Es mentira que los «inmigrantes ilegales» no contribuyan nada

Presuponer que los datos y las cifras hacen desapasionado al investigador es no conocer a Gonzalo Fanjul, con una amplia historia de activismo y de lucha contra la pobreza. Su último proyecto se llama porCausa…

Colaborador

Presuponer que los datos y las cifras hacen desapasionado al investigador es no conocer a Gonzalo Fanjul, con una amplia historia de activismo y de lucha contra la pobreza. Su último proyecto se llama porCausa

Se define como investigador y activista contra la pobreza.

Siempre fui activista pero mi profesión es la investigación. Una investigación aplicada y social, no de tipo académico, sino más bien como la que se hace en centros orientados a cambiar decisiones y no solo a diagnosticarlas.

¿Qué es porCausa?

PorCausa es una organización de producción de materiales periodísticos que colocamos en distintos medios de comunicación. La particularidad de nuestro modelo es que combinamos la investigación social, el oficio del periodismo, y el análisis y la visualización de datos. Unir estos factores nos permite profundizar en los asuntos de una manera que ningún medio de comunicación puede hacer. Hemos empezado con la pobreza infantil, hicimos un trabajo puntual sobre el hambre con Martín Caparrós, y vamos a entrar de lleno en el tema de la inmigración, que es un asunto clave, con un debate público de muy mala calidad.

¿Cuáles son las claves en el tema de la pobreza infantil?

España vive una verdadera emergencia nacional, con uno de cada tres niños viviendo en la pobreza o en riesgo de exclusión. Esto, hasta hace poco, no se reconocía. El gran titular es que la pobreza infantil existe, y creo que hemos logrado trasladarlo junto a otros que han trabajado también en la cuestión.

Escribió hace poco sobre la exclusión de los inmigrantes indocumentados en el sistema de salud, ¿qué ha pasado*?

Lo que ha ocurrido es muy simple. El Gobierno del Partido Popular introdujo un decreto que excluyó a los inmigrantes en situación irregular de la atención sanitaria. Mantuvo la atención en urgencias, a embarazadas y a niños, y luego incluyó a enfermos infecciosos. Pero se trata de una medida para la que nunca se aportó explicación, que no incluyó una memoria económica, que crea un agujero moral y establece un precedente grave. Además, como muchas otras medidas en materia de inmigración, es tan inmoral como idiota. Supone un riesgo para la sanidad pública porque en esas poblaciones en situación irregular algunas enfermedades son prevalentes, como la tuberculosis, y seríamos imbéciles si quisiéramos excluirlas de nuestro radar sanitario.

Además, el uso de la atención de urgencias es entre cuatro y cinco veces más caro que la atención sanitaria básica en un centro de salud, así que concentrar esta población para tratarse una gripe en centros de emergencias supone un coste que nunca se calculó. Por último, está provocando un caos administrativo. Lo preocupante es que el Partido Popular aprobó esto, pienso que como medida populista y electoralista, y ahora nos enteramos de que Albert Rivera, líder de Ciudadanos, considera el asunto una buena idea. Este es uno de tantos ejemplos en el que hacer lo correcto sería también lo más inteligente. No hay justificación para afectar a una población que, por cierto, es ahora mucho más pequeña de lo que dijo el Gobierno, ya que en ningún caso hay 800.000 inmigrantes en situación irregular. Personalmente me parece una línea roja.

Pero se usará el argumento de que con esta medida se frena el «efecto llamada» y por tanto, la inmigración ilegal, ¿no?

Eso no es cierto. En esto insisten sistemáticamente los expertos. Vienen a trabajar y, por supuesto, hay problemas de salud sobrevenidos. Por cierto, también es un mito que no contribuyan nada, porque lo hacen con sus impuestos indirectos y muchos de ellos estarían dispuestos a hacer aportaciones a través de un seguro o cuota si se pusiese en marcha, pero tampoco lo hizo el Gobierno tras haberlo anunciado.

Esto no ocurre en los demás países de la Unión Europea. En muchos de ellos están también formalmente excluidos, pero en Francia, en Inglaterra o en Alemania, el nivel de protección sanitaria de los inmigrantes irregulares es mucho más alto que en España.

¿En qué modo están más protegidos en esos países?

Existen una serie de excepcionalidades por razones humanitarias pero, si me apuras, se trata de un argumento secundario. El hecho es que en España existía, con un coste razonable, y lo hemos cambiado sin una argumentación económica clara. Es puro populismo. En España no teníamos ese problema. No teníamos movimientos xenófobos antiinmigración, pero si abren ese agujero negro podríamos ver consecuencias indeseables.

¿Cómo ve la relación entre España y África?

Yo creo que España desconoce África y vive de mitos y prejuicios antiguos. Desde el punto de vista oficial, eso cambió durante un tiempo. Se hizo un Plan África que, con todas las cautelas y críticas, era la primera vez en la que se ponía por escrito un esfuerzo así. Fue respaldado con recursos de cooperación, situando África en el mapa de la ayuda oficial española.

Siempre he pensado que las políticas de cooperación son una manera inteligente de hacer política exterior porque contribuyen a una forma de ser percibidos en el mundo. No digo que las políticas de cooperación deban estar al servicio de los intereses comerciales, pero sí que son una buena manera de construir eso que llamamos Marca España.

