Guerra en Oriente Medio: «No le podemos pedir al Papa milagros» - Alfa y Omega

Guerra en Oriente Medio: «No le podemos pedir al Papa milagros»

La Iglesia ya está atendiendo a una nueva oleada de desplazados en el Líbano mientras el cruce de misiles entre Israel y Estados Unidos e Irán pone en entredicho el tímido regreso de las peregrinaciones

María Martínez López
Vecinos desplazados de Beirut acampan el lunes en el paseo marítimo.
Vecinos desplazados de Beirut acampan el lunes en el paseo marítimo. Foto: EFE / EPA / Wael Hamzeh.

«No le podemos pedir al Papa hacer milagros», admite Raymod Abdo, provincial de los carmelitas descalzos en el Líbano, sobre cómo viven el volver a verse en guerra justo tres meses después de la visita de León XIV. El estallido de un nuevo conflicto en Oriente Medio tras el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán, con una docena de países implicados o afectados —y que ya ha salpicado a la UE— es una enmienda a la totalidad a los repetidos llamamientos del Santo Padre estadounidense a la paz. Pero «no es fácil hacer la paz donde no muchos creen en ella», sentencia Abdo. En el Líbano se sufre porque «no queremos la guerra, ni siquiera los musulmanes cercanos a Hizbulá». Pero «ni Hizbulá», disparando contra Israel para vengar al líder supremo iraní, Alí Jameneí, «ni Israel» con sus bombardeos «están respetando este deseo». 

«El lunes, nuestros frailes en Beirut se despertaron a las tres de la mañana» por los misiles israelíes que caían a solo dos kilómetros. Cuando Abdo los visitó, se encontró las calles llenas de familias que habían dejado sus casas «y no tenían dónde ir», a la espera de indicaciones del Gobierno. Eran tanto de los barrios chiitas de la capital como del sur del país, duramente golpeado por Israel. «Cientos y cientos» de coches llenaron las carreteras que unen ambos puntos. 

Más al norte, en Jbeil, empezaron a llegar al centro de los salesianos unas 30 familias chiitas de Nabatiyyeh, «obligadas a dejar sus pueblos bajo fuertes bombardeos» y pasar 16 horas en sus coches, relata Joe Attalla, director ejecutivo de Don Bosco Líbano. Además de instalarlos en sus aulas, están intentando organizar la preparación de comida caliente,  «sin asistencia oficial» de las autoridades. Los desplazados también llamaron a las puertas de los franciscanos de Tiro, relata Ibrahim Najib, delegado del Custodio de Tierra Santa en el país. «Haremos todo lo posible para ayudar a la gente, especialmente a nuestros fieles». 

Evacuación de las víctimas (ocho mortales) de un misil iraní en Bet Shemesh (Israel).
Evacuación de las víctimas (ocho mortales) de un misil iraní en Bet Shemesh (Israel). Foto: AFP / Ahmad Gharabli.

De prolongarse el conflicto —como apuntan las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump—, «sería una crisis muy fuerte porque el Gobierno no tiene medios para ayudar», señala Abdo. Con todo, «esto es una motivación para entregarse y trabajar más para reconstruir los corazones y la paz», conscientes de que «es nuestro pecado y el de los otros el que hace las guerras». 

Esa misma reflexión se hacía el sacerdote madrileño Fernando Rey el lunes desde Amán, en Jordania. La decena de peregrinos a los que acompañó a Tierra Santa estaban entre la media docena de grupos españoles que se quedaron atrapados en Israel tras el cierre del espacio aéreo el sábado. Está impactado por ver cómo la Cúpula de Hierro israelí neutralizaba casi todos los misiles iraníes, por el estruendo que causó la caída de uno a tres kilómetros en la noche del domingo al lunes y por cómo los jerosolimitanos «van y vuelven a los refugios y hacen acopio de cosas en las tiendas con toda tranquilidad». También él se sentía «extrañamente» sereno, reconoce. Eso sí, se ha preguntado muchas veces «¿qué está haciendo la humanidad?». 

Al estallar el conflicto, buscaron un alojamiento más seguro, con refugio. Pero el grupo no quiso esperar al vuelo que les ofrecían para el miércoles —que luego fue cancelado de nuevo— y viajaron a Jordania, a la espera de volar ese mismo día. También el miércoles, pero desde El Cairo, tenía previsto hacerlo el grupo español más numeroso, de 29 personas y guiado por el sacerdote aragonés César Miravete. «Oír las sirenas abruma», asegura. Los primeros días los pasaron a la espera. El hotel prolongó su estancia gratuitamente y siempre estuvieron atendidos por su agencia de viajes, la Comisaría de Tierra Santa y el consulado español, relata. Pero, tras el susto de la noche del domingo, buscaron vías de salida alternativas. A pesar del miedo porque «el trayecto hasta la frontera era peligroso» y tuvieron que firmar un papel diciendo que lo hacían bajo su propia responsabilidad, llegaron sanos y salvos, igual que otro grupo el día anterior. Tomar tales decisiones intentando mantener al grupo unido es algo que «me ha abrumado mucho», confiesa. Aunque, con perspectiva de fe, «me ha servido para madurar y darme cuenta, un poco de refilón, del sufrimiento que supone una guerra»; así como para «valorar las cosas importantes» y «dar gracias a Dios por la vida». 

El grupo de Miravete en el sótano de su hotel durante un ataque.
El grupo de Miravete en el sótano de su hotel durante un ataque. Foto: César Miravete.

Pendiente de todos ellos ha estado estos días el vicecomisario de Tierra Santa en España, fray Luis Quintana: cómo estaban, quién optaba por cada forma de salir o quién debía dejar su alojamiento porque los cierres de fronteras no permitían ir a trabajar a los empleados palestinos. Al mismo tiempo, recibía llamadas de grupos con peregrinaciones programadas, como una esta semana, lógicamente suspendida. «Nos da miedo porque no sabemos cómo evolucionará esto», reconoce. «A quienes nos preguntan les ofrecemos reubicarla o la devolución del dinero. Las de Semana Santa y Pascua de momento siguen adelante», así como las de otoño. «Pero sí hay un riesgo grande de que sea un paso atrás» ahora que los peregrinos volvían a animarse, si bien tímidamente, a viajar.

«Me han preguntado si volvería y la respuesta es que claro que sí, cuando sea posible; y con mucho mayor motivo», asegura Miravete. Y Rey cuenta que, de hecho, «tengo programada una para el año que viene para todo mi arciprestazgo. ¡A ver cómo logro convencerlos!».