La amistad y la muerte

Título: Los amigos; Autor: Kazumi Yamoto; Editorial: Nocturna Ediciones

Jaime Noguera Tejedor

Título: Los amigos
Autor: Kazumi Yamoto
Editorial: Nocturna Ediciones

Me gusta el asíndeton. Me gustan las comas, yuxtaponer ideas. Sumar escenas y situaciones: un álbum de fotos con palabras que tú puedes convertir en película según las vas narrando a tu ritmo, a tu antojo, a tu emoción. «Si de verdad quieres conocer la verdad de las cosas, tienes que arriesgarte, da igual que tengas miedo». Los amigos, de Kazumi Yamoto, es un ejemplo de asíndeton y de riesgo emocional. Un latigazo y un gozo para el que sabe disfrutar leyendo.

La amistad habita en la desconexión de lo que no funciona. No es transaccional: es porque sí. Como la muerte: no se anuncia, acude a recogernos cuando ella quiere. No depende de lo que hagas. Es la misericordia de la vida. ¿La amistad o la muerte?

Vivimos en una sociedad de amigos de mentira en las redes sociales. Amigos bit: sin vida, sin muerte, sin riesgo. Amigos que conectan con un like y desconectan con el abandono barato de un off. Hace falta valor para aceptar la muerte; igual que para aceptar la amistad. Ocurre que la amistad en ocasiones es una dura prueba: los amigos fallan y hay que seguir queriéndolos. La muerte también es una prueba, aunque confiada. La amistad es ese amor que va más allá de la muerte: lo dice el Quevedo del polvo enamorado, ¡menudo sonetazo! Lo demostró Jesucristo, quien, por medio de su muerte derrotó a la muerte. Es de fe, no un acertijo. Es verdad: como la amistad.

Hay tres palabras que la actualidad acepta mal: pecado, sufrimiento y muerte. Y una palabra que totemiza en falso: amistad. A causa del pecado, el sufrimiento y la muerte, la vida en la tierra no es perfecta. Aun así, podemos llenar de sentido la vida terrena viviendo responsablemente y ocupándonos de los demás: haciendo amigos. Vuelvo al libro de Yamoto: una japonesa no cristiana eleva la dignidad de las relaciones humanas en la primera adolescencia de tres chavales. Interpretan su amistad a través de la muerte de un tercero.

La muerte no es algo de lo que nos guste hablar. Solemos experimentar la muerte como un sufrimiento, una gran pérdida. Al mismo tiempo, la muerte nos fascina. Pensemos, por ejemplo, en el éxito que tienen las películas de asesinatos o las de miedo.

Y es que la muerte, la verdad, es un gran momento. Zorrilla hace decir a don Juan Tenorio: «Llamé al cielo y no me oyó, y pues sus puertas me cierra, de mis pasos en la tierra responda el cielo, no yo». Más: «¿Conque hay otra vida más y otro mundo que el de aquí? ¿Conque es verdad, ¡ay de mí!, lo que no creí jamás?».

Todos tenemos que morir, pero no sabemos mucho acerca de la muerte. Sabemos que no queremos morir solos. Intentamos vivir con la mayor claridad posible el momento de la muerte.

Por eso pedimos a un sacerdote que rece y nos administre los sacramentos. Es una decisión definitiva. Como la amistad, que vive en las promesas y en el agradecimiento, que se desarrolla en el amor y se revela en la donación.

La amistad y la muerte tienen en común que no tienen explicación, que son difíciles de definir, pero recogen la verdad del hombre en el hombre mismo, porque se anuncian en la vida y se manifiestan tremendas en el después. Las explicaciones ayudan a superar los miedos: los amigos a vivirlos y la muerte a abandonarlos en el regazo de la verdad. «Que aún queda el último grano en el reloj de la vida».

Jaime Noguera