Desgraciadamente eso se evaporó con este Gobierno y en los últimos momentos de Zapatero. Duró poco tiempo, pero lo hemos perdido, y mi sensación es que la imagen que la sociedad tiene de África procede, básicamente, de los inmigrantes en situación irregular que intentan acceder a la valla, de los conflictos en República Centroafricana o en Somalia, del ébola desde luego, y muy poco de lo que realmente es hoy África: un continente en una transformación extraordinaria y sin precedentes. El otro día leía que esta es la primera generación de africanos que ha visto reducir los niveles de pobreza. Es una cuestión fascinante. África es fascinante por muchas razones, pero esta es una de ellas.

Ahora se habla mucho de hacer negocios con África. Ahí está China, Estados Unidos, Europa, que no quiere verse desplazada… ¿La solución es el comercio? ¿Juega África este partido de igual a igual?

No lo creo. Para mí el problema de África sigue siendo el que era hace 30 años, aunque su contexto económico ha cambiado mucho. África tiene debilidades institucionales graves y miembros de Estados frágiles. Para mí este es el reto. Por supuesto, China y la inversión extranjera, en general, hacen poco para solucionarlo. En el mejor de los casos no les interesa, y en el peor, las instituciones más fuertes son un obstáculo a la inversión extractiva a corto plazo. Lo que creo es que es posible encontrar círculos virtuosos y que la ayuda internacional, que se está reduciendo rápidamente, puede jugar un papel fundamental para forzar esa condicionalidad positiva de diálogos más maduros, de igual a igual, entre Gobiernos africanos y donantes, para generar los cambios institucionales.

¿Es la pobreza evitable?

Absolutamente. La pobreza depende de muchos factores: económicos, demográficos y, desde luego, institucionales. Hoy sabemos lo que funciona contra la pobreza y tenemos los recursos para vencerla. Contamos con el precedente de países como Brasil, China, Botsuana, o Mozambique, en cierta medida, que están demostrando lo que se puede hacer cuando los factores se conducen en la dirección adecuada.

¿Y por qué pervive? ¿Por falta de conocimientos o cultura? ¿Beneficia a alguien?

En ocasiones beneficia a alguien, pero yo soy poco partidario de teorías conspirativas. Yo no creo en eso del mundo rico oprimiendo… Oprime, pero no creo que lo haga por una maldad intrínseca. Es evidente que una empresa que opera en el sector petrolífero de Nigeria, y que quiere garantizar su contrato, se beneficiará de un Estado débil al que poder corromper, en lugar de que se produzca una discusión abierta en el Parlamento.

Pero, repito, creo poco en las teorías conspirativas. Pienso que en parte se perpetúa porque transformar las instituciones del Estado es muy complejo. También es un problema tecnológico. Si tenemos que tratar mejor la tuberculosis, la malaria o el sida, necesitamos una vacuna que será el resultado de la investigación. Son una mezcla de factores políticos, institucionales, económicos y naturales, que son difíciles de resolver. Pero, insisto, sería una tragedia si no supiéramos que otros países ya lo han hecho. Es posible. Hay asuntos que dependen del ámbito territorial de un país. Otros, como el acaparamiento de tierras o la movilidad internacional de los trabajadores, dependen de una regulación global que aún no existe y, por tanto, hay que hacer un ejercicio de creatividad institucional. Son muchos factores.

¿Puede poner algún ejemplo en el que la buena aplicación de unas ideas haya reducido la pobreza drásticamente?

En Brasil se tomaron una serie de medidas que permitieron reducir a la mitad la pobreza extrema, sobre todo en el ámbito rural, incrementar su competitividad en los mercados exteriores y fortalecer su posición como actor global. La historia de Brasil durante los últimos años es fascinante. Creo que África se debe mirar mucho más en ese espejo que en el de los países europeos o norteamericanos, que son como universos paralelos de tradiciones institucionales, democráticas, y casi económicas.

¿Cuál es el papel de la Iglesia en la erradicación de la pobreza?

No descubro nada nuevo si digo que la Iglesia está en la vanguardia del trabajo de lucha contra la pobreza en el mundo. Tengo una visión menos romántica de figuras como la de la Madre Teresa, por ejemplo. Yo, que soy creyente, pero que mantengo una relación bastante crítica con la Iglesia, creo que esta tiene un papel absolutamente insustituible.

Ahora bien, ha tenido que llegar este Papa para que entendamos todo lo que la Iglesia puede hacer para menear el debate público en materia de justicia social y de lucha contra la pobreza. Ya no es solo el trabajo que se realiza sobre el terreno, con carismas diferentes y válidos, como el del Servicio Jesuita de Migraciones denunciando en un campo de refugiados, o el trabajo más básico y de atención sanitaria, pasando por el que hizo, por ejemplo, Chema Caballero con niños soldado y otros.

También estamos viendo, con este Papa, que hay una necesidad de provocar un debate público. No hay asunto que toque al que no le dé una pátina de sentido común. Da igual que viaje a Lampedusa a hablar de inmigración o que toque temas de fiscalidad… Nos hemos dado cuenta de lo que puede hacer un líder de la Iglesia como el Papa.

Uno solo puede imaginarse lo que ocurriría si esto empezase a gotear y afectase, por ejemplo, a nuestra Conferencia Episcopal en España, que no está entre quienes hablan de desigualdad y pobreza infantil. Sí que hablan Cáritas y otras organizaciones… Habría que tener un discurso mucho más firme, que no es partidista, que no es ideológico, en fin, que es el discurso evangélico de la justicia social y de lo que es justo.

Con posterioridad a la realización de esta entrevista, el Ministerio de Sanidad anunció que devolvería la atención sanitaria primaria a los inmigrantes que, en todo caso, no recuperarán la tarjeta sanitaria que les fue retirada en la reforma sanitaria de 2012.

Publicado por Gonzalo Gómez en Mundo Negro

Mundo Negro/Aleteia.org