Grecia cuadruplica su número de católicos por los inmigrantes, «pero somos una Iglesia pobre»

El arzobispo de Atenas, Sevastianos Rossolatos, participa en el encuentro Mediterráneo, frontera de paz, que reúne estos días en Bari a los obispos de los países frente al mar y que clausurará el domingo el Papa Francisco

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Celebración cristiana en las calles de Atenas. Foto: EFE/Alkis Konstantinidis

El arzobispo de Atenas, Sevastianos Rossolatos, participa en el encuentro Mediterráneo, frontera de paz, que reúne estos días en Bari a los obispos de los países frente al mar y que clausurará el domingo el Papa Francisco

«En 30 años, los creyentes en Grecia se han cuadruplicado. En las Misas se habla albanés, polaco o filipino. Y ahora los nuevos fieles vienen de África», explica el arzobispo de Atenas, Sevastianos Rossolatos, al diario Avvenire con ocasión del encuentro Mediterráneo, frontera de paz, en el que 58 obispos y patriarcas de diócesis ribereñas de los tres continentes –Europa, Asia y África–, para abordar desafíos comunes como la inmigración, la paz o la relación entre la Iglesia y la sociedad civil.

«Somos realmente una Iglesia universal», bromea Rossolatos. Su diócesis es un enjambre de idiomas, culturas y grupos étnicos. Los griegos nativos son ahora minoría entre los católicos que vienen de fuera: sobre todo albaneses, polacos, filipinos y, en los últimos años, africanos. «La nuestra es una Iglesia principalmente de inmigrantes que la hacen viva y vital», explica Rossolatos, «pero también somos una Iglesia pobre entre los pobres. Los migrantes tienen muy poco y lo que ganan lo envían a sus países».

«En toda la región es necesario pensar y actuar juntos ante situaciones que varían desde lo social a lo político, e incluso lo eclesial. Como, por ejemplo, la emergencia migratoria», dice Rossolatos ante la reunión de pastores en Bari.

Lo dice porque las diócesis griegas están a la vanguardia de la recepción de refugiados procedentes de Oriente Próximo, llegando hasta el punto de alquilar casas u hoteles para albergarlos.

La afluencia de inmigrantes se remonta a finales de los años 80, cuando Grecia absorbió una fuerte corriente migratoria procedente de los países excomunistas: polacos, albaneses, rumanos, ucranianos… Más recientemente, llegaron sirios y libaneses, y después los asiáticos –filipinos, indios, srilanqueses– y los africanos procedentes del África subsahariana. Estos nuevos fieles católicos presentan un desafío más específicamente eclesial, como es el de la atención pastoral, ya que «no resulta fácil contar con un clero misionero que los atienda», lamenta Rossolatos.

Foto: www.mediterraneodipace

Con los refugiados

Mención aparte es el tema de los refugiados. Grecia es el principal lugar de aterrizaje europeo para aquellos que huyen del conflicto y la miseria. Según ACNUR, en 2019 llegaron 66.000 solicitantes de asilo, entre ellos también muchos católicos.

«En las islas de Samos y Lesbos, donde nuestras iglesias tenían unas pocas docenas de fieles, ahora están llenas gracias a los migrantes, principalmente de África», dice el arzobispo de Atenas, que denuncia al mismo tiempo que en los campos «sufren discriminación por ser católicos. Entre una la mayoría musulmana, una cruz alrededor del cuello puede ser algo muy molesto. Es por eso que Caritas se compromete a protegerlos ofreciéndoles un hogar para que abandonen los campos».

En cualquier caso, la situación no tiene una salida fácil, porque «la Unión Europea no quiere refugiados, y se quedan atrapados aquí», denuncia. «Nosotros, como Iglesia, alentamos su inserción en la sociedad, ayudándoles a aprender griego, encontrar un trabajo, tener documentos», afirma, al mismo tiempo que lamenta que «Europa habla de solidaridad, pero es una solidaridad entre comillas. Los estados cierran fronteras o levantan muros. Mientras Occidente explote a estas naciones olvidadas y las llene de armas, no habrá una solución. Europa debería examinar su conciencia y trabajar en nombre de la paz, que pasa por la atención a todos».

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