José Luis Pinilla: «He llorado mucho. La situación de tantos migrantes me ha roto el alma»

La labor de la Iglesia en el ámbito de las migraciones tiene muchos nombres propios en nuestro país. Uno de ellos es, sin duda, el del jesuita José Luis Pinilla, que trabajado, durante 12 años y sin descanso desde la Conferencia Episcopal, por la hospitalidad y la integración. Hablamos con él ahora que pasa el relevo a María Francisca Sánchez en el Secretariado de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana

Fran Otero
Foto: María Pazos Carretero

La labor de la Iglesia en el ámbito de las migraciones tiene muchos nombres propios en nuestro país. Uno de ellos es, sin duda, el del jesuita José Luis Pinilla, que ha trabajado, durante 12 años y sin descanso desde la Conferencia Episcopal, por la hospitalidad y la integración. Hablamos con él ahora que pasa el relevo a María Francisca Sánchez en el Secretariado de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana

La primera pregunta es obligada. ¿Qué balance hace de estos años en la Conferencia Episcopal?

He sido muy feliz. Por varias razones. En primer lugar, porque me envió la Compañía de Jesús a un servicio a la Iglesia y a estos colectivos empobrecidos. Y también porque he podido vivir cómo la Iglesia ha pasado de la acogida a la integración y, en los últimos años, ha vuelto a la primera. Me explico. Cuando empezaron a llegar los migrantes a nuestro país, la Iglesia se volcó como nadie en atender a los que llegaban en parroquias, asociaciones… Luego, cuando la situación se estabilizó, intentamos trabajar en el campo de la cohesión con la sociedad. Y, ahora, hemos vuelto a la acogida por conflictos como la guerra de Siria o la crisis económica y, por eso, hemos tenido que vehicular de nuevo mesas de hospitalidad. Algo muy importante de estos años ha sido, además, el trabajo en red y ver cómo grandes instituciones como CONFER, Justicia y Paz, Caritas y la CEE unían esfuerzos.

Pero habrá vivido muchos momentos duros, sobre todo al conocer la realidad de los migrantes, ¿no?

He vivido situaciones muy dolientes: los CIE, las fronteras, los menores migrantes…He llorado mucho y vivido situaciones que me han roto el alma. Pero he sido feliz. En Nador tuve una experiencia muy impactante acompañando a monseñor Agrelo y al delegado de Migraciones de Cádiz, Gabriel Delgado. Lo que era una reunión de coordinación se convirtió en una acción de acogida tras un intento de salto de la valla. Estuvimos recogiendo a los heridos y yo me quedé solo con uno de ellos. Recuerdo su rostro, sus piernas ensangrentadas, su sufrimiento…

¿Cuándo comenzó su preocupación por las migraciones?

Comenzó en Salamanca, donde fui párroco y director de un colegio, pero se hizo más evidente de La Rioja, donde fui delegado de Movilidad Humana de la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño cuando Juan José Omella [hoy presidente de la CEE y cardenal de Barcelona] era obispo allí. Creamos un proyecto de acogida en pisos para los migrantes que estaban llegando. Me dolía verlos al lado del puente o en los pisos patera. A través de la parroquia de los jesuitas, alquilábamos pisos y con el consentimiento de los propietarios alojábamos a los migrantes que, fundamentalmente, venían a trabajar en el campo. Allí estuve desde 1998 hasta 2008.

Y en 2008 es cuando le reclaman para la Conferencia Episcopal…

Llegué a la Conferencia Episcopal porque se lo pidieron a mi provincial, no porque yo lo pidiese. Me envía la Compañía de Jesús. Un envío que se ha ido renovando con cada nuevo presidente de la comisión. Han sido 12 años de trabajo a tiempo completo.

¿Ya tenía esta sensibilidad hacia las migraciones cuando entró en la Compañía de Jesús?

Entonces no existía la realidad actual. Entré en 1969 y lo que se trabajaba entonces era el tema de la emigración española. Por otra parte, yo estaba en Madrid estudiando Derecho en la Universidad Complutense y entré en contacto con los jesuitas que trabajaban en El Pozo y, en ese contexto, con la vinculación entre fe y justicia muy marcada, encontré la vocación. Eran los años de aplicación del Concilio, del padre Arrupe, del mayo francés. Ahí descubrí mi vocación uniendo fe y justicia desde la clave ignaciana.

El Papa ha sido un gran referente en esta materia. ¿Cómo ha marcado el trabajo de la Iglesia?

La Iglesia ha intentado seguir la estela del Papa Francisco y ha levantado la voz en temas puntuales en las distintas jornadas mundiales. Aquí, en España, los obispos han incidido mucho en la necesidad de salvaguardar la dignidad y el respeto a los derechos humanos, algo que hay que aplicar en las situaciones concretas. Por eso, me congratulo de las últimas peticiones: que se cierren los CIE y que no se produzcan las devoluciones en caliente. El Papa Francisco y las organizaciones que trabajan con migrantes están visibilizando la voz de la Iglesia en este campo. Por otra parte, no hay que olvidar otra tarea muy importante, como es la pastoral, con el trabajo por la integración en las parroquias, la visibilización de celebraciones propias, las capellanías de migrantes de distintos lugares…

Las organizaciones de Iglesia han trabajado en red entre sí, pero también con personas y entidades ajenas a ella, para las que esta presencia eclesial ha sido un verdadero testimonio.

El anuncio del Evangelio en algunos ambientes se hace a través de las obras. Ahí nos entendemos todos, creyentes y no creyentes.

Dejas la CEE. ¿Y ahora qué?

Seguiré trabajando en el ámbito de los migrantes a través de los centros de la Fundación San Juan del Castillo en Madrid y estaré vinculado también a los Grupos Loyola, que son grupos específicos, sobre todo de profesionales, que se quieren formar en la línea de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

Se queda María Francisca Sánchez como directora del Secretariado de la nueva Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana.

Los obispos tienen buen ojo. Ha trabajado conmigo durante los últimos años, ha puesto en marcha el departamento de Trata, que ha estructurado y dirigido… Está muy capacitada y lo va a hacer muy bien.

Fran Otero