Este obispo gobernaba a distancia porque también sustituía a Carlos I
Adriano de Utrecht compaginó la diócesis de Tortosa con ser inquisidor, regente e incluso Papa. Permitió a sus sucesores llevar el solideo rojo
Adriaan Floriszoon Boeyens (1459-1523), Adriano de Utrecht, «amaba mucho su tierra», los Países Bajos, y sus clases de Teología en la Universidad de Lovaina (Bélgica), de la que llegó a ser rector. Llegó a expresar su deseo de no abandonarlas nunca. Sin embargo, pasó sus últimos años primero en España, como inquisidor general y regente de Carlos I, además de cardenal. Y, posteriormente, en Roma como Papa Adriano VI. Todo ello, mientras seguía siendo obispo de Tortosa. Esta diócesis —a caballo entre Tarragona y Castellón— acaba de publicar El Papa Adriano de Utrecht. Obispo de Tortosa, escrito por Josep Alanyà i Roig con motivo de los 500 años de la elección de Adriano como Papa (2022) y de su muerte (2023), un año y ocho meses después.
Alanyà, responsable tanto del archivo de la catedral como del Archivo Histórico Diocesano, explica que Boeyens «era un humanista del norte de Europa, muy austero. Espiritualmente, formó parte de la devotio moderna», el movimiento de renovación que tanto influyó en Tomás de Kempis y su Imitación de Cristo. «Un gran profesor», además de «piadoso, justo y de buen gobierno». Por «su formación e integridad moral, el emperador Maximiliano de Habsburgo lo eligió para ser preceptor de su nieto Carlos». Cuando este heredó los tronos de Castilla y de Aragón en 1516 Adriano, que acababa de ser nombrado obispo de Tortosa (presumiblemente por mediación de su expupilo) fue su enviado para representarlo en Aragón antes de que él llegara al año siguiente para asumir el trono.

«En el archivo hay poca cosa de él» porque nunca residió en la diócesis, matiza el archivero. También en 1516 fue nombrado inquisidor; en 1517, cardenal y en 1520 regente, tras la marcha del rey para convertirse en el emperador Carlos V. Como representante real, Adriano tuvo que hacer frente a la rebelión de los comuneros de Castilla y a la de las Germanías en Levante. Su diócesis la «gobernaba a través de su vicario general», narra Alanyà. Eso sí, la visitó «al menos en tres ocasiones», durante las que dejó «documentos con su sello y firma». Estos textos revelan que «era un buen gobernante eclesiástico y civil». También era bondadoso, dispuesto por ejemplo a ceder su carruaje a su sirviente, que estaba enfermo, «y él viajar a caballo a pesar de padecer una hernia inguinal». La última de sus visitas fue «camino de Roma tras ser elegido Papa».
Él «y otros cardenales foráneos no participaron en el cónclave» de diciembre de 1521 y enero de 1522 «porque había mucha inseguridad en los caminos». Adriano estaba en Vitoria cuando le llegó por sorpresa la noticia de su elección. No era uno de los dos favoritos, pero «al no haber mayorías fáciles le eligieron a él en ausencia», explica el canónigo archivero de Tortosa. Un cortejo de cardenales se desplazó hasta allí para acompañarlo en su viaje a Roma: partieron en febrero y, bajando por el valle del Ebro, pasaron por Logroño y Zaragoza hasta Tortosa antes de embarcar en L’Ampolla hasta el puerto de Ostia, donde llegaron en agosto. Durante las semanas que estuvo en Tortosa, «presidió la fiesta de Corpus Christi, recibió a las autoridades» y en su honor se «organizaron juegos en el Ebro, delante del palacio episcopal».
Como Papa, Adriano VI sucedió a León X, «que había sido muy gastador y protector de las artes» y «repartía muchas prebendas» a cambio de donaciones para mantener sus gastos, explica Josep Alanyà, canónigo archivero de Tortosa. «Adriano tenía claro que había que corregir tantos errores», algo que no gustó. «De entrada, se escandalizaron de que celebrara Misa a diario». A pesar de gestos como quedarse en la Ciudad Eterna habiendo peste (no como muchos cardenales), pronto creció la oposición contra él. Se publicaron «diatribas acusándolo de tirano y extranjero» e incluso hubo «intentos de envenenamiento». También sufrió por la división de los reyes europeos ante la llegada de los turcos. Fue apodado «el Pontífice bárbaro». Al morir se honró a su médico por no haberlo salvado. No hubo otro Papa no italiano hasta Juan Pablo II.
Una curiosidad es que «se mantuvo como obispo de Tortosa siendo Papa»; algo que Alanyà atribuye no al cariño por una tierra que apenas conocía, sino a que «entonces Tortosa era de las diócesis más grandes y poderosas económicamente de España y Adriano aprovechó los fondos del obispado para la Santa Sede», que tenía las arcas vacías por la prodigalidad de su predecesor, León X. Debido a esta peculiaridad, «concedió a los obispos de Tortosa el privilegio de llevar el solideo cardenalicio, rojo, salvo en Roma».
«Si había documento de ese privilegio, no se ha conservado», señala Alanyà. Sí existe de cuando la Santa Sede lo ratificó en el siglo XIX. «En 1868, Pío IX quiso unificar la vestimenta de los obispos», que hasta entonces estaba sujeta a variaciones. El entonces purpurado tortosí, Benito Vilamitjana, «escribió a Roma diciendo que en su diócesis existía esa tradición por concesión de Adriano VI. Y lo reconocieron por tratarse de una costumbre inmemorial».