«¡La tía Guadalupe ya está más cerca de los altares!»

Van Thuan fue un hombre libre y feliz en aquella cárcel injusta, y vivió de tal manera que cambiaba hasta la existencia de sus enemigos. En la tía Guadalupe se toca a una santa de carne y hueso: aventurera y muy capaz pero, ante todo, dócil para ir donde el Espíritu Santo la iba mandando. En estas vidas tan diferentes resplandece la esencia del cristianismo: las virtudes heroicas nacen de un don divino, no del esfuerzo exigente por alcanzar una talla sobrehumana. Podemos ser como ellos, porque Jesús solo nos pide confiar en Él en cada circunstancia de la vida

Teresa Gutiérrez de Cabiedes
Guadalupe Ortiz de Landázuri, con su familia. Foto: Opus Dei

Hay días en los que el Whatsapp hierve; da respeto mirar tanto aviso urgente, porque suelen anunciar una catástrofe o una buena nueva. El jueves pasado, gracias a Dios, me ocurrió lo segundo: al abrir la aplicación los cientos de avisos se dividían en dos grupos: «¡La Iglesia ha reconocido las virtudes heroicas de Thuan!» y «¡La tía Guadalupe ya está más cerca de los altares!».

El Papa Francisco acababa de firmar el documento que acredita que –después de un exhaustivo examen por parte de la Iglesia– una persona ha vivido en grado heroico las virtudes propias de un discípulo de Jesucristo. Confieso que eso siempre me ha generado cierto rechazo, porque veo en esos candidatos una especie de supermanes espirituales que, por pluscuamperfectos, no sirven de espejo espiritual. Pero esta vez me regocijé porque conocía de cerca a los protagonistas.

En el caso de Van Thuan, he pasado los últimos años de mi vida metida en su alma. En agosto del año pasado publiqué su historia en forma de novela y llevo meses de aquí para allá compartiendo el regalo que ha supuesto narrar esta historia. Cuando conocí a este obispo vietnamita, que pasó 13 años encarcelado –nueve de ellos en régimen de aislamiento–, sin juicio ni sentencia… su experiencia me provocó. Porque fue un hombre libre y feliz en aquella cárcel injusta, y vivió de tal manera que cambiaba hasta la existencia de sus enemigos.

Muchos conocen a este futuro santo por el final de su vida, cuando Juan Pablo II lo nombró cardenal y sus increíbles peripecias vitales dieron la vuelta al mundo. Sin embargo, a mí me interesaba el hombre sometido a un sufrimiento extremo y me urgía indagar si en ese abismo sirve de algo creer en Dios. Las aventuras que vivió son increíbles, la fuerza de su esperanza rompe todos los esquemas… pero, ¿por qué? Paradójicamente descubrí que su vida cambió cuando tocó lo más hondo física, psicológica y espiritualmente. Aquel líder que había revolucionado espiritualmente una diócesis, el vietnamita hijo de una familia importante del país y fiel patriota, el hombre sabio de memoria prodigiosa que hablaba cinco idiomas y lucía estudios teológicos brillantes… se vio tirado en una cloaca, sin fuerza siquiera para rezar. Desde el abismo, gritó a Dios. Y Dios acudió en su auxilio. En el abandono total encontró un vacío absoluto que era llenado a raudales por el amor de Dios. A partir de entonces, su vida y su cautiverio se renovaron. Y la ternura de Dios que recibía fue expandiéndose a quienes le rodeaban, provocando en ellos también un cambio de vida.

El cardenal vietnamita Nguyen Van Thuan durante su estancia en la cárcel

Descubrir este hallazgo me empujó a contar esta historia en muchas prisiones. La experiencia ha sido un regalo indescriptible del cielo: en lugares tan descartados de la sociedad es donde se hace obvio que Jesús ha vencido al mal, y su Espíritu opera incansablemente en nosotros. Y vuelve a ser real el Evangelio, porque una prostituta arrepentida es la primera en tocar al Amor resucitado, un ladrón roba el perdón de Dios en un instante, el asesino es convertido en apóstol y el desheredado se enriquece a manos llenas con la salvación de Dios.

La tía Guadalupe

El otro mensaje, llegaba insistente porque la tía Guadalupe Ortiz De Landázuri es prima de mi abuela. Se murió antes de que yo naciera, pero su hermano Eduardo y su cuñada Laura –¡que también están en proceso de beatificación!– forman parte de las tardes de domingo de mi infancia. En esta mujer se toca a una santa de carne y hueso: aventurera y muy capaz pero, ante todo, dócil para ir donde el Espíritu Santo la iba mandando. Se hizo mexicana por anunciar a Jesús allí, y romana cuando el Opus Dei le pidió trabajar desde el corazón de la Iglesia. Una enfermedad mermó sus capacidades pero le regaló seguir viviendo prácticamente su carisma: el encuentro con Dios en medio de la vida ordinaria.

En aquel cúmulo de wassaps me brotó una inmensa gratitud. Porque en estas vidas tan diferentes, resplandece la esencia del cristianismo: las virtudes heroicas nacen de un don divino, no del esfuerzo exigente por alcanzar una talla sobrehumana. Podemos ser como ellos, porque Jesús solo nos pide confiar en Él en cada circunstancia de la vida, también en las dolorosas, en las que parecen improductivas, pero en las que se manifiesta que la Cruz ha terminado en Resurrección triunfante. Un santo puede ser heroico, pero no por eso es santo. Solo Dios puede convertirse en don que santifica el alma para gloria suya y para mover a otros a querer vivir así, en sus dulces manos.

Teresa Gutiérrez de Cabiedes
Autora de Van Thuan, libre entre rejas (Ciudad Nueva)