Grégor Puppinck: «Se retuercen los derechos para imponer una nueva antropología» - Alfa y Omega

Grégor Puppinck: «Se retuercen los derechos para imponer una nueva antropología»

El director del Centro Europeo para el Derecho y la Justicia (ECLJ), desmenuza en Mi deseo es la ley la deriva emprendida en las últimas décadas por los estamentos encargados de interpretar los derechos humanos. Lo hacen de una forma muy alejada del espíritu original de la Declaración Universal de 1948: «Prácticas antaño prohibidas en nombre de la dignidad humana son en la actualidad promovidas como derechos humanos de un tipo nuevo». Léase el aborto, la eutanasia o el transhumanismo

José María Ballester Esquivias
Foto: eclj.org

«Ha llegado el momento de tomar nota de la transformación radical de los derechos humanos, de analizarla, de entenderla y de extrapolar las consecuencias». Así responde Grégor Puppinck cuando se le pregunta acerca de las razones que le han llevado a escribir este libro, convencido de que los derechos humanos de hoy no tienen nada que ver con los de 1948. «Son incluso lo contrario». Detecta como origen de esta deriva la tendencia del hombre contemporáneo de identificarse, de forma reductora, a la única dimensión espiritual de su ser: su espíritu, su inteligencia, su voluntad, «en detrimento de su cuerpo y, de manera más general, de todo lo que se impone a su voluntad». De ahí que una humanidad reducida a una espiritualidad subjetivista repercuta directamente en la concepción actual de los derechos humanos. «En 1948 –prosigue Puppinck–, cuando se redactó la Declaración Universal, los derechos humanos aún reflejaban el derecho natural porque estaban fundamentados en una comprensión armoniosa y encarnada de la naturaleza humana».

–¿Y hoy?

–Dividen y oponen la voluntad al cuerpo para certificar la primacía y el poder de una sobre otra. Son los derechos-poder del hombre desnaturalizado: el derecho de mutilarse, de matarse, de abortar, de cambiar de sexo o incluso de practicar el eugenismo; eso significa que la antropología dualista que subyace en los derechos del espíritu contra el cuerpo acompaña perfectamente a la ideología transhumanista.

Hasta aquí, un diagnóstico tan aterrador como certero. Pero Puppinck quiere dejar claro que hay esperanza: «Aún estamos a tiempo, porque la humanidad es todavía capaz de una toma de conciencia, como lo vemos en el caso del racismo y de la esclavitud, pues no podemos ignorar las lecciones de la experiencia». En ese caso, de la dolorosa experiencia de este dualismo que pretende someter el cuerpo al espíritu, Puppinck pone como ejemplo la tragedia de los niños nacidos por donación anónima de semen: «La experiencia demuestra el vínculo indisociable entre las naturalezas física y psíquica de la identidad personal, ente el cuerpo y el espíritu». La posibilidad de frenar e intentar invertir esta tendencia es doble: por un lado, la convicción de que la naturaleza humana resiste a su desnaturalización; por otro, y en continuidad con lo anterior, partir del hecho de que el pensamiento moderno pone en tela de juicio la naturaleza humana y, por lo tanto, el derecho natural. «Lo hace motivado por un deseo de libertad que se opone a la naturaleza, pero la existencia de la naturaleza humana puede ser nítidamente percibida por el sufrimiento cuando se la maltrata». Maltratada por la donación anónima de semen.

El siguiente requisito para contrarrestar la tendencia dominante en materia de derechos humanos es el esfuerzo intelectual. «Conviene pensar nuestra humanidad de forma directa, sin pasar por la etapa intermedia del discurso jurídico. Hoy en día, todo el mundo piensa y habla en términos de derechos, por lo que sería preferible hablar de necesidades». Estas, según Puppinck, presentan la ventaja de no emanar de la voluntad, sino de la realidad humana. Sin ir más lejos, «las necesidades de los niños se oponen a los supuestos derechos de los adultos, pues, en contra del contenido de las grandes declaraciones de derechos humanos, estos derechos no logran, ni muchísimo menos, colmar nuestras necesidades».

–¿Por qué no las colman?

–Digamos que una de las razones principales de esta insuficiencia de los derechos humanos tiene que ver con su incapacidad para para enfocar positivamente el bien común: no conciben la existencia de una bien que hunda sus raíces más allá. Consideran todos los bienes medioambientales, espirituales e intergeneracionales como límites y obstáculos a los derechos individuales, por lo que no pueden ser objeto de la protección de los derechos humanos, y estos no bastan por sí mismos para pensar la sociedad y organizarla.

Esta constatación no debe de ser óbice para rechazar en bloque el sistema vigente de derechos humanos. El director del ECLJ sugiere examinar detenidamente el sistema y «no dejarse hipnotizar por esta nueva religión progresista y universalista». Añade: «El sistema actual de derechos humanos es una mezcla de redes de influencia. No tienen ningún significado sobrenatural ni son una verdad revelada como el Evangelio, y las instancias que los interpretan no son infalibles. Son, en realidad, el resultado de opciones políticas y de acciones estratégicas. Y a la luz del reciente fallo de la Corte Suprema norteamericana acerca de los trabajadores homosexuales –según algunos es una amenaza a la libertad religiosa–, Puppinck advierte del peligro totalitario del poder que las instituciones se otorgan para imponer una nueva antropología a través del derecho. «Declarar que el ser humano es de naturaleza asexuada equivale a un cambio de antropología; esa nueva antropología, y la moralidad que determina, se imponen a todos mediante la fuerza obligatoria del derecho, aniquilando la libertad de quienes no la suscriben».

Mi deseo es la ley
Autor:

Grégor Puppinck

Editorial:

Ediciones Encuentro