Estos frailes españoles murieron por proteger el matrimonio
La diócesis norteamericana de Savannah se dispone a acoger la beatificación de los mártires de Georgia, cinco frailes españoles que defendieron ante los guale la doctrina para los cónyuges
«En los primeros tiempos experimentamos grandes dificultades junto con amenazas de muerte. En varias ocasiones intentaron matarnos, como en efecto en la Provincia de Guale dieron muerte a cinco frailes y capturaron a otros. Aunque no los mataron por la doctrina, es cierto que los mataron por la ley de Dios que les enseñábamos y por nuestros preceptos morales». Este es parte del texto de una carta enviada en 1612 por los frailes capuchinos de Florida al rey Felipe II. En ella, aparte de contar las dificultades de aquella primera evangelización, dan fe del martirio de cinco hermanos franciscanos que van a ser beatificados el próximo 31 de octubre en Savannah, en el estado norteamericano de Georgia.
Los futuros beatos son los sacerdotes Pedro de Corpa, Blas Rodríguez de Cuacos, Miguel de Añón y Francisco de Veráscola, junto al hermano lego Antonio de Badajoz, todos pertenecientes a la Orden de Frailes Menores, y todos españoles. «Específicamente, los mataron porque no consentíamos que ningún cristiano casado tuviera más de una esposa», explicaban los frailes al rey años más tarde.
Hoy en día, la cultura y la lengua guale se han extinguido, pero hace siglos fueron un pueblo de relativa importancia en el sureste de Estados Unidos. Durante la época de los misioneros españoles, el territorio de Guale estaba dividido en unos 40 pueblos —cada uno de unos 1.000 habitantes—, gobernados por un cacique hereditario. Al ser evangelizados por los misioneros, la mayoría de los guale no solo abrazaron el cristianismo, sino que también recibieron con agrado productos europeos como cuentas de vidrio, herramientas de metal, textiles y otros artículos de lujo.
La sucesión del cacicazgo se transmitía por línea materna, por lo que era común que los caudillos tuvieran varias esposas y así asegurar tanto la descendencia como el acceso a un mayor número de tierras y recursos. Este elemento de su cultura inevitablemente chocaría con la doctrina moral de los misioneros.
Los martirios
Efectivamente, todo comenzó cuando un cacique recién bautizado, de nombre Juanillo, quiso tomar una segunda esposa. Enseguida Pedro de Corpa —nacido en Alcalá de Henares— le dijo que eso no era posible según su nueva fe y se desencadenó una revuelta que acabó con la vida del fraile el 14 de septiembre de 1597. Luego fueron a por el extremeño Blas Rodríguez de Cuacos, que en un gesto heroico pidió celebrar la Eucaristía antes de morir, lo que le fue concedido. El aragonés Miguel de Añón y el extremeño Antonio de Badajoz tuvieron tiempo de escapar al recibir noticias de lo que pasaba, pero quisieron permanecer fieles a su misión, siendo asesinados el 17 de septiembre. Todo esto sucedió en ausencia del vasco Francisco de Veráscola, que había salido a comprar provisiones; cuando volvió, corrió la misma suerte que sus hermanos. Tras el asesinato de Pedro de Corpa, su cabeza fue expuesta en una pica y su cuerpo enterrado en el bosque, mientras que el de Francisco de Veráscola fue sepultado por sus asesinos. Los cuerpos de Blas Rodríguez de Cuacos, Miguel de Añón y Antonio de Badajoz fueron enterrados en tumbas poco profundas, y una expedición posterior encontró que sus restos presentaban fracturas y mutilaciones.
«Estos hombres santos dieron sus vidas para proteger y custodiar la dignidad del matrimonio. Esperamos que su testimonio inspire e interceda allí donde este sacramento deba ser protegido», ha afirmado Stephen Parkes, obispo de Savannah, ante la beatificación.
Por su parte, Juan Pedro Ortega, secretario para Misiones y Evangelización de la Provincia franciscana de la Inmaculada, considera el testimonio de sus cinco hermanos frailes «muy actual, aunque hayan pasado ya cuatro siglos». Así, «hay algo que no ha cambiado: la necesidad de anunciar el Evangelio con autenticidad, vivir cerca de las personas y permanecer fieles a Jesucristo incluso cuando sea difícil». Y destaca tres aspectos de su vida y martirio que sirven hoy como una aplicación práctica: «evangelizar desde la cercanía, el encuentro y el respeto», viviendo la fraternidad «como el primer testimonio en esta sociedad secularizada» y «ser fieles al Evangelio con valentía, pero también con misericordia», ya que la fidelidad «verdaderamente evangélica» ha de estar acompañada «por el amor, la caridad y el respeto a la conciencia».
La diócesis mexicana de Guadalajara ha abierto la causa de canonización del capuchino español Ignacio Larrañaga, creador de los Talleres de Oración y Vida. Decenas de miles de personas en más de 40 países a lo largo de varias décadas han aprendido a orar o han afinado su oración gracias a esta experiencia. Larrañaga elaboró un método práctico para aprender a rezar de forma progresiva, construir una relación personal con Dios y sanar heridas emocionales a través de la paz y la fe. «La vida me fue enseñando que el amor es la suprema energía del mundo y que el principio de toda santidad consiste en dejarse amar, porque solo los amados aman», decía.