Francisco Rivas: «San Francisco resulta tan atrayente porque siempre fue auténtico»
800 años después de su muerte, san Francisco de Asís continúa despertando admiración dentro y fuera de la Iglesia. En Los misterios de san Francisco (La esfera de los libros), el autor se adentra en cinco dimensiones de la vida del Poverello —la conversión, la reconstrucción, la institución, la peregrinación y la salvación— para descubrir al hombre que vivió abandonado a la providencia y terminó transformando la Iglesia y la sociedad.
—San Francisco murió hace 800 años y, sin embargo, sigue siendo una de las figuras cristianas que más atraen incluso a quienes están lejos de la Iglesia. ¿Qué tiene Francisco que sigue interpelándonos ocho siglos después?
—Sobre todo, diría que la razón por la que san Francisco resulta tan atrayente es porque siempre fue auténtico. Su vida fue de una gran radicalidad y de abandono en la Providencia, y fue un camino que siguió con pleno convencimiento, por duro que le resultara a veces. Cuando vemos a una persona trazar su caminar en este mundo con tanta determinación, dispuesto a hacer los sacrificios que hizo con tal de alcanzar un fin, siempre nos produce admiración, con independencia de que coincidamos o no en el valor que tal fin pueda tener. Los católicos, además, compartimos su meta última, que era ver a Dios, por lo que resulta doblemente admirable.
—Ha dividido el libro en cinco «misterios»: la conversión, la reconstrucción, la institución, la peregrinación y la salvación. ¿Por qué hablar de misterios y qué recorrido quiere proponer al lector a través de ellos?
—Mi idea inicial era trazar un paralelismo con el rosario, pero a medida que leía las fuentes originales que describen la vida de san Francisco más me reafirmaba en mi concepción, pues esas fuentes hablan muchas veces de la presencia de un «misterio» en los actos de san Francisco. Lo hacen para transmitir, como quería transmitir yo, que Il Poverello fue, por encima de todo, un santo católico, un hombre enamorado de Cristo y su Evangelio. En este sentido, su vida y sus enseñanzas nos presentan algo que debe ser contemplado con la reverencia propia de un misterio, pues lo que había tras ellos era sin duda la inspiración del Espíritu Santo.
—El primer misterio es el de la conversión. Francisco pasa de ser un joven que sueña con convertirse en caballero a abrazar la pobreza y seguir a Cristo. ¿Qué ocurrió realmente en el interior de aquel joven de Asís?
—Yo creo que él siempre persiguió el mismo sueño, que era la grandeza. Pero se dio cuenta de que esa grandeza no estaba en donde él la buscaba, sino en, paradójicamente, volverse el más pequeño de todos. Cómo llegó a esa conclusión, más allá de los sueños que se dice que tuvo, es efectivamente un misterio, pero lo cierto es que comprendió de forma sublime la gran antítesis que sustenta la cristiandad y el mundo entero: la auténtica grandeza nunca es para uno mismo, siempre es para los demás. Aquel que solo se preocupe por sí mismo acabará irremediablemente encerrado en la prisión de su propio ego, mientras que aquel que se desentienda de sí mismo y dé la vida por los demás acabará creando muchísimo más, formará un recuerdo y un legado que le sobrevivirá y perdurará.
—Hay una paradoja fascinante en Francisco: quiso ser «el más pequeño» y terminó transformando la Iglesia y la sociedad de su tiempo. ¿Cómo se explica que alguien que renunció al poder tuviera una influencia tan enorme?
—Precisamente por eso. Como bien dice, es una paradoja, relacionada con la que hemos comentado en la pregunta anterior. El auténtico poder solo puede ser ejercido por aquellos que son capaces de sacrificar ese poder para conseguir un bien mayor, un bien para toda la comunidad. Quien ejerce el poder únicamente para sí mismo nunca tendrá la influencia de un gran líder, pues los demás saben que solo busca su propio beneficio, y solo será seguido por quienes también se beneficien durante el tiempo en que lo hagan. Sin embargo, alguien que ha renunciado al poder para sí mismo puede ejercer gran influencia, pues quienes están a su alrededor sabrán que no tiene intereses ocultos, y podrán confiar en él.
—En el libro aparecen episodios tan conocidos como el abrazo al leproso, el encuentro con el sultán o la reconciliación con el lobo. ¿Qué hay de histórico y qué hay de leyenda en estas historias, y qué revelan del verdadero Francisco?
—La vida de san Francisco está envuelta en leyendas porque él vivió en una época legendaria. Y uno de los muchísimos males que trajo la Ilustración fue considerar que «legendario» equivale a «falso». No creo que sea así, y no lo creían quienes vivían en aquel maravilloso siglo XIII. Incluso aunque una leyenda tenga mucho de exageración, o se refiera a hechos que directamente nunca sucedieron, contiene una moraleja, una enseñanza que sí que es verdadera y aplicable. Es difícil saber cuántos de los miles de hechos que se atribuyen a san Francisco son ciertos o no en el sentido positivista, pero todos ellos, los reales y los legendarios, contribuyen a trazar el perfil de un hombre cuya influencia es verdadera.
