El Papa visita a los pobres que convirtieron un basurero en un barrio modelo de Madagascar

Todos los adultos trabajan, todos los niños estudian, todo está limpio y funciona

Juan Vicente Boo
El Papa en Akamasoa. Foto: EFE

Todos los adultos trabajan, todos los niños estudian, todo está limpio y funciona

La visita al «milagro de Akamasoa» ha puesto este domingo el broche de oro al viaje del Papa a Madagascar. La «Ciudad de la Amistad», donde viven 25.000 personas, está perfectamente limpia, todas las casas tienen electricidad y agua caliente, todos los adultos trabajan y todos los niños van a la escuela. No sucede en ningún otro barrio de todo el país.

Hace treinta años esta zona era un basurero municipal, donde adultos y niños miserables rastreaban objetos reutilizables al tiempo que disputaban con perros y cerdos los restos de comida. El autor del milagro, al cabo de 30 años de esfuerzo, es un misionero argentino, Pedro Opeka, premiado con la Legión de Honor francesa y nominado para el premio Nobel de la Paz.

Simplemente, les puso a trabajar en la cantera de al lado: para vender piedra o para construir sus propias casas, que ahora son más de tres mil, perfectamente pintadas y cuidadas gracias al esfuerzo colectivo. Las calles están escrupulosamente limpias, pavimentadas y alcantarilladas.

El presidente de Madagascar, Andry Rajoelina, había acudido a esperar al Papa cantando con los niños en este barrio modélico para un país de 26 millones de habitantes en que tan solo el 15 por ciento de la población tiene electricidad y en el que el 70 por ciento de las personas vive en la miseria con menos de dos dólares al día.

Lo que más llama la atención es la alegría de tantos niños sanos, vestidos con ropa limpia de colores muy vivos, sonrientes y ruidosos. Algunos no son del barrio, pues acuden a las escuelas un total de 14.000, lo mismo que vienen al comedir gratuito 30.000 adultos cada año. El barrio cuenta con sus propias escuelas de carpintería y de formación profesional.

Pero el secreto de Akamasoa –excepto la comida gratuita para los más pobres– no es dar sino trabajar. En su breve discurso de saludo al Papa, Pedro Opeka, el misionero de la barba blanca, ha dado rienda suelta al orgullo colectivo del barrio: «En Akamasoa hemos demostrado que la pobreza no es un destino inevitable sino que ha sido creada por la falta de sensibilidad social de dirigentes políticos que dan la espalda al pueblo una vez elegidos».

Su fórmula está al alcance de todos: «Hemos erradicado la extrema pobreza de este lugar por la fe, el trabajo, la escolarización, el respeto mutuo y la disciplina. Aquí todo el mundo trabaja».

Francisco le escuchaba con atención y ha repetido esa idea en su discurso: «Cada rincón de este barrio, cada escuela o dispensario, son un canto de esperanza que desmiente y silencia toda fatalidad. Digámoslo con fuerza: ¡la pobreza no es un destino inevitable!».

Y a los vecinos, los artífices de su propia mejora social, les ha dicho: «Vosotros habéis podido comprender que el sueño de Dios no es solo el progreso personal sino principalmente el comunitario. Que no hay peor esclavitud, como nos recordaba el padre Pedro, que la de vivir cada uno solo para sí mismo».

Francisco había sido recibido en el gran auditorio multiuso por la algarabía inaudita de ocho mil niños que enseguida pasaron a entonar la canción española «Dios está aquí». Ocho mil niños son mucho, pero en este barrio todos los números son altos: en las misas de cada domingo participan también ocho o nueve mil personas.

A lo largo de cuatro días de viaje en Mozambique y Madagascar, que figuran entre los diez países más pobres del mundo, el Papa no ha pedido en ningún momento ayuda exterior, como suele hacer en Roma.

En cambio, ha dicho muy claramente a las autoridades que no pueden malvender los recursos naturales a empresas extranjeras, y ha dicho a los ciudadanos que no pueden participar en la corrupción. De la pobreza se sale, sobre todo, gracias a la organización y al trabajo de los pobres.

Al término del encuentro en el polideportivo, el Papa se ha desplazado a la cantera contigua para rezar con los trabajadores que extraen a mano los bloques de piedra de granito.

Hanitra, que le ha recibido en nombre de los 700 trabajadores, le ha dicho con orgullo: «Aquí hemos hecho con nuestras manos una catedral. Un enorme agujero en la montaña en cuyo centro hemos dejado un altar para celebrar la misa tres veces al año: la Ascensión, la Asunción y Todos los Santos».

La plegaria poética del Papa estaba escrita también a la medida de este milagro: «Dios Padre nuestro, que cada uno conozca la alegría y la dignidad de ganarse el propio pan para llevarlo a su casa y mantener a su familia».

Su petición era, a la vez, un programa: «Crea entre los trabajadores un espíritu de auténtica solidaridad. Que sepan estar atentos unos a otros, que se animen mutuamente, que apoyen a los que están agobiado y levanten a los que han caído».

Francisco viaja el lunes a la isla de Mauricio, desde donde volverá por la noche a Antananarivo para emprender el martes el regreso a Roma.

Juan Vicente Boo/ABC