Habermas y Ratzinger ante los límites de la razón - Alfa y Omega

En enero de 2004, la Academia Católica de Baviera hizo algo poco habitual: sentó juntos al gran filósofo de la razón secular europea y al cardenal Joseph Ratzinger para discutir cuál es la base moral sobre la que descansa un Estado liberal que no quiere imponer una fe, pero tampoco quedarse sin suelo. Jürgen Habermas, que murió el pasado 14 de marzo a los 96 años, había dedicado buena parte de su obra a esa pregunta de fondo: si una sociedad democrática puede sostenerse solo sobre la razón.

Conviene volver a aquel encuentro. No solo por la talla intelectual de sus protagonistas, sino también porque en él se formuló con especial nitidez algo que, en rigor, no ha dejado de afectar al centro mismo de la convivencia política. La diferencia de fondo era filosófica y no tenía fácil solución. Para Habermas, la legitimidad de las normas depende de su justificación en un espacio de deliberación racional entre ciudadanos libres. Ratzinger, en cambio, desplazaba la discusión un paso antes: sostenía que el acuerdo racional no basta si no se reconoce una verdad moral que no nace del consenso, sino que lo orienta y lo limita. Y, sin embargo, de ese desacuerdo de fondo emergió una coincidencia práctica nada menor.

Habermas admitió entonces algo que no todos sus lectores recibieron con agrado: que las tradiciones religiosas conservan formas de comprender la justicia, la culpa o la dignidad humana que la razón secular no siempre sabe generar por sí sola. En estas tradiciones, elaboradas a lo largo de siglos, permanece una sensibilidad moral que también forma parte de la historia europea. Por eso sostuvo que los ciudadanos secularizados no tienen derecho a expulsar sin más la voz creyente del espacio público.

Ratzinger no respondió desde ningún triunfalismo. Reconoció con claridad que la religión tiene también sus deformaciones y que la razón cumple una función necesaria de crítica y discernimiento. Pero añadió algo decisivo: que la razón también puede enfermar cuando se cree suficiente. Si la religión puede caer en el fanatismo, la razón puede terminar reducida a pura técnica, a cálculo y eficacia, dejando fuera precisamente la pregunta por el bien y por el sentido.

Ahí estaba, a mi juicio, el núcleo más fértil del diálogo: ni la fe ni la razón salen indemnes cuando pretenden bastarse a sí mismas. No se trataba de mezclarlas ni de borrar sus diferencias, sino de reconocer que ambas necesitaban corregirse. 

El debate tuvo también consecuencias visibles. Las ponencias se publicaron ese mismo año en la revista de la Academia y después en el volumen Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión (Herder, 2005). Lo que hacía singular aquel texto no era el acuerdo —que fue parcial—, sino el método: dos tradiciones radicalmente distintas dispuestas a aprender una de la otra. Habermas habló de un proceso de aprendizaje complementario; Ratzinger insistió en la necesidad de una mutua corrección. 

Aquel diálogo abrió en Europa un espacio que parecía clausurado: el de la voz religiosa en el debate público; pero no como imposición dogmática, sino como aportación legítima a la razón común. La cuestión que Habermas y Ratzinger intentaban pensar juntos en Múnich ha adquirido hoy una dimensión que ninguno de los dos podía prever del todo. La razón contemporánea ya no aparece solo en la filosofía o en la política; aparece también en sistemas capaces de producir argumentos y simular diálogo con una fluidez sin precedentes. La inteligencia artificial generativa razona, argumenta, media; pero lo hace sin haber experimentado nunca el daño, la culpa o la responsabilidad. Y es justamente aquí donde el debate de Múnich recupera una urgencia inesperada.

En 2024, investigadores vinculados a Google DeepMind presentaron un sistema de inteligencia artificial al que llamaron Habermas Machine, concebido para favorecer acuerdos en deliberaciones democráticas. El nombre pretendía ser un homenaje. Habermas, sin embargo, se desmarcó públicamente del proyecto en abril de 2025 y criticó el uso promocional de su nombre. Más importante que esa reacción era, sin embargo, el equívoco de fondo: la máquina maximiza el acuerdo, pero el acuerdo no equivale a la verdad. Que todos acepten un enunciado no lo convierte, por ello mismo, en un enunciado justo.

Es aquí donde la objeción de Ratzinger —y, con él, la de la tradición católica— recobra fuerza. No para reclamar privilegios en el espacio público ni para sustraerse a la crítica racional, sino para recordar que una razón que no se pregunta por la verdad y por el bien puede seguir funcionando con impecable eficacia y, sin embargo, perder su orientación. También por eso aquel diálogo no pertenece solo al pasado. Sigue abierto justamente en el punto en que nuestra cultura parece más segura de sí misma: cuando confunde la capacidad de producir argumentos con la capacidad de responder por ellos.