Francesc Torralba apuesta por una esperanza «con base intelectual y que no sea pueril»
En entrevista con Alfa y Omega, Francesc Torralba, ganador del Premio Josep Pla por Anatomía de la esperanza, da motivos para realizar «proyectos nobles»
El filósofo y teólogo Francesc Torralba —quien ya ganó el Premio Ratzinger en 2023 y dirige la cátedra de Pensamiento Cristiano del Obispado de Urgel— acaba de ganar el Premio Josep Pla por su libro Anatomía de la esperanza. Este galardón que concede Ediciones Destino desde 1968 reconoce textos en catalán en todos los géneros.
—¿Qué supone para usted ganar el Premio Josep Pla?
—Es un gran reconocimiento porque para un escritor en lengua catalana no cabe duda de que es uno de los premios de mayor trayectoria. Son 58 años con una lista de autores reconocidos y consagrados de la literatura.
Estoy muy contento y agradecido porque no pensaba que mi original pudiera recibir este premio y el jurado lo ha decidido por unanimidad. Sale el 4 de febrero en catalán y castellano, no siempre se edita en los dos idiomas.

—¿Qué vamos a encontrar en Anatomía de la esperanza?
—Vamos a encontrar un discurso sobre esta virtud que es la esperanza, tan necesaria para vivir, para desarrollar cualquier proyecto, cualquier iniciativa y además especialmente necesaria en este contexto de incertidumbre, de crisis global y de desencanto. Es el clima que, de algún modo, detectamos. Al menos a raíz de las noticias y de lo que observamos.
El libro es un discurso sobre cómo desarrollar la virtud de la esperanza de una forma legítima y no como un discurso ingenuo que pueda desarrollar un niño. Una esperanza que conoce los acontecimientos, la adversidad y las dificultades y aun así no se rinde sino que combate para hacer realidad proyectos nobles. Un discurso sobre la esperanza para encontrar un fundamento sólido y con una base intelectual que no sea ingenuo o pueril o solamente divagaciones de una persona mal informada sobre cómo va el mundo.

—¿Qué motivos encuentra usted para tener esperanza?
—Cuando uno compara los derechos y libertades que tienen muchos colectivos hoy en el mundo y los relaciona con los que tenía hace 100 años, la diferencia es colosal. Por ejemplo, en Europa, un niño está escolarizado y tiene atención sanitaria. Igual con las personas con discapacidad intelectual o física. O con un colectivo tan amplio como las mujeres.
Echando la mirada atrás, no cabe duda de que se pueden observar diferencias auténticas con lo que respecta a las personas y los colectivos. Y aun así queda mucho por hacer, no hemos llegado al final de la historia.
A veces perdemos la perspectiva histórica de lo que era la situación y cuál es ahora. La bondad es muy sutil. Es muy callada y no se exhibe. En muchos casos, las noticias que nos llegan por redes y medios de comunicación son malas, de degradaciones, de corrupción, de malversación, de explotación, de genocidio y de feminicidio. Lo que nos llega es una avalancha terrible de malas noticias. Por lo que puede uno tener la impresión de que la bondad no existe, es un mito o espejismo, pero lo que pasa es que la bondad es humilde y discreta y no se exhibe.
Por lo tanto, cuando uno mira más allá de esta enorme avalancha de noticias que nos llegan, ve que la bondad existe y está en el entorno familiar, escolar y sanitario. Eso me da motivos para la esperanza y para seguir creyendo que es posible construir un mundo mejor.
Muchas veces, la visión que nos hacemos del mundo se construye a partir de las noticias que nos llegan. Que un profesor enseñe a un niño no es noticia, que una enfermera ayude a librar de un dolor no es noticia, que un sacerdote consuele a una persona que ha perdido a su padre no es noticia. Pero es el pan de cada día y hay personas que inspiran esta confianza.