«Habéis oído… pero yo os digo…» - Alfa y Omega

«Habéis oído… pero yo os digo…»

6º Domingo del tiempo ordinario / Mateo 5, 17-37

Ana Almarza Cuadrado
'Sermón de la montaña'. Henrik Olrik. Iglesia de San Mateo en Copenhague (Dinamarca).
Sermón de la montaña. Henrik Olrik. Iglesia de San Mateo en Copenhague (Dinamarca). Foto: Wikimedia Commons / Ib Rasmussen

Evangelio: Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. 

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. 

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna. Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. 

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Comentario

La liturgia nos muestra una Palabra exigente que requiere una respuesta comprometida, una respuesta que va más allá del mero «cumpli-miento» e interpretación de las leyes del Antiguo Testamento. Una Palabra que nos lleva a la profundidad de la voluntad de Dios. La fidelidad a Dios tiene que surgir de nuestra esencia de vida que anida en el corazón como lugar del encuentro con el querer de Dios y la plenitud del ser. Somos creaturas para la libertad y la felicidad guiadas por la fuerza y la luz del Espíritu, que nos muestra el proyecto de Dios y espera una respuesta confiada desde la dignidad en la que se nos ha creado. El Evangelio de este domingo forma parte del sermón del monte: Jesús va enseñando su mensaje y, pedagógicamente va redefiniendo, aclarando la correlación entre quienes libremente quieren vivir desde las claves que Él nos propone y la ley de Moisés, mostrando unos valores y una ética que va más allá del cumplimiento externo de las normas. Empieza aclarando que no ha venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles su pleno cumplimiento y enriquecer su sentido desde el corazón humanizado de Dios en su vida. Muestra una justicia interior distinta a la que practicaban los escribas y fariseos, conocidos por su cumplimiento riguroso y literal, superficial y legalista de la ley de Moisés; y propone una justicia mayor, la que sale del corazón y lleva a una transformación interior y manifestación de la norma.

Jesús enseña así que, para entrar en la vida de Dios —que eso es el Reino de los cielos—, la conducta debe nacer de la relación genuina con Dios, que va más allá del simple cumplimiento de normas sociales o religiosas. Para Jesús, la verdadera justicia es la que prioriza la misericordia y el amor a Dios y al prójimo sobre el ritualismo. 

Desde estas convicciones utiliza la expresión «habéis oído que se dijo… pero yo os digo…» profundizando en el espíritu y el sentido de los mandamientos desde el plan de Dios. De esta forma, aborda cuatro cuestiones que preocupaban al pueblo y que tal vez debamos retomar en toda su dimensión. La primera enseña que no basta con no matar. Jesús puntualiza que el odio, el insulto y el resentimiento a los hermanos y hermanas son condenables. Y nos propone —«pero yo os digo»—: reconcíliate antes de presentar a Dios tu ofrenda, sé genuino en tu ser.

En la segunda nos propone la fidelidad del corazón, que supera la fidelidad física. Advierte de que los deseos impuros ya son adulterio. Jesús nos insta con estas metáforas tan radicales —sacarse un ojo, cortarse la mano— a cuidarnos, a tomar las medidas oportunas para purificar el corazón. 

La tercera enseñanza controvertida es sobre el divorcio. En tiempo de Jesús, este era una práctica frecuente y común, un derecho casi exclusivo del hombre en la sociedad palestina, motivado a menudo por trivialidades. Jesús, conocedor de esta norma, la revolucionó elevando el matrimonio a una alianza indisoluble ante Dios, una unión sagrada; buscando, así, proteger la dignidad de las mujeres. Termina exhortando a la integridad. Quien sigue a Jesús no necesita jurar para ser creído. Su «sí» debe ser «sí» y su «no» debe ser «no». 

A luz de esta Palabra, ¿cómo es mi respuesta al plan de Dios sobre mi vida? ¿Vivo desde el mero cumplimiento o soy coherente en mis respuestas? ¿Es mi fidelidad fruto del encuentro con el Dios de la promesa? En un mundo tan convulso como el nuestro, ¿cómo respondo a los problemas que aparecen?