Este profesor de Religión tiene un plan para que, tras una expulsión, «esto no se convierta en una cárcel» - Alfa y Omega

Este profesor de Religión tiene un plan para que, tras una expulsión, «esto no se convierta en una cárcel»

«No tiene sentido echar siempre a un alumno al que intento educar», explica Gabriel Zorrilla. Proyecto REncuentro quiere transformar la expulsión en «algo reparador»

Rodrigo Moreno Quicios
Un aula con un crucifijo. Foto: CNS photo/Tony Gentile, Reuters

Gabriel Zorrilla es profesor de Religión en el Julio Palacios de San Sebastián de los Reyes, «un instituto en el que el tema de la convivencia es primordial por las características que tiene». Su labor es vocacional «para lo bueno y para lo malo», pues algunos alumnos sufren «desarraigo y contextos familiares muy complicados», con todos los problemas que ello conlleva. Sin embargo, «los recibimos con los brazos abiertos».

Como muchos no han recibido una educación previa en casa, encuentran problemas para comprender «el tema de la autoridad y los códigos de comportamiento según el espacio en el que estás». Resulta evidente —mas no para todos ellos— que «no es lo mismo estar en el parque que en el centro comercial». Por lo que Zorrilla delimita muy claramente «esas líneas guía para ir por el carril de la educación y que se han ido difuminando». «La prueba del algodón es que se fragüe en la sociedad», sentencia.

Alumnos de un insituto haciendo un examen. Foto: Europa Press

Lo primero que aporta desde su clase de Religión «es la no normalización de conductas chungas». Señala que «la propia sociedad en la que vivimos normaliza una manera de convivir en la que la violencia y el machismo se gestan desde la base; y lo notamos en las aulas». 

Cuando Gabriel Zorrilla se encuentra con un escenario así, «una de las cosas que más me funcionan es trabajar en coordinación». «Dentro del aula intento poner una semillita, pero soy una parcela de un gran jardín» y podría suceder que «lo que siembre por un lado se pisotee por el otro» si no hubiera esfuerzos conjuntos y «sinergia con el equipo directivo».

Proyecto REncuentro

Este profesor de Religión denuncia que «pensar que uno viene a enseñar su asignatura y marcharse es justo lo contrario a nuestro sistema educativo, donde los enseñamos a convivir y a ser personas». Participando de esta conciencia, celebra que «todo lo que he puesto sobre la mesa en el claustro se ha convertido en el Proyecto REncuentro». Esta iniciativa busca tender una mano a los «muchos chicos a los que los partes se les acumulan», acaban siendo expulsados y «caen en ese circuito de entrar y salir del centro» sin que el instituto acabe pasando por ellos.

«Consiste en poder aplicar acciones restaurativas para que la amonestación no fuera solamente un castigo y fuera reparador». Así, «una vez que el alumno vuelve de la expulsión, hay una serie de encuentros para que pueda tomar conciencia de lo que ha hecho y cómo ha gestionado de mal la situación».

Un aula vacía. Foto: CNS/Yara Nardi, Reuters

Con una serie de entrevistas presenciales durante los primeros 15 días una vez reincorporado, el equipo de REncuentro busca «qué se ha roto dentro de él que necesite sanar para poder crecer». Y no lo forma solo este profesor de Religión, pues «este es un proyecto transversal que busca concretar una acción restaurativa en problemas de convivencia serios» y para ello «tenemos un grupo de profesores que hemos diseñado el proyecto y somos los mismos que hacemos la acción tutorial».

«La directora del departamento nos asigna casos y cada uno y tenemos una serie de entrevistas para ver cómo ha estado este tiempo en casa», narra Zorrilla. Lo más frecuente es que «cuando el alumno vuelve de la primera expulsión tiene una herida grande y, si no hacemos nada para sanarla, podemos encontrarnos con una segunda o tercera o cuarta». La primera pregunta es: «¿Te ha servido este tiempo?». Suele sucederle un «de qué te arrepientes». «A veces el alumno no está preparado y puede escribir una carta para restaurar la relación con todo el grupo», detalle.

No hacen una reflexión meramente teórica sino que la aterrizan para ver «cómo recuperar el entorno que se ha destruido o a la personas en la que se ha herido en su dignidad». Según Gabriel Zorrilla, «si estamos continuamente abriendo protocolos de agresión y se quedan solo en un proceso punitivo, esto se convierte en una cárcel».

Más allá de las lógicas punitivas

De seguir medidas meramente disciplinarias, Gabriel Zorilla advierte de que «la norma se convierta en una corrección punitiva y se vacíe de sentido». «No tiene sentido expulsar continuamente a un alumno al que intento educar y dotar de herramientas para que pueda convivir». Dándole la vuelta a la tortilla, su propuesta es «que la suspensión realmente se transforme en algo reparador».

Es precisamente ante ese desafío donde, «desde la clase de Religión, tenemos una palabra que dar» porque «tenemos una antropología que aportar que implica una riqueza enorme». «El concepto de hombre que Dios nos ha revelado, que se realiza en comunión con el otro, es de un enorme aporte cultural y no nos lo podemos callar, por eso fue perseguido», reivindica. Considera que desde su asignatura «había un aporte importante que se podía hacer en coordinación con el Departamento de Orientación», pues este tiene la ventaja de ser «muy abierto a cualquier profesor que quiera ayudar».

Finalmente confiesa que, «cuando informamos a los padres de que el alumno expulsado va a asumir unas acciones restaurativas, la acogida hasta ahora ha sido: “¡Por fin mi hijo va a dejar de ser expulsado sin que nadie haga nada para ayudarlo!»».

Superando los prejuicios de la asignatura de Religión

Zorrilla diagnostica que, a menudo, «la clase de Religión tiene sus peculiaridades y no es fácil darla en algunos centros porque hay muchos prejuicios y estereotipos». Sin embargo, él no los ha encontrado en el instituto donde se encuentra y en el «que el ambiente de trabajo maravilloso» y «el equipo directivo está ávido de toda ayuda cuando se trata de sacar adelante» a los chavales.