Javier Aranguren, filósofo: «El efecto de los eslóganes baratos ha sido breve» - Alfa y Omega

Javier Aranguren, filósofo: «El efecto de los eslóganes baratos ha sido breve»

Total plenitud. Un túnel de vegetación y, al final, un pueblo alpino nevado en el que no hacía frío y se oía cantar a niños. Allí se encontró el filósofo Javier Aranguren (Madrid, 1969) cuando estaba en coma por la COVID-19 y los médicos se planteaban pasarle a cuidados paliativos. Lo ha narrado en el opúsculo Minadir. Este concepto astronómico (el punto más bajo del recorrido de un planeta, opuesto al cénit) se utiliza en oncología para referirse al momento de menos defensas durante la quimioterapia. Aranguren contrajo el coronavirus después de su última sesión de tratamiento contra el cáncer de colon. Hace pocos días, por fin, ha podido someterse a una operación que estaba programada para el 25 de marzo, cuando ya estaba en coma. Su mirada sobre la crisis actual combina la experiencia directa y el tamiz de la razón. Un punto de partida inmejorable para comenzar esta serie sobre las lecciones de la pandemia

María Martínez López
Aranguren se niega a borrar las fotos del hospital: «Describen un momento de aprendizaje muy intenso». Foto cedida por Javier Aranguren

Si como decía Sócrates (usted lo ha citado en los últimos tiempos) la filosofía es una reflexión sobre la muerte, ¿se podría decir que ya tiene el doctorado?
–[Ríe]. Algo así. Creo que el ser filósofo me ha ayudado a mirar lo que me estaba pasando con curiosidad y a racionalizarlo. Cuando fui despertando no tenía ni idea de dónde estaba ni de qué hacía ahí, pasé varios días como en duermevela. Miraba mi situación con asombro. La filosofía nace de ahí.

¿Cómo ve ahora esa experiencia tan intensa, después de haber podido reposarla durante unos meses?
–Cuando me dieron el alta el 24 de abril dediqué los días siguientes a escribir Mi nadir. Precisamente quise escribirlo muy rápido para no perder cercanía ni inventarme nada. Con el tiempo tendemos a edulcorar las cosas. Un amigo me ha recomendado borrar todas las fotos en las que estaba en cama. Pero pienso que describen muy bien un momento de aprendizaje muy intenso.

Después, este verano, me he dado cuenta de que estaba más cansado física y psíquicamente de lo que creía. Pero la verdad es que no solo no he perdido la paz y la alegría, sino que es un revulsivo para disfrutar más de todo y descubrir que hay muchísimas cosas que agradecer.

Durante esa experiencia de plenitud, una voz le preguntó si quería volver. Respondió que sí para arreglar asuntos pendientes. ¿Ha podido hacerlo ya?
–Algunas sí. A veces no es más que una llamada. Y ha sido sencillo, bonito y divertido. Lo que pasa es que luego en la vida ordinaria sigues teniendo cosas en las que mejorar. Llegas a casa después de 45 días ingresado y una experiencia límite, y al segundo día discutes porque la cena no está caliente; o sigues enfadándote por un atasco. En los cuentos, seguro que al día siguiente del «y comieron perdices» la princesa se encuentra los calcetines del príncipe tirados [bromea]. Es la condición humana, la vida que tenemos. Y es fantástico: el misterio de que sea grande lo repetitivo o lo cutre. Me parece muy bonita la mentalidad deportiva: estar siempre recomenzando. Se trata de no adquirir una experiencia como una cicatriz que te afea, sino como ocasión de recomenzar. Vivimos en el tiempo, nada de lo que hacemos está totalmente cerrado. Eso es lo que nos da la oportunidad de pedir perdón.

¿Ha vivido de forma diferente su cáncer, una enfermedad grave pero ordinaria, y la COVID-19, que tiene algo de experiencia colectiva?
–Cuando me diagnosticaron el cáncer, con 50 años y estando como una rosa, ya me di cuenta de que mi vida no estaba en mis propias manos. Pasas a ser paciente, pasivo. Con esta segunda enfermedad, eso se subrayó muchísimo. También me impactó al despertar el estar solo con un televisor que hablaba continuamente de los muertos (llevábamos 15.000). Tuve la sensación de que si moría pasaría a convertirme en una estadística; que luego, además, resultó manipulada o falsa.

