Hopper, en el Museo Thyssen. El contador de soledades
El Museo Thyssen Bornemisza ha conseguido reunir la más amplia y ambiciosa exposición sobre el artista estadounidense Edward Hopper organizada en Europa, en la que se realiza un recorrido por la trayectoria artística de este pintor, cronista de la Gran Depresión en los años 20. La muestra abarca desde sus primeras creaciones, ilustraciones, bocetos y grabados, hasta su etapa de madurez, más centrada en la soledad. Puede visitarse hasta el próximo 16 de septiembre
Hay algo que inquieta y a la vez conmueve y atrapa en los cuadros de Hopper. Es como si este pintor nos abriera premeditadamente unas invisibles puertas y ventanas en sus pinturas para que nosotros entremos en las escenas y sintamos el peso de las ausencias. La soledad no significa estar solo. Eso lo sabía muy bien Hopper (1882-1967), probablemente el pintor que mejor supo pintar el silencio que envolvía la soledad de la sociedad norteamericana durante la Gran depresión. Quienes asistan a esta exposición, titulada sencillamente Hopper, comprobarán, además, que irrumpen en instantes congelados, contemplando escenas en que parece que va a pasar algo.
Aquí radica parte de la fascinación que genera este gigante de la pintura que se ganó su hueco en la Historia con apenas dos centenares de óleos, una veintena de grabados y un puñado de acuarelas. Gracias a los fondos del Museo Thyssen, que posee la colección más importante del pintor fuera de Estados Unidos, y a la aportación de la Reunion des Musées Nationaux de Francia, referente en la pintura francesa de principios del siglo XX, que tanto marcó a Hopper en sus comienzos, podemos disfrutar de 73 obras que recorren sus escarceos con el realismo moderno, su faceta como ilustrador publicitario y sus cuadros de madurez, en los que refleja escenas de la vida cotidiana de Estados Unidos.
Asegura Tomás Llorens, Comisario de la exposición, que «es muy improbable que una muestra como ésta vuelva a repetirse en Europa en los próximos años». Y no sólo por la dificultad que encierra conseguir los préstamos que aquí se han logrado, sino porque Hopper pintaba lentamente y no dejó una obra muy extensa. Paradojas del destino, durante mucho tiempo, el pintor fue ignorado por el público y la crítica. Hasta los 43 años no vendió su primer cuadro, pero a partir de ese momento siempre tuvo encargos. Precisamente durante los 5 años que tardó en pintar su Autorretrato (1925-1930) pasó de ser un pintor desconocido a llenar exposiciones.
El pintor de los silencios
Los cuadros de Hopper son auténticas lecciones de pintura. Lienzos dominados por un sorprendente tratamiento de la luz en los que nada sobra. Pinturas en las que es posible intuir lo que pasa por la cabeza de sus personajes, y adivinar lo que esconden sus casas, las gasolineras perdidas, las cafeterías iluminadas en la noche, los paisajes vacíos… En esta exposición, el espectador no sólo contempla, sino que entra en las escenas. El extraordinario talento de Hopper para pintar silencios cargados de melancolía hace de su obra una crónica de la vida americana, muy al estilo de sus contemporáneos Faulkner y Scott Fitzgerald. El mismo Hopper escribió: «Si pudiera decirlo con palabras, no habría razón para pintarlo».
Nacido en 1882, su familia perteneció a una comunidad Baptista del Estado de Nueva York, que le inculcó una moral estricta e introspectiva propia del evangelismo protestante. Quizá por este motivo, en el realismo desolador que encierra su obra, se echa en falta una esperanza que el pintor sólo parece encontrar en el silencio. La pintura de Hopper golpea porque le gusta presentar a personas acompañadas o solas, incomunicadas entre sí. Lo vemos en Habitación en Nueva York (1932), en la que el hombre apura ensimismado el periódico mientras la mujer, hastiada, toca las teclas del piano; o en Muchacha cosiendo a máquina (1921-1922), cuadro en el que la escena parece casi desierta, sin más presencia que una figura humana y unos pocos objetos llenos de simbolismo.
Un pintor de cine
Hopper era un apasionado del cine, quizá por ello utiliza una narrativa visual muy cercana al séptimo arte y sus cuadros conectan con los pensamientos y emociones del espectador. La exposición, que posteriormente viajará a París, incluye como novedad la recreación del cuadro Sol de mañana (1952), en el que se desvela la utilización de ciertos recursos cinematográficos en las obras del pintor. Por cierto, la mujer que aparece en este cuadro, modelo en casi todas sus creaciones, era su esposa, Josephine Nivison, también pintora. Su famosa Casa junto a la vía del tren (1925) sirvió de inspiración a Alfred Hitchcock para la inquietante mansión de la película Psicosis. La escena que aparece en Anochecer en Cape Cod (1939), parece un fotograma de cualquier Western.
Se trata, sin ninguna duda, de una exposición para la Historia. Disfruten de Hopper, un pintor que, sin utilizar palabras, narró como nadie las soledades.