. Los inmigrantes son también repudiados. Muchos son los que piensan que deberían volver a sus casas. La muerte de una persona de Nigeria por inanición ni siquiera llamó la atención de la sociedad. Hay una fuerte tendencia a excluir a los diferentes. La falta de esperanza está matando a gente en Japón. Por eso hoy el Evangelio es muy necesario en la sociedad japonesa. Los japoneses pueden decir que el Santo Padre es un soñador, pero sus palabras de amor y compasión son realmente necesarias», incide Kikuchi.

El llamado cinturón de fuego del Pacífico es una de las zonas más convulsas geológicamente hablando. En 2011, un terremoto de magnitud 9 y el posterior tsunami provocaron que los tres reactores de la planta de Fukushima sufrieran fusiones en sus núcleos. Sus consecuencias fueron equiparables a los espeluznantes efectos que la radioactividad produjo en Chernóbil. El Papa se reunirá con algunos de los supervivientes de esta ciudad donde nada es igual desde entonces.

Con este viaje, del que regresara el próximo martes, el primer Pontífice no europeo desde el siglo VIII demuestra que el gigante asiático no está en los márgenes de la agenda política, cultural, y religiosa de la Iglesia católica.

V. I. C.