La doctrina sobre la guerra justa en el momento actual - Alfa y Omega

La doctrina sobre la guerra justa en el momento actual

Los últimos Papas han recordado con frecuencia que «el poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema»

Juan Manuel Cabezas Cañavate
Ilustración de recurso sobre la guerra
Ilustración: Freepik.

La Iglesia, como nuestros hermanos mayores, el pueblo de Israel, ha recordado el valor universal del quinto mandamiento de la Ley de Dios, que el Señor reveló a Moisés y que Nuestro Señor Jesucristo avaló y recordó, llevándolo a su perfección en el sermón del monte. Por ello, siempre se ha promovido la paz y se ha buscado con todos los esfuerzos evitar la guerra y todo tipo de atentados contra la vida humana. No hay ninguna otra persona moral ni jurídica que haya luchado como la Iglesia católica en todos los siglos y en todas las latitudes contra la guerra, contra el aborto, contra la eutanasia y contra todas las formas de violar el sagrado derecho a la vida que tienen todos los hombres. Recuerdo ahora cómo el famoso en su momento «rey del aborto», el doctor Bernard Nathanson, judío de raza, aunque no practicante, acabó convirtiéndose al catolicismo ya siendo de edad muy avanzada precisamente porque habiendo cambiado de pensamiento de la cultura de la muerte a ser un gran defensor de la vida humana, él recordaba que la única institución que siempre luchó sin descanso contra el aborto fue la Iglesia católica.

¿Qué tendremos que decir acerca de la guerra? Pues es cierto que, aunque indeseable y no olvidando que se deben hacer todos los esfuerzos posibles por evitarla, puede suceder que no haya más remedio que estar implicado en una guerra. Por ejemplo, cuando uno no ha buscado esa confrontación y se ve atacado por la fuerza, es lógico que pueda defenderse. Y por ello siempre el hombre se ha preguntado en qué circunstancias era lícito recurrir a la misma. 

Los católicos tenemos la gran ventaja de que el catecismo de la Iglesia católica nos ilumina con la doctrina de la Escritura, la tradición y el magisterio de la Iglesia sobre las grandes cuestiones morales. Por ello sabemos que las condiciones que tienen que darse a un mismo tiempo para que la guerra sea justa son las siguientes: que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto; que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces; que se reúnan las condiciones serias de éxito; que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. A esta última condición como han recordado con frecuencia los últimos Sumos Pontífices, se añade la consideración de que «el poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición».

Solo con estas condiciones una guerra se considera justa. Estas condiciones han sido elaboradas por el magisterio de la Iglesia a partir la revelación de Dios y de la profundización en la misma llevada a cabo por el derecho y la teología. Precisamente las consideraciones sobre la guerra justa alcanzan un gran desarrollo gracias a la escuela de Salamanca y en concreto gracias a Francisco de Vitoria, que es el creador del derecho internacional. En este campo ha sido también la Iglesia una gran luz para toda la humanidad.

Pero podemos preguntarnos a quién corresponde hacer un juicio sobre un caso concreto, por ejemplo, en la situación actual de guerra entre Rusia y Ucrania o entre Israel y Estados Unidos contra Irán. El catecismo de la Iglesia católica nos enseña que «la apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común», por ejemplo, al presidente o a la máxima autoridad de una nación.

Ahora bien, el juicio de esta persona puede ser conforme a la razón y a la verdad o no, por lo que también se reconoce a la Iglesia la potestad recibida de Jesucristo de «proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas».

Así, por ejemplo, el Papa Juan Pablo II instó, sin éxito, a evitar la guerra en Irak como presunto modo de luchar contra el terrorismo internacional. En las circunstancias actuales tan complejas y el gran desconocimiento verdadero que se tiene de los sucesos de nuestro mundo —se habla por ejemplo de que al atacar Irán se han violado los principios del orden internacional, pero se calla que consta que el régimen de aquel país ha asesinado a muchos miles de sus compatriotas solo en el último año por las protestas internas— será habitualmente tarea del Sumo Pontífice o de los obispos de las zonas afectadas quienes pueden juzgar con más conocimiento de causa la licitud o no del conflicto en cuestión.