En la «oración ante el Cristo de San Damián», Francisco de Asís pedía con entregada fe que fueran iluminadas «las tinieblas» de su corazón para poder practicar la «caridad perfecta». Por su parte, en uno de los documentos más emocionantes del cristianismo medieval, santa Clara solicitaba en carta a Ermentrudis de Brujas que levantara «los ojos al cielo»: «Ora y vela siempre» y, sobre todo, «no tengas miedo, hija».
Este amor que trasciende toda ira y todo temor hacia «el fango del mundo», en metáfora de santa Clara —que retomaría la literatura del Siglo de Oro—, permite ver al otro como un hermano, como un-igual-en-el-sufrimiento, y poner sobre la mesa un elemento que, a juicio de André Vauchez en su magnífica biografía, ha sido en demasiadas ocasiones despreciado en el acercamiento a san Francisco de Asís: el cuerpo. Asegura Vauchez que, en Francisco, «lo que llamamos sentimiento religioso pertenece al ámbito de la emoción y se traduce exteriormente», de tal forma que se produce un «acercamiento tan carnal a lo divino» que, a diferencia de Pascal o de los místicos del siglo XVII, permite conmoverse no solo espiritualmente, sino también y sobre todo en y desde el cuerpo. El otro es un semejante, además, porque puedo verlo, porque es cuerpo, como yo.
Si bien es cierto que, como san Francisco escribió, «el Padre habita en una luz inaccesible», también lo es que se siente una alegría desbordante al entrar en contacto con las huellas de la divinidad: «Para el Pobre de Asís —explica Vauchez— la relación entre Dios y el hombre no concernía únicamente al alma, sino al conjunto de las fuerzas vitales».
Algo que Freud supo reconocer en il Poverello, cuando se refirió a él en El malestar en la cultura como alguien atravesado por un amor en el que ya no se ama un objeto singular: «San Francisco realiza sobre todos los objetos la operación que los amantes realizan sobre el objeto escogido». Esta superación de toda diferencia entre los seres, asegura Freud, desemboca en un «gran alivio»; en el «nacimiento de un mundo fraternal», apunta Vauchez.
Francisco no alentó una retirada del mundo. Al igual que las beguinas, que hicieron pie en el legado franciscano (qué placer intelectual y espiritual supone la lectura, por ejemplo, de la franciscana Ángela de Foligno), el santo de Asís reconoció la presencia divina en todo cuanto existe; eso significa ver a Dios en medio del desastre, en medio de la decrepitud, también en medio del gozo, pero verlo, en definitiva, en el mundo, no tras él o a expensas de él. Vauchez devuelve a Francisco esta dimensión concreta y radicalmente evangélica. Lo divino puede reconocerse en la materia misma del mundo.
André Vauchez
Trotta
2026
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