«La escuela debe ser misionera»

Toda la Iglesia -también la escuela católica- está llamada a transmitir la fe, dice el cardenal Grocholewski. Ésta es la segunda parte de una entrevista concedida por el Prefecto a este semanario (la primera fue…

Ricardo Benjumea

Toda la Iglesia -también la escuela católica- está llamada a transmitir la fe, dice el cardenal Grocholewski. Ésta es la segunda parte de una entrevista concedida por el Prefecto a este semanario (la primera fue publicada el 24 de abril), tras participar en un acto de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad San Dámaso, de Madrid

Insiste usted a menudo en que la escuela católica debe evangelizar. ¿Qué falla para que muchas veces esto no sea así?

La Iglesia, por su naturaleza, es misionera. Cualquier institución católica debe tener esta dimensión. Ahora bien, en relación a la escuela católica, su carácter misionero lo ejerce a través de la educación. Por eso, si en algunos casos no es así, es decir, si no manifiesta este dinamismo de evangelización, el motivo seguramente es que no existe una clara comprensión de la específica identidad y misión de la escuela católica por parte de sus dirigentes y del personal docente. Es, en fin de cuentas, que hay poca conciencia de qué significa ser católicos. Solamente los católicos auténticos, unidos con Cristo en la oración, están en situación de hacer crecer la Iglesia y de cumplir la obra de la evangelización en cualquier ámbito de su actividad.

El Papa ha subrayado lo que usted dijo afirmando que es compatible una educación para el diálogo intercultural, plenamente respetuosa con el otro, pero decididamente evangelizadora…

En octubre, la Congregación para la Educación Católica publicó el documento Educar en el diálogo intercultural en la escuela católica. Vivir juntos para una civilización del amor, elaborado con la participación de muchos expertos. Se constató que, cuanto más la escuela católica conserve su propia identidad, tanto más podrá contribuir a un auténtico diálogo intercultural. Para poder tener un diálogo fructífero con los otros, se debe ser consciente de la propia fe, de la propia identidad. Presentar con claridad la propia fe y proponerla no significa de ningún modo imponerla. Más bien, para nosotros, anunciar a los otros la Buena Noticia es un acto de amor. Me doy cuenta de que, en un mundo insensible a los valores, dicho anuncio difícilmente encuentra la plena comprensión; sin embargo, con una más profunda reflexión, podemos contrarrestar cualquier tipo de resistencias.

En el discurso a la Plenaria de su Congregación, el Papa Francisco planteó también la conveniencia de que se organicen retiros o Ejercicios para los profesores. ¿Hace falta insistir más en la línea de selección y formación cristiana del profesorado?

Esto es obvio, teniendo presente -repito- que sólo los católicos que viven su propia fe, unidos con Cristo, pueden contribuir a la obra de la evangelización, y, por ende, a la realización de la misión específica de la escuela católica. Esta evangelización se realiza no sólo con las palabras, sino sobre todo con el testimonio de la propia vida.

Se habla mucho de la importancia de coordinar los esfuerzos entre familia, parroquia y escuela. ¿No habría que insistir también en mejorar la coordinación de los obispos con los religiosos, titulares de un amplio porcentaje de las escuelas católicas?

Claro que es necesaria una debida colaboración de los religiosos con el obispo en relación con las escuelas católicas. El Código de Derecho Canónico prescribe que los religiosos, para poder fundar una escuela católica, necesitan del consentimiento del obispo (can. 801). El motivo es muy claro, y lo indica expresamente el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, diciendo que la escuela católica debe actuar en plena sintonía con los pastores, por el hecho de que ella es «depositaria de un mandato de la Jerarquía». La escuela católica, incluyendo aquella dirigida por los religiosos, debe inserirse orgánicamente en la pastoral diocesana general.

La biografía de Benedicto XVI está muy vinculada a la universidad, y el Papa Francisco ha sido profesor en la escuela. Ambos Papas han mostrado gran pasión por la educación y la han considerado una prioridad para la Iglesia. ¿Qué semejanzas y diferencias se ha encontrado usted en las indicaciones, acentos o consejos recibidos de uno y de otro?

También el Papa Francisco ha sido Decano de la Facultad de Teología y Filosofía en San Miguel (Argentina). Igualmente, por muchos años, fue el Gran Canciller de la prestigiosa Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires y Presidente de la Comisión episcopal para esa Universidad. Por eso, sin temor a equivocarme, puedo decir que conoce el ambiente universitario y todos sus desafíos y problemas. Quisiera subrayar dos cosas:

Primera: cada uno de estos grandes Pontífices lleva consigo, además de su propio carácter y sensibilidad, el específico bagaje socio-cultural en el cual ha vivido y obrado, que ciertamente influye en la formación de la personalidad.

Segunda: mientras Benedicto XVI se ha manifestado como un hombre fuertemente apasionado por el estudio, por la investigación, por afrontar en modo estrictamente científico los más difíciles problemas filosóficos y teológicos, enriqueciendo de tal modo el pensamiento cristiano, el Papa Francisco se presenta ante nuestros ojos, sobre todo, dotado de una excepcional pasión y talento pastoral y de una extraordinaria simplicidad en el encuentro. Con esto atrae hacia sí a mucha gente.

Ambos Pontífices han mostrado una gran pasión por la educación, y han coincidido en destacar que la educación es una prioridad absoluta. De hecho, la educación es una tarea esencial en la misión de la Iglesia y también en la perspectiva del bien de la Humanidad.

Ricardo Benjumea