Pero lo que más me ha llamado la atención es vivir esto desde el punto de vista del enfermo. Ha sido una experiencia de grandísima serenidad, como no había tenido en mi vida. Y creo que eso puede ser muy consolador para mucha gente que no ha podido estar con sus familiares cuando han muerto.

Es filósofo y docente. ¿Hemos aprendido algo de la pandemia o en los lemas tan célebres de estos meses solo proyectamos lo que nos gusta pensar de nosotros mismos?
–Cuando me desperté a mitad del confinamiento, una de las primeras impresiones fue de un excesivo emotivismo. Se han planteado las cosas de un modo más sentimental que racional, con eslóganes baratos. Parece que lo que te va a definir es una circunstancia, cuando en realidad es cómo actúas tú ante ella, tu acción libre de cómo quieres ser y asumirla. Por eso algunos entrábamos en Urgencias medio bromeando y otros llorando. Con una generalización tan abstracta (y tan poco considerada con las víctimas y sus familias) como «salimos más fuertes», me da la sensación de que se está vendiendo CocaCola y poco más. Y se ve en cómo el efecto de esas cosas ha sido tan breve.

¿En qué sentido?
–Este verano no ha habido conciencia ante la pandemia. Había multitudes de personas más enfadadas por algunas limitaciones que pensando en los demás o en el medio plazo. Aunque tampoco el contexto de los dirigentes ha sido demasiado brillante. A punto de ser dado de alta, pensaba en el 8-M y en que mis gobernantes me habían fallado. Yo me debí de contagiar en torno al día 5 de marzo, y entonces ya eran plenamente conscientes de lo que había, pero no querían actuar porque no convenía. Esa semana, miles de personas nos contagiamos, y de estos, cientos murieron. El inicio traumático de esta pandemia no fue por los ciudadanos sino por la falta de coraje de los gobernantes y de la oposición. No había el ambiente de previsión necesario. Luego está su inacción y desaparición durante todo agosto, sus constantes mentiras y su mala gestión.

De hecho, se planteó exigir responsabilidades.
–Intenté unirme a una denuncia por los fallecimientos, pero no encajaba allí. Luego he pensado que debe de ser muy difícil determinar en un juicio quién ha sido el responsable. Eso sí, tampoco me gustaría estar en la situación de quienes han tenido esta dejadez. No sé si su conciencia se lo planteará, pero la cuestión está ahí.

Entonces, ¿no hemos aprendido nada?
–Esto nos ha recordado nuestra fragilidad, y entonces nos damos cuenta de la condición de regalo de casi todo: la familia, los amigos, el trabajo, la creación… Si estamos convencidos de que todo lo hacemos nosotros, el agradecimiento desaparece. También hemos recuperado la importancia de las personas mayores. Cuando empezó la pandemia se estaba debatiendo alegremente en el Congreso sobre la eutanasia, como si no valiera la pena custodiar a los mayores ni entender lo que es el sufrimiento o la vejez, sino solo eliminarlos. El proyecto de ley no se ha dejado de tramitar, pero sí se ha dejado de hablar de ello.

Y aunque el descubrimiento de la solidaridad ha sido quizá demasiado sentimental, es verdad que ha habido algo más que buen rollito: el servicio a los vecinos, el agradecimiento a los sanitarios, el sentimiento de ciudadanía.

¿Qué papel ha jugado la trascendencia?
–Creo que a pesar de la presencia de la muerte, la dimensión religiosa y espiritual ha estado demasiado oculta. Desde los homenajes neutrales (el mero recuerdo es un flaco favor a los fallecidos) hasta la falta de agradecimiento a la Iglesia por su labor, que muchos agradecimos muchísimo. Recibir la unción fue de las cosas más emocionantes de mi tiempo en la UCI; entre otras cosas, porque me vi arropado en una tradición milenaria en la que mi enfermedad y mi muerte tenían significado.

¿Hay receta para que estas lecciones no se queden en eslóganes?
–Creo que los eslóganes pueden pasar a ser un modo de vida en la medida que los interioricemos. Pero para eso es necesario pararse a pensar, la conversación significativa, la reflexión en silencio. Y, en la gente con vida espiritual, la oración. Una de las cosas que hemos descubierto es que estábamos demasiado acelerados; ojalá no volvamos a estarlo. Vivimos demasiado externamente y no hacemos propio el contenido. En eso no nos puede sustituir nadie.

