Hace 500 años llega a Salamanca, como profesor de la principal cátedra de su universidad, Francisco de Vitoria. Un fraile dominico, teólogo formado en la universidad más prestigiosa a nivel internacional: la Universidad de París, que acogió a sabios y santos como Alberto Magno, Buenaventura o Tomás de Aquino.
¿Por qué celebramos, en la academia y también en eventos populares, esta fecha?
No se trata solo de recordar su valor histórico y las huellas intelectuales, culturales y políticas que dejaron en la configuración de nuestro pasado y en nuestra identidad. Vitoria y su escuela aportaron una forma muy diferente de pensar, vivir y valorar que imprimió un modo muy específico de afrontar, por ejemplo, la empresa americana. Ya solo este hecho merece ser reconocido popularmente, pues la gran familia hispanoamericana que todavía vivimos en lazos fraternales, de lengua, cultura y costumbres, fue una rara avis en la historia de las naciones y de los imperios.
Además, sus dictámenes morales influyeron en el modo de gobernar, como atestiguan las cartas y las decisiones del emperador Carlos I en materia política. Sus hallazgos teológicos ocuparon un lugar central en el Concilio de Trento y en la definición de la acción y misión de la Iglesia católica tras la reforma protestante. Y eran consultados por mercaderes y agentes de una pujante economía internacional.
Vitoria y su escuela elaboraron un cuerpo de ideas que pensó la realidad económica y política de un mundo, ya moderno, interconectado y globalizado, pero todavía anclado en la centralidad de la persona, por lo que ambas dimensiones debían quedar sometidas no a la eficiencia del proceso, sino al incremento y al servicio del bien común.
Desde estas coordenadas, la historiografía contemporánea les reconoce el haber gestado el embrión del derecho internacional, de una sólida propuesta de derechos humanos e incluso de los cimientos de una sociedad de naciones (una communitas orbis) como marco de referencia para una comunidad global, basada en la comunicación, que sirva de encuentro para todos los pueblos y naciones. Este reconocimiento es visible tanto en el busto de Francisco de Vitoria (elaborado por el mexicano Francisco Toledo Sánchez) que se encuentra junto a la ONU, como en la Sala del Consejo del Palacio de las Naciones de Ginebra que lleva su nombre desde 1936 con murales pintados por José María Sert, donde se figura un Vitoria dando clase en Salamanca.
En sus propuestas, frente a las claves de una forma de entender la modernidad que poco después triunfará en Europa, defendieron que el ser humano solo puede entenderse desde una comunidad que tiene en sí la responsabilidad y la tarea de darse orden y gobierno, delegando en quien asume dicha tarea la función que solo queda validada si la ejerce con vistas al bien común, sin renunciar ni al poder ni a la libertad (quedándose con el derecho a la autodefensa respecto de quien usurpe ese poder o lo ejerza sin atenerse a los límites de su función). Desde esta concepción integral de la persona, afrontaron los retos de humanizar y ordenar problemas como la guerra, las migraciones, la relación entre Iglesia y estado… Y sus soluciones, en muchos casos —como afirmaron historiadores del derecho o de la economía— anticiparon varios siglos y desde una base más rica y fecunda, el desarrollo de esas ciencias.
Celebrar este centenario tiene sentido para conocerlo y recuperarlo. No se trata de instalarse en el pasado ni copiarlo, ni rememorarlo con añoranza. Es una herencia que se ha aportado al mundo y que explica nuestro ser y nuestra historia. Se trata de integrar sus ideas y reflexiones para encontrar en sus propuestas teóricas, en cómo abordaron sus problemas, en cómo integraron un diálogo con otras tradiciones o qué respuestas propusieron, las herramientas que necesitamos para comprender con más profundidad nuestro mundo y también para abrirnos posibilidades de acción con las que afrontar un futuro complejo y siempre amenazante. Esta escuela, apoyada en una defensa de la persona y su dignidad, portadora de una naturaleza común y de una racionalidad integradora de valores, signos, símbolos y sentidos, que toma en cuenta la sabiduría del pasado y las voces del presente con libertad de espíritu, nos invita a superar muchas de las contradicciones y bloqueos que muestra nuestro tiempo en crisis. Con esa intención nos lo ha recordado León XIV en su reciente viaje apostólico a nuestro país, palabras que tienen muy presentes también los ecos reactualizados por su encíclica Magnifica humanitas.