La China posible
Yu Jie es uno de los ensayistas más importantes de China, pero es un tipo al que poner el láser de la mirilla en el cogote; es peligroso que ande suelto. Se convirtió recientemente al cristianismo y, a juicio del Partido Comunista, eso está muy feo. Lleva en su haber más de treinta libros, y el último es una biografía de su amigo Liu Xiaobo, el Premio Nobel de la Paz, que se encuentra cumpliendo condena de once años en prisión por delitos irrisorios. A Jie le gusta enredar; en 1998, escribió una obra titulada Fuego y hielo, una serie de ensayos satíricos sobre la sociedad china de su tiempo. La conversión a la fe cristiana se produjo en 2003, y desde entonces quiso sumarse al compromiso político de los disidentes que encuentran en las directrices del Partido un atentado contra todas las fibras de lo humano. En 2010, le amenazaron con callarle la boca, y tuvo que escaparse con su mujer a los Estados Unidos.
Cuando le preguntan a Yu Jie sobre su biografiado, dice que su papel es similar al del disidente Andrei Sajarov, porque no sólo es un referente social que critica el comunismo, sino que promueve una «reforma integral de las virtudes y los valores en China». En este punto, ambos se distancian de otro disidente muy conocido, Ai Weiwei, un artista conceptual muy crítico con el comunismo, que nos resulta muy familiar en Occidente porque se presta siempre a hacer declaraciones. Lo malo de Weiwei (consideración aparte sus performances teatrales) es que llega a justificar el asesinato, con tal de «quitarse de encima a los malditos comunistas». Es un tipo al que hacer las cosas por las malas no le supone ni una leve incomodidad de conciencia.
Recientemente, apareció una entrevista a Yu Jie, en el suplemento cultural de The New York Times. A la pregunta sobre por qué el cristianismo es crucial en su conciencia política, responde: «En China conocemos mucho de Occidente, pero no hemos estudiado la conexión que existe entre la fe y la libertad. De Francia hemos aprendido su Revolución; de Rusia, el leninismo; y de Alemania, a Marx y al nacionalismo. Pero nunca nos hablaron de la separación de poderes y de la libertad religiosa. Pienso que es nuestra generación la primera que empieza a considerar estos temas. Uno de los puntos básicos es que la libertad religiosa es un don de Dios, no un don del Estado, lo que significa su superioridad sobre el mismo Estado». Habrá que seguir la labor de este disidente, que ahora se encuentra trabajando en una serie de libros sobre líderes cristianos chinos.