En 1918, Oswald Spengler diagnostica que la cultura occidental asiste a su momento de decadencia al entrar en crisis la creencia en el progreso indefinido que alimentó la modernidad

La decadencia de Occidente, del alemán Oswald Spengler (1880-1936), es una de esas obras que han marcado un antes y un después. La obra, cuya primera edición vio la luz en octubre de 1918, se inserta dentro de otra de sus grandes preocupaciones: el dinamismo de la cultura a través de la historia.

Doctor en Filosofía con una tesis sobre la metafísica de Heráclito, Spengler tuvo también una gran formación científica siendo un buen conocedor del darwinismo. Recibe un gran influjo de Nietzsche. Este, junto con Goethe, son los dos autores a los que Spengler dice deberles casi todo.

Traducida al castellano en 1966 por García Morente, La decadencia de Occidente fue prologada por Ortega y Gasset, quien califica la obra de Spengler como una «filosofía de la historia». Con su estilo didáctico, el filósofo madrileño explica cómo lo importante para una filosofía de la historia no son tanto los hechos, sino la misma realidad histórica de la que los hechos, como la muerte de César, no son sino su superficie. Por eso, frente a la historia de los historiadores, Spengler se plantea la pregunta filosófica: ¿cuál es el sujeto de la historia? Para responder que dicho sujeto, que su substancia, es la cultura, es decir, un modo orgánico de pensar y sentir. Las culturas, nos dice Spengler, son plantas y, como tales, atraviesan tres etapas: juventud, madurez y senectud. En 1918, Spengler consideraba que la cultura occidental estaba asistiendo a su momento de decadencia. De ahí el diagnóstico presentado en el título y considerado por muchos de pesimista.

Lo fuera o no, el diagnóstico de Spengler nace en el contexto de una crisis histórica que coincide con la Gran Guerra de cuatro años de duración concluida el año en el que se publica su obra. Occidente había entrado en crisis, que, tal y como la define Ortega, es la quiebra de un sistema de creencias. ¿Cuál era ese sistema creencial que sustentaba la cultura de Occidente? La creencia en el progreso indefinido que alimentó la modernidad. El enfrentamiento bélico vino a introducir en el espíritu de muchos europeos la desesperanza y el pesimismo. A decir de Laín en su enciclopédica obra La espera y la esperanza, tras 1918 la vida puede ser vista como un canto y un discanto sucesivos de dos melodías complementarias: la esperanza y la desesperanza. Efectivamente, a los felices años 20, en los que parece resurgir la esperanza, le sucede el crack del 29 y, en 1939, la Segunda Guerra Mundial, más sangrienta aún que la primera. Desde aquí podemos comprender las obras literarias y filosóficas que centran su atención sobre el absurdo y la desesperación, los intentos de resignación o la evasión de la realidad. ¿Cómo recuperar una visión esperanzada de la historia universal?

Síntomas de esperanza y decadencia

100 años después, ¿podemos decir que se ha dado un resurgir de la esperanza? Esta tiene dos planos, el terrenal y el trascendente que, no estando desligados, son distintos. Meditando acerca de la esperanza terrena, ¿podemos esperar confiadamente en el hombre y su hacer? Analicemos el proyecto cultural del Occidente del siglo XXI y los valores que lo animan. No hay esperanza sin proyecto, pues la forma humana de la espera es la actividad proyectiva, pero tampoco hay una esperanza a la altura del hombre si ese proyecto no persigue humanizar nuestras acciones y nuestros medios. Como hizo Spengler, precisamos hacer una anamnesis de la situación evaluando los proyectos que animan las políticas sociales, económicas y culturales, así como las creencias que los mueven. Solo después veremos si nuestro diagnóstico es pesimista, como muchos calificaron el de Spengler, o si gozamos de una salud buena o mejorable.

A primera vista percibimos signos de vigor como también de vulnerabilidad. Entre los primeros una conciencia, cada vez más planetaria, en torno a la necesidad de atajar problemas comunes en el plano de lo ecológico, de los conflictos humanitarios, etc. Entre los segundos, la ausencia de una mentalidad que configure una política más centrada en las personas frente a otros intereses individuales y corporativos.

De los valores que queramos hacer valer en el Occidente del siglo XXI dependerá el mundo que tengamos mañana. ¿Estamos a tiempo de construir una esperanza colectiva? Ortega definía la nación como un sugestivo proyecto de vida en común. También el proyecto cultural debe ser sugestivo para congregar voluntades en torno a un mismo fin. Tenemos medios, sobre todo tecnológicos, solo falta tener claros los fines para que no suceda, como decía Einstein, que dominando tanto los medios, desconozcamos los fines. Este podría ser uno de los síntomas de decadencia, de ayer y de hoy, sobre el que se ha de trabajar ágilmente.

Antonio Piñas Mesa
Vniversitas Senioribvs CEU