Investigador del Elcano: «No pensemos en esto como camino hacia un mundo más democrático» - Alfa y Omega

Investigador del Elcano: «No pensemos en esto como camino hacia un mundo más democrático»

María Martínez López
Darío García de Viedma
Darío García de Viedma.

Darío García de Viedma, investigador en política tecnológica y digital del Real Instituto Elcano, está analizando las revoluciones de la generación Z, en particular el caso de Nepal, en septiembre pasado.

—Estas movilizaciones han tenido lugar en países muy diferentes. ¿Qué comparten?
—Un elemento común es que parten de una frustración causada por una desigualdad, no necesariamente por la escasez (que también). En Nepal se viralizó la etiqueta nepokids, con la que el país pudo ver la vida de lujos de la élite. Fue eso lo que desencadenó el malestar. En Marruecos, mucha gente se queja de que los estadios para el mundial de fútbol de 2030 están mejor equipados que los hospitales. Hay recursos para algunas minorías, pero no para la mayoría.

—Por supuesto, está el uso de las redes sociales. ¿Qué características ha tenido?
—Cuando ocurrió la Primavera Árabe, que se difundió bastante por redes sociales, creíamos que estas habían llegado para acercarnos a la democracia. Más de una década más tarde sabemos que no ha sido así. Están erosionando la cohesión social y la democracia por tres características. Primero, su carácter visual: el principal contenido ya no es la conversación en foros sino el consumo de vídeos rápidos e imágenes. Lo que más vamos a recordar de la protesta en Nepal es el Parlamento ardiendo y la gente tirando a los ministros al río. Son actos puramente virales y es lo que ha permitido que se extienda. Pero es mucho más difícil compartir ideas, que es lo que importa en los movimientos políticos y sociales.

—¿Qué más?
—Son efímeras: hoy hablamos de una cosa pero mañana se olvida y los algoritmos nos presentan otra. De nuevo, esto no permite debates sociales pausados; simplemente actuamos por picos de indignación. Y la última característica es el consumo individual: el algoritmo muestra un contenido que va a maximizar tu atención. Eso a veces hace que no estés conectado a lo que vive la gente en tu misma población. Se generan burbujas y no permite una conversación.

—Son tres características negativas.
—Totalmente. No pensemos en estas protestas como camino hacia un mundo más democrático. La mayoría de indicadores de democracia están descendiendo. Ellas, a lo mejor, son excepciones que pueden demostrar que hay una cierta voluntad, pero es más bien lo contrario. Como en estos países no se han podido dar conversaciones políticas de manera pausada, se ha colmado el vaso y han tenido que llegar a situaciones que nadie quiere. Pero creo que el actual diseño de las redes sociales, su propiedad y los incentivos que tienen nos alejan más de la democracia de lo que nos acercan.

—Citaba la Primavera Árabe. También en otros movimientos de 2011 como Occupy o el 15M las redes sociales fueron protagonistas. ¿Qué hay de nuevo ahora?
—En Nepal hemos visto que por la prohibición de todas ellas se creó un servidor con 100.000 personas en Discord, un chat normalmente utilizado por los gamers. Allí estuvieron debatiendo durante días hasta elegir a una nueva primera ministra del país que fue aceptada por el presidente y el Ejército, Sushila Karki.

—Parece un formato peligroso.
—Creo que lo utilizaron como último recurso sabiendo que no era la herramienta ideal. De hecho, surgió un rol muy interesante que seguramente se estudie en ciencia política en unos años, que es el de los moderadores informales, voluntarios encargados de que no se cambiara de tema, se cumpliera la agenda y no hubiera discursos de odio o injerencias extranjeras. Ellos tienen mucho impacto en el desarrollo de la conversación. Seguramente nos toque, como sociedad, diseñar herramientas de conversación digitales, ágoras, diseñadas siguiendo los principios de nuestras instituciones y democracias, para que haya un diálogo fluido y nadie se quede fuera.

—¿Se puede saber hasta qué punto las convocatorias han sido realmente espontáneas?
—Los liderazgos aquí ya no son tanto formales, sino más de opinión y de visibilidad algorítmica: personas que saben hablar bien, tienen muchos seguidores y saben viralizarse. Ellas son las que van a tener más poder en las conversaciones. Pero depende de la gente que te da «me gusta» y te sigue. Es un liderazgo nuevo y creo que lo seguiremos viendo en los movimientos sociales que vayan surgiendo en otros países.

—¿Qué retos plantea esta oleada de la generación Z?
—Además del diseño de las plataformas y algoritmos, del que ya hemos hablado, hay otros como la inclusión. Me parece muy interesante cómo en Nepal un movimiento principalmente juvenil escogió a una primera ministra interina que es una jueza de 73 años. Había un candidato que gustaba mucho más a la población joven: el alcalde de Katmandú, un rapero. Ha sido un ejercicio de búsqueda de consensos para que el resto de instituciones y de la sociedad lo aprobaran. Creo que es importante que no todas las conversaciones sean digitales, sino que las haya además en espacios clásicos, con otros grupos. Y que sean compatibles, todo el mundo quepa en ambas y hablen entre sí.