Kazajistán: un nuevo episodio - Alfa y Omega

Kazajistán: un nuevo episodio

La mayoría de analistas coinciden en que las protestas esconden el hartazgo de una sociedad contra su élite gubernamental, dependiente del sueño de Putin de reconstruir una Rusia extendida. Pero, ¿qué sueño es ese? El de quien ve mapas y no personas

Guillermo Vila Ribera
Foto: Reuters / Mariya Gordeyeva.

El titular de un periódico: «El presidente de Kazajistán ordena “disparar sin previo aviso” contra los manifestantes». Enero de 2022. A veces la actualidad se disfraza de libro de Historia y nos devuelve al hoy prácticas que parecían olvidadas en las primeras páginas de las enciclopedias. Lo de Kazajistán es, en realidad, el nuevo episodio de la larga serie que protagonizan Rusia y China, con la Unión Europea de antagonista oficial y Estados Unidos como artista invitado. La secuencia es relativamente parecida a otras que hemos visto, por ejemplo, en Bielorrusia: tras un detonante particular –en este caso, el aumento de los precios del gas licuado–, estallan revueltas populares que, tras ser brutalmente respondidas por las Fuerzas de Seguridad, provocan nuevas movilizaciones que extrapolan sus denuncias a la falta de libertades. La presencia del Ejército ruso en las calles de Almaty, capital económica del país, y de otras ciudades, ha ayudado a calmar la situación, pero el precio ha sido demasiado alto. Se calcula que 164 personas han muerto durante las protestas. Hay, además, cerca de 8.000 detenidos. 

Las escenas vividas desde el estallido de las revueltas, el pasado 2 de enero, son propias del más realista de los videojuegos. Y quizá sea esta imagen una buena excusa para recordarle a nuestro mundo online el peso de la realidad: de este mundo donde los militares llevan armas con balas de verdad, en el que no hay una vida extra ni una pantalla oculta, en el que los coches calcinados no se regeneran y en el que el miedo no desaparece al pulsar un botón. El gris de la foto que puede ser niebla, o el humo tras los disparos, o los restos del vehículo abrasado, diluye la perspectiva y la profundidad y nos obliga a mirar a los ojos pequeños de esos hombres armados, hijos de alguien y hermanos, puede que verdugos de otros hijos y hermanos, víctimas todos de esta lógica perversa que consiste en aceptar que una bala puede conseguir algo más que dolor. Kazajistán –miren un mapa– tiene a Rusia en la cabeza, a China en el trasero, literalmente, y a Europa delante. Todos esos actores ejercen una tensión que ha terminado por dinamitar las calles. La crecida del precio del gas licuado ha sido la mecha que ha encendido un malestar social que llevaba largo tiempo gestándose: el actual presidente no ha sido capaz de desligarse del anterior, Nursultan Nazarbayev, que dirigió el país 30 años, desde su independencia de la Unión Soviética. La mayoría de los analistas coinciden en que las protestas de estos días esconden el hartazgo de una sociedad contra su élite gubernamental, incapaz de asentar una democracia desarrollada y altamente dependiente del sueño de Putin de reconstruir una Rusia extendida. Pero, ¿qué sueño es ese? Permítanme una posible respuesta: el de quien ve mapas y no personas, el de quien analiza cifras y no vidas, el de quien piensa más en su posteridad que en el presente de aquellos a los que pretende dignificar.