Gloria animal - Alfa y Omega

El Ministerio de Infancia y Juventud, encabezado por Sira Riego, se propone reformar la Ley de Protección Integral a la Infancia y a la Adolescencia para no permitir la entrada de menores de edad a cualquier evento donde haya violencia contra los animales. Aunque presentada como generalización, la ley pretendería impedir el acceso de los menores de edad a las corridas de toros. «Las actividades en las que esté presente la violencia conllevan riesgos significativos para la vida y la integridad física y psíquica, que puede afectar especialmente a las personas menores de edad. En cuanto a los riesgos psicológicos, la exposición temprana a la violencia puede desensibilizar a las personas menores de edad frente al sufrimiento ajeno, afectando negativamente el desarrollo de la empatía, normalizando la violencia como una forma de entretenimiento, influenciando la percepción de las personas menores de edad sobre la resolución de conflictos y el uso de la fuerza, con efectos duraderos en su bienestar emocional», afirma la exposición de motivos de la reforma.

El ecologista confunde ruedo y matadero. A su juicio, el burel afronta el día de la corrida como el puerco el de san Martín. Con el agravante sádico de la multitud, que aplaude la tortura, y de la gratuidad, que agudiza el absurdo. La matanza del toro no sirve a ningún fin útil; es apenas divertimento para hombres alienados, carnaza para individuos ávidos de sangre. El toro muere para que la multitud goce. La multitud goza cuando el toro muere. ¿No es barbarie el júbilo que sigue a la caída definitiva del animal, cuando los aficionados se levantan como activados por un resorte? La corrida sería apenas una secuela del coliseo, su actualización contemporánea. Exponer al niño a la violencia de la plaza sería tan juicioso como exponerlo al baile de los carroñeros en torno a la pitanza. ¿Por qué exaltar una sordidez que envilece? ¿Por qué regodearse en la tortura, complacerse en la violencia? 

Pero el ruedo no es un matadero. La muerte del toro de lidia es radicalmente distinta a la muerte ciega, oscura, anónima del cochino. A él se le concede un privilegio exclusivamente humano, extraño a cualquier animal: vencer a la muerte con la gloria, sobrevivir como los héroes a la violencia del tiempo. Los aficionados recordarán para siempre a Cazarrata, aquel ejemplar cárdeno de Saltillo que encogió de miedo a los banderilleros de Sánchez Vara. También a Bastonito, que protagonizó el mejor tercio de varas de los últimos tiempos en Las Ventas. Incluso los que mueren matando perviven: la danza fúnebre de Bailaor, el aguijonazo letal de Islero. ¡Cuántos verdugos desearían para sí esa gloria! 

No se ha insistido lo suficiente en que los ganaderos nombran al toro, tampoco en que su nombre se muestra al público antes de que se abra la puerta de toriles. Es la mejor refutación del aspaviento animalista. Se inviste al animal de una dignidad impropia. Nombrar es individuar; individuar es distinguir. El nombre incardina al toro en una trayectoria, lo inserta en una genealogía. Con su bautismo irrumpe, al modo de las mascotas, en el mundo de los hombres: el de la razón y los mitos, la imaginación y la memoria, los miedos y las esperanzas. A su tragedia, cantada por muchos cronistas, le precede una proclamación. A su muerte puede seguirle una gloria. 

¿Cómo degradar la tauromaquia a barbarie, cómo desdeñarla por desaseada? Dice Roger Scruton en El alma del mundo que «la degradación del medio ambiente se produce de la misma manera que la degradación moral: presentando personas y lugares de modo impersonal, como objetos que usar en vez que de sujetos que respetar». Los taurinos no exponemos a los niños a una carnicería, sino a una tragicomedia. La corrida de toros eleva al animal, le confiere una subjetividad escandalosa, semejante a la de los animales parlanchines de las fábulas. No deberían engañarnos las apariencias: su muerte en el albero es, en el fondo, una coronación.