Hay bajo muchos debates sobre la pandemia cuestiones filosóficas: persona frente a colectivo, seguridad frente a libertad, el sufrimiento…
–Por supuesto. Pero la polarización ha aumentado muchísimo. Y enseguida la gran cuestión desaparece porque unos son unos «cayetanos» y los otros unos «inútiles». La sociedad está cada vez más dividida y es menos dialogante, y sin diálogo es muy difícil una reflexión profunda. Tu posición se va convirtiendo en un eslogan y al final ni entiendes al contrario ni te entiendes a ti mismo.

Está pasando con la izquierda y con la derecha. Basta ver la altura de los debates políticos, o la llamativa ausencia de la verdad. Se dice que hay una comisión de expertos y luego se afirma que nunca la ha habido. O que las mascarillas no son necesarias, y cuando dices que sí tampoco reconoces que no te atrevías a decir que no teníamos. Y entonces llega un momento en que uno piensa que todo es manipulación y que puede decidir lo que más le interesa: apoyar al Gobierno porque es de mi partido o porque no soporto a Vox; o llevarle la contraria en todo porque tenemos que hacer oposición. El bien social ha desaparecido. Con semejante banalización, al final las grandes preguntas se pueden plantear únicamente en pequeños círculos de personas decididas a tener una conversación propia.

Lo dice con mucha calma. Habiendo sufrido las consecuencias, ¿no le enfurece?
–No sé si el enojo me puede aportar algo. Y aun así me sale a veces. Suelto tomar la sana decisión de salir del debate de lo inmediato, porque no me aporta nada. Prefiero estar al cuidado de la gente que me importa y de las causas que tengo entre manos que perder un minuto de paz.

Se refiere a Karibu Sana, la ONG que fundó para promover la educación en Kibera, uno de los mayores suburbios de Nairobi (Kenia). ¿Cómo se ha vivido la pandemia allí?
–Es duro. Nuestros niños llevan desde marzo sin colegio; solo una de 300 ha tenido clases online. Y para esos niños el colegio, además de formación, es asegurarse una buena comida al día y seguridad: no estar todo el tiempo en una chabola de una habitación, que es un riesgo sobre todo para las adolescentes; o no volver a la calle. En todo el país se va a repetir curso. Me parece mejor opción que lo que se ha hecho aquí.

El primer mundo ha sufrido estos meses situaciones que solo estamos acostumbrados a ver en países más pobres. ¿Tendremos una nueva perspectiva o seguiremos mirando solo por lo nuestro?
–Me temo que seguiremos centrándonos mucho en nuestro ombligo. Aunque aquí la crisis ya sea bastante importante, compárela con familias en las que nunca ha existido ningún ahorro y ahora tampoco tienen trabajo ni consiguen comer todos los días. Y parece que no nos importa. Mucha gente bienpensante sigue creyendo que los africanos cogen cayucos como afición de fin de semana, cuando en una situación tan desesperada nosotros seríamos los primeros en hacerlo. Nos falta mucha sensibilidad.

Y luego dicen que es en nombre de… ¿Ve? Eso sí que me enfada. Conociendo la necesidad de estas personas, no puede ser que los rechacemos ni que no nos merezca la más mínima atención que haya 60.000 niños viviendo en la calle en Nairobi. Debería haber un debate interesantísimo sobre cuál es la mejor solución y qué es la ayuda al tercer mundo. Y tampoco se da. A mí me encanta ayudar, y en el país de origen si es posible. Pero no entiendo el quejarse, el no ayudar, el cerrar los ojos y dirigir la mirada solo a nuestras playas.

En estos meses el miedo (por uno mismo y por sus seres queridos) ha sido protagonista. ¿Cómo enfrentarnos a él?
–Es una pasión humana como cualquier otra, y será positiva o negativa dependiendo de su relación con la racionalidad. Hay un miedo totalmente razonable que nos invita a la prudencia y al cuidado. Pero también puede ser una pasión irracional, como la ira o el enamoramiento. Y en ese momento resulta dañino. Genera mal ambiente, lleva a la desconfianza y cansa mucho emotivamente, por lo que en un momento dado se genera la reacción contraria.

Hay que gestionarlo con la verdad por delante y con mucha menos emotividad. A mí siempre me ha gustado mucho más funcionar por un discurso racional que por una amenaza (de un castigo o de muerte por pandemia). De la amenaza pueden surgir la histeria o el escepticismo.