—Francisco hizo de la pobreza una forma radical de seguir a Cristo, pero también fue un hombre profundamente alegre. ¿Por qué para él pobreza y alegría no eran conceptos contradictorios?
—Porque la pobreza representaba el abandono en la Providencia, y por consiguiente era un camino que le acercaba a Dios. Es la razón por la que Cristo alababa frecuentemente la pobreza, que no debe ser entendida en el contexto evangélico como la total carencia de bienes materiales, sino como el tener una actitud desprendida hacia esos bienes. San Francisco llevó ese aprecio a la pobreza al extremo, como hizo con tantas otras cosas, y yo creo que en parte fue porque entendió que había obrado mal al robar telas a su padre y eso había estado a punto de costarle la condenación. O quizá fue porque le recordaban a la vida que había abandonado con tal de seguir al Señor. Lo cierto es que, al renunciar a todo eso, obtuvo su libertad, y de ahí su alegría.
—El «hermano Sol», la «hermana Luna», el lobo, el hermano asno… Francisco parece hablarnos de una relación con la creación muy distinta de la nuestra. ¿Qué puede enseñarnos hoy su mirada sobre la naturaleza y nuestra casa común?
—Sobre todo, es importante ver que el amor de san Francisco por la Creación se debía a eso, a que es obra de Dios. Su concepción era muy distinta porque nuestra sociedad ha ido limando lo divino, y en consecuencia la naturaleza ya no es vista como un regalo del Creador, sino como algo que debe ser usado para nuestro beneficio. Por eso hay tantas corrientes irreconciliables sobre la cuestión climática: porque, en el fondo, cada una de ellas está persiguiendo su propia utilidad, favoreciendo las narrativas que concuerdan y tratando de censurar las que discrepan. Los problemas solo se pueden resolver cuando hay un consenso, y solo se puede alcanzar un consenso cuando se considera la existencia de un bien objetivo superior, como lo veía san Francisco. Cuando todo el bien es subjetivo, aceptar el bien de uno equivale a la negación del de otro, y el consenso se vuelve imposible.
—Y llegamos al último misterio: la salvación y la muerte de un frailecillo. Francisco acogió la muerte llamándola «hermana». ¿Qué había descubierto este hombre para poder enfrentarse a la muerte con esa serenidad y qué puede decirnos hoy sobre el sentido de la vida?
—Imagino que descubrió que la vida auténtica es la que empieza tras la muerte. De la misma forma que un bebé en el útero tiene boca, piernas y brazos, que solo le servirán en una existencia venidera después del nacimiento, nosotros sabemos que tenemos un anhelo que no puede ser saciado por nada de este mundo. Y si nada de este mundo puede saciarlo, debe ser satisfecho en otro mundo venidero, o no tendríamos ese anhelo. En el fondo todos sabemos que esta vida no es más que un tránsito, aunque algunos no quieran aceptarlo. Pero creo que, si la entendemos como tal, seremos capaces de verlo todo con una mayor perspectiva, y por lo tanto obtendremos una mayor serenidad.
—En un mundo atravesado por guerras y divisiones, ¿qué nos diría hoy Francisco?
—Debemos rechazar la tentación de ver a san Francisco como un pacifista en el sentido moderno. Al fin y al cabo, fue a la guerra contra Perugia, se emocionó con la victoria de Las Navas de Tolosa y acompañó a los cruzados a Egipto. Sin embargo, su saludo fue «Paz y Bien», y aunque estas dos facetas puedan parecer contradictorias en la mentalidad moderna, no lo son. Hay cierta línea de pensamiento que cree que la paz es imposible si las creencias son diferentes, que las religiones son el origen de las guerras, y que por ello solo puede haber paz si no se cree en nada. San Francisco nos diría todo lo contrario: solo puede existir la paz cuando se valora la dignidad humana, y solo se valora la dignidad humana cuando se tiene presente a Dios. Así que creo que nos sugeriría que, si queremos alcanzar la paz, volvamos la mirada a la cruz. Y aunque, de nuevo, resulte paradójico, sería en ese acto de extrema violencia como es una crucifixión donde encontraremos el fundamento de la paz, porque solo ahí veremos un amor inextinguible.
—Recuérdeme un capítulo de la vida de Francisco que le haya marcado especialmente.
—Se atribuye a san Francisco la primera representación de un Belén viviente. Él amaba con gran devoción la Navidad, y me ha llamado mucho la atención entender por qué: en su representación del belén, él mismo hizo de Cristo, y lo hizo porque, según él, quería entender lo que sintió Dios «en su invalidez de niño». Si se piensa fríamente, ver a Dios como un niño inválido es una antítesis monstruosa, y sin embargo es el núcleo esencial no solo de nuestra Fe, sino de todo cuanto haya de bello y noble en el mundo. Dios no es un ser que se convierte en toro para violar a Europa, no es una efigie con fuego en sus entrañas a la que se ofrecen niños en sacrificio. Dios es un bebé al que su madre canta nanas y acurruca contra su pecho. Lo cual, como san Francisco entendió bien, es sin duda el mayor misterio de todos, y el más hermoso.