George Harrison: «La prevención es casi imposible en la mayoría de las cárceles»

George Harrison: «La prevención es casi imposible en la mayoría de las cárceles»

ENTREVISTA / George Harrison es sacerdote de Kuala Lumpur (Malasia) dedicado a la pastoral penitenciaria y oficial del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Ha estado participando este año en las reuniones y sesiones de escucha del grupo 1 de la Comisión vaticana COVID-19 con conferencias episcopales de todo el mundo

María Martínez López
Foto: DSDHI / Marta Isabel González

La pastoral penitenciaria es un tema recurrente en la labor del grupo 1 de la Comisión vaticana COVID-19, que se encarga del contacto con las realidades locales para conocer sus necesidades y ofrecerles apoyo. ¿Por qué?
Entre las muchas necesidades para proteger y sanar a las personas, además de las sanitarias y sociales están las relacionadas con la justicia y la paz. En las más de 40 reuniones que hemos tenido con las conferencias episcopales, con frecuencia escuchamos hablar de abusos contra los derechos humanos, de injusticias. Y entre ellos, historias sobre las condiciones de vida en las cárceles, el hacinamiento en las celdas, la falta de higiene, de agua, de atención médica adecuada, etc. La prevención y mantener la distancia social y la higiene es casi imposible en la mayoría. Esto me ha empujado a pedir a los capellanes con los que tengo contacto que nos informaran sobre la situación real en sus cárceles.

¿Hay también ejemplos positivos?
Algunos países actuaron con prontitud. Por nombrar algunos, en la India, Filipinas y varios de América Latina se dejó libres a los presos que tenían delitos menores o enfermedades terminales, a personas de riesgo y a los que estaban cerca de terminar su condena. En la mayoría de prisiones, trabajar en la prevención del virus fue y es un gran desafío. Me han contado que en muchas partes del mundo las comunidades eclesiales han colaborado con los departamentos de prisiones para entregar gel hidroalcohólico, equipos de protección, guantes y mascarillas para todos los presos.

¿Cuál es la situación en su país?
En Malasia, el número total de casos de COVID-19 es de 339.443, con 1.249 muertes, entre 60 millones de personas. El país ha dado algunos pasos muy serios. Un confinamiento de casi dos meses el año pasado y restricciones en las fronteras, cierre de colegios, negocios, lugares de culto y oficinas; así como de las cárceles. Hasta hoy no se permiten las visitas. Los tests son obligatorios para quienes van por asuntos oficiales. Mantener la distancia social es imposible, pero a algunos internos con riesgo alto se les aisló y se les hizo seguimiento. Algunas ONG, iglesias y otros grupos han puesto en marcha iniciativas para fabricar y donar equipos de protección.

¿Cómo se las están ingeniando para acompañar a los presos?
Como en la mayoría de centros penitenciarios tienen conexión a internet, los capellanes graban oraciones y meditaciones que los presos siguen en una pantalla. Algunos les responden con cartas. He oído hablar incluso de un sacerdote, Louis Hyun, que en Corea del Sur tampoco tenía forma de contactar virtualmente con los internos, y decidió escribir y enviar una copia de su homilía semanal a cada uno. Leerlas y rezar con ellas les tocó. Me parece una de las mejores maneras de dar esperanza a quien está en esta situación.

¿Qué se ha propuesto desde la comisión vaticana para responder a esta realidad hasta ahora?
Las mejores acciones vienen de las iglesias locales, las ONG y los gobiernos de los mismos países. Hay una buena colaboración entre la Iglesia local, la pastoral penitenciaria y los departamentos oficiales competentes. También hay muchas actividades espirituales y escucha y asesoramiento, siguiendo los protocolos apropiados. Es importante ofrecer acompañamiento, atención a la salud mental, arte, meditaciones, y el perdón de Dios en la confesión. Las reflexiones de esta Cuaresma con capellanes y voluntarios han sido una buena oportunidad para compartir experiencias, ideas, recursos y preparar el futuro.

¿Cómo debería ser ese futuro de las cárceles?
A corto plazo sobre todo estamos trabajando directamente con los presos y sus familias, para que encuentren sanación y puedan empezar de nuevo con esperanza. Después de la COVID-19 prepararemos el futuro en colaboración con los gobiernos, universidades, profesionales sanitarios, etc., para promover una atención humana integral que incluya cuestiones como la salud mental, no como problema sino como una necesidad grande de atención. Los seres humanos necesitamos salud corporal, mental y espiritual. El dicasterio prepara un folleto para ayudar a todos los sectores implicados. Por otro lado, es un deber que en las conferencias episcopales haya comisiones de Pastoral Penitenciaria, y reclutar más capellanes y voluntarios.