José Antonio Álvarez «tenía la lámpara encendida» - Alfa y Omega

José Antonio Álvarez «tenía la lámpara encendida»

Rodrigo Moreno Quicios
José Antonio Álvarez (derecha) el día de su ordenación episcopal.
José Antonio Álvarez (derecha) el día de su ordenación episcopal. Foto: Archimadrid / Ignacio Arregui.

El fallecimiento en la madrugada del 1 de octubre de José Antonio Álvarez «fue un golpe durísimo». Lo cuenta Vicente Martín, ordenado obispo auxiliar junto a él y quien vivió el incidente de primera mano. Emocionado, nos confía que «siento que he perdido a un hermano». Después de un año y medio «muy intenso» recorriendo juntos la diócesis, Vicente Martín describe que «su vida ha sido un seguir a Jesús». No en vano, Sígueme era su lema episcopal. «Y ese “sígueme” se había convertido en sembrarse como el grano de trigo que necesita morir para dar fruto».

En cuanto a las lecciones que recibió de este «hermano», Vicente Martín destaca el «crear fraternidad sacerdotal», es decir, regar las vocaciones de los presbíteros, algo que ya comenzó a hacer durante su etapa como rector del Seminario Conciliar de Madrid. La segunda, «el sentir con Dios y la Iglesia». «Era su criterio de discernimiento: si algo iba en la línea de la comunión eclesial, adelante», resume. Y la tercera, «la sonrisa natural que le salía». «Yo no sé si antes sonreía tanto», confiesa el extremeño, «pero desde que nos cruzamos, esa sonrisa siempre estuvo presente».

Pedro Ignacio Pérez, quien se convirtió en íntimo de José Antonio Álvarez cuando coincidieron en el seminario, se reivindica como «absolutamente culpable» de que realizara entonces una primera experiencia de Cursillos de Cristiandad. «Ese pecado sí me lo puedes apuntar», bromea. Quien fue consiliario en Madrid del movimiento durante muchos años describe a Pepe —todos le llaman así— como «un hombre con la lámpara encendida». Como guía espiritual de los cursillistas, «hizo mucho bien acompañando matrimonios y a través del sacramento de la reconciliación».

También destaca de Álvarez su «pasión por el sacerdocio» y la paternidad espiritual que todos reconocían en él. Cuando falleció, el primer pensamiento de Pérez fue para su madre anciana y su hermana. Y el siguiente, debido a que «era el obispo más joven de España» y, de algún modo, tenía cierta suerte de «carrera prometedora», fue que «aquí lo único importante es que, cuando el Señor llame a la puerta, le abramos rápidamente».