Goyi, anawin: «El de arriba me ayuda y siento que me está mirando»
Goyi no quiere salir en la foto para que su familia no sepa que está durmiendo en la calle. Es una pena, porque tiene un rostro de tan buena persona que no cabría en esta página. Pasa los días y las noches apostada en el mismo portal de una calle de Madrid, desde donde ve la vida pasar. Esta mujer, ya abuela, forma parte de los anawin, esa gente tan pobre y tan rica a la vez, porque solo tiene a Dios.
—¿Por qué está en la calle ahora mismo?
—Pues es una situación que… Me da cosa contarla, porque lo estoy pasando muy mal [llora un poco].
—Lo está pasando mal.
—Sí, mucho.
—¿Cuánto tiempo lleva en esta situación, viviendo al raso?
—Desde diciembre, una semana antes de Nochebuena. Duermo ahí al lado, con unos cartones.
—¿Le había pasado esto alguna vez?
—Sí. Es muy duro. Mi marido falleció hace unos años y luego estuve una temporada en un hospital.
—¿Y después de esas experiencias tuvo que dormir en la calle?
—Eso es. Yo no tengo casa, es muy complicado.
—¿Tiene familia?
—Sí, un hijo y una hija.
—¿Y no le pueden ayudar?
—Mi hija tiene bastante ya. Está separada, tiene dos trabajos y dos niños, mis nietos. Lo de mi hijo es más complicado. Estoy sufriendo mucho.
—¿Saben ellos que está usted durmiendo en la calle estos días?
—Mi hijo sí, pero mi hija no. No se lo quiero decir para no complicarle más la vida.
—Sufre no solamente por estar en la calle, sino por su familia.
—Sobre todo por eso. Lo demás me da igual.
—¿Ve a sus nietos alguna vez?
—Los vi en Nochevieja, pero no los he vuelto a ver desde entonces. Me gustaría verlos, pero he intentado suicidarme y otras cosas más.
—Tiene algún problema de salud mental también.
—Sí, de psiquiatría, pero llevo ya tres años sin ir.
—¿No toma pastillas para eso?
—De momento solo me tomo las de la tensión. Las pastillas de dormir no me las quiero tomar, porque la verdad es que me da miedo hacerlo.
—¿Por qué tiene ese temor?
—Porque si me quedo dormida en la calle me puede pasar cualquier cosa. Una vez me quitaron el bolso y otra noche la maleta con todas mis cosas.
—¿Consigue dormir sin ayuda?
—Yo no tengo hora, duermo cuando puedo. Y si tengo que ir al baño, me voy a una cafetería de por aquí, que ya me conocen.
—¿Cómo se las apaña para comer?
—Me trae comida la gente.
—La gente es buena con usted.
—Sí, en la calle a veces coges amistades, sobre todo con los niños. Me hace mucha gracia cuando pasan, los veo con tanta ilusión… A lo mejor van a sus padres para decirles algo y luego vuelven para echarme 20 céntimos.
—Eso le alegra el día.
—Sí, pero son cosas muy tristes también.
—Goyi, ¿qué necesita? ¿Con qué sueña?
—Con tener un techo. Tengo una pensión no contributiva, pero eso no me da para una habitación.
—¿No pasa frío?
—¡En el mes de diciembre hizo mucho! Un día me desperté totalmente helada y cuando vi que estaba nevando me puse a llorar. Menos mal que a mí me salvó el de arriba.
—¿El de arriba le ayuda?
—Sí. Es con el que hablo, en el que creo más. De los que están aquí abajo no me fío de nadie. El otro día entré en una iglesia y estuve un ratito hablando con una imagen.
—¿De Jesús?
—No lo sé. Yo hablé con Él y le dije: «Señor, ¿por qué? ¿Por qué a mí?». Y entonces sentí que me estaba mirando.