Javi Nieves: «Las letras de Lux (Rosalía) despiertan un deseo profundo de sentirse amado por Dios» - Alfa y Omega

¿Mis impresiones tras la primera escucha de Lux? Iré al grano: es una obra extraordinaria. Un punto de inflexión para la música de nuestro tiempo, capaz de reconciliar las nuevas formas de creación con la hondura espiritual del arte verdadero. No quiero caer en etiquetas —sería injusto reducirlo a un género— porque Lux trasciende las categorías; aporta algo genuinamente nuevo.

No soy musicólogo, pero he escuchado mucha música. Con los años he desarrollado un instinto, un sensor involuntario: el vello se me eriza, el estómago se contrae, los ojos se llenan de lágrimas. Son reacciones que no puedo provocar a voluntad, y que solo aparecen muy de vez en cuando. Hoy han aparecido. Intentaré explicar por qué.

Benedicto XVI, en su encuentro con los artistas en 2009, dijo que «el arte, cuando se confronta con los grandes interrogantes de la existencia, puede asumir un valor religioso y transformarse en un camino de reflexión interior y de espiritualidad». ¿Consigue eso Rosalía? En mi caso, sí. Las letras de este disco, su intención, su atmósfera, despiertan un deseo profundo de sentirse amado por Dios. En ellas se reconoce una delicadeza que pertenece al lenguaje de lo sagrado.

¿Puede el arte contemporáneo seguir diciendo algo sobre Dios? Lux demuestra que sí. Hay canciones que son auténticas oraciones con un lenguaje nuevo —aunque cante en latín—, actual y a la vez intemporal: «La Tierra tiembla y se eleva a tu lado», «Y mi Cristo llora diamantes, mi Cristo es diamante todo, te llevo siempre conmigo».

Incluso cuando canta «Dios nos stalkea», la metáfora es poderosa: un Dios que nos observa con amor, deseando conocernos hasta lo más profundo, hasta el aire que acaricia nuestro cabello.

Lux es, ante todo, un disco espiritual. Refleja una búsqueda sincera de sentido, sin perder la esencia de Rosalía ni su manera tan particular de hacer música. Se percibe el cuidado en cada detalle, en cada textura sonora, en cada experiencia vital que ha querido trasladar: los viajes, los desengaños, la fe, la duda. Rosalía se abre en canal, y lo hace con una sinceridad poco común en el panorama actual.

Este trabajo reconcilia el arte moderno con la belleza. Y sí, la belleza es una forma de verdad. El gusto —como la fe— se educa, se trabaja. Lux nos invita a discernir entre lo superficial y lo esencial, entre lo efímero y lo eterno.

Además, Lux huye de los males más evidentes de nuestro tiempo:

  • Del individualismo: no es un lenguaje cerrado, sino uno universal, reconocible por cualquiera, sin perder personalidad.
  • Del materialismo: Rosalía arriesga. No busca el éxito rápido, sino la autenticidad.
  • Del relativismo: llama a las cosas por su nombre; propone una verdad, no todas las verdades posibles.

En definitiva, Lux reconcilia la música contemporánea con la belleza, y la belleza con Dios. Es una obra donde la artista se pone, literalmente, guapa para